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jueves, 25 de marzo de 2004

ARGENTINA - ENTRE CIELO & HIELO - CAP3/3 : Amaneciendo

El Chaltén, Argentina - jueves, 25 de marzo de 2004

El plan era comenzar a ascender al cerro a las 4am, de noche y con linternas, con pendiente de 70º, dos horas de caminata para poder ver el amanecer sobre un lago a las 7:30, momento en que el Fitz Roy se tiñe de rojo, pero a esa hora estaba lloviendo así que nadie se levantó (porque todos los que estamos acá lo hacemos por la misma locura). Son las 8:05 y recién ahora se escuchan algunas voces.  Voy a ir al baño (algún yuyo) y hacerme algo caliente para tomar.  El cielo está celeste, parece que hay sol.   Son las 10:15, acaban de encontrar tres lauchas ahogadas dentro de un paquete de papas fritas.  La tinta de la lapicera está congelada así que por momentos sólo marco las palabras sobre el papel.  La barra de cereal que comí hace un rato también se congeló, así que tuve que partirla en pedazos.



Amanecer al pie del Fitz Roy

10:30 Acaban de iniciar la subida a la Laguna de Los Tres.  Yo no voy porque tengo los pies lastimados, con las rocas húmedas por la lluvia se me hace más difícil.  La subida es tranquila hasta la mitad, luego se empina de golpe hasta la cima.

11:05 Está lloviznando nuevamente.  El gigante sigue cubierto por nubes, sin embargo por momentos algún claro deja entrever partes de su ladera derecha.

11:55 Acabo de acercarme a un chico que contemplaba el Fitz Roy apartado del campamento, con gorro de llama que llama, alpargatas y mate, para pedirle que me convidara uno y resultó ser Seth, el yanqui con el que subí hasta la Laguna Capri.  Las lauchas le comieron una esquina de la carpa aún cuando no tenía comida adentro.  También me confirmó algo que a mi me había parecido escuchar durante la noche: pájaros que se meten entre la carpa y el techo cobertor.  A un irlandés vecino, las lauchas le comieron la punta de un envase de tetra brick de jugo.

13:00 El viento es como una ola, se lo escucha venir bajando por la ladera, escurriéndose en el bosque hasta que pasa por el campamento y sigue bajando. Hace aproximadamente un ahora que el sol está entibiando el aire y las nubes se están elevando.  Si bien en el resto del cielo las nubes corren rápido debido al viento, en la porción que dá sobre el Fitz Roy es como si las nubes quedaran enganchadas en el pico y por más que uno no pueda verlo, se lo divisa por los remolinos que forman las nubes a su alrededor.

No ví el amanecer rojizo por el cual había ascendido, no logré llegar a la laguna al pié del Fitz Roy pero sin embargo es una meta cumplida el haber amanecido a los pies del gigante, y toda la hostilidad es parte de un dura prueba de supervivencia y de un grato recuerdo... y en gran parte se lo debo al excelente equipo de trekking que formamos con la española.




ACLARACIÓN ACTUAL la redacción utiliza diferentes tiempos y es porque decidí respetar el texto original, realizado in situ, escrito en medio de la noche, en pedacitos de papel, a la luz de la linterna y con una lapicera cuya tinta estaba congelada, sin posibilidad de continuidad alguna en el relato.

DATOS  hay dos caminos que llegan al campamento Poincenot al pie del Fitz Roy, uno que sale directo desde la ciudad del Chaltén y otro que parte 15km más al fondo.  La ventaja de este segundo camino frente al primero es que al ser mayor la distancia, la subida es mucho más gradual.  Nosotras decidimos hacer la subida gradual para evitar esfuerzos y utilizar el camino empinado y cercano para la bajada así poder emprender un rápido regreso a la ciudad.  


El camino

miércoles, 24 de marzo de 2004

ARGENTINA - ENTRE CIELO & HIELO - CAP2/3 : La Historia Oficial

Mi compañera de viaje, una española que conocí en el camino, llevaba su diario de viajes en un cuaderno rojo. La historia en ese cuaderno rojo habla de una noche de pasión en una carpa a orillas de un arroyo de deshielo a los pies del Fitz Roy entre una española y un ardiente canadiense de ojos claros. La historia oficial, muchas veces negada y tergiversada, es la que se cuenta a continuación... lo que ocurrió verdaderamente aquella noche en el campamento Poincenot...

El Chaltén, Argentina - miércoles, 24 de marzo de 2004 



A dúo con Laura -la española-, después de casi 2km a pie por ruta de ripio y de haber hecho dedo a un par de vehículos sin resultados positivos, logramos que una pareja mayor -que eran de Bariloche-, nos llevara 13km más hasta el inicio del sendero.  Al pie del mismo hay una hostería a la cual entramos para hacer algunas consultas sobre el camino ya que es la única vivienda en esa zona, alejada 15km de la ciudad, en medio de un bosque sobre una margen del Río Blanco.  La hostería es una casita cálida y pintoresca, color crema por fuera y toda de madera por dentro.  Grandes ventanales con vista al río y a las montañas que se encuentran detrás de él, un hogar a leña en el centro de la sala rodeado de mullidos sillones y el aroma de las maderas ardiendo al fuego.


Iniciamos el sendero bajo una lluvia suave pero molesta, con las mochilas al hombro.  Debíamos encontrar el Glaciar Piedras Blancas a un tercio del camino y desviarnos hacia él en caso de querer ir a verlo de cerca y luego volver hacia el sendero que nos iba a conducir al campamento.  La lluvia se hizo más intensa y las mochilas pesaban el doble.  Estábamos húmedas y comenzábamos a perder calor.  No habíamos llegado a ver el glaciar y llevábamos bastante tiempo caminando así que después de imaginarnos unos mates calientes mirando una película en el albergue, decidimos descender ya que nada nos aseguraba un cambio repentino de clima.

Al volver a la hostería -después de unas tres horas de caminata-, las chicas que atendían en la recepción, que tenían rebuena onda, nos dejaron calentarnos al fuego del hogar, nos convidaron con mate y nos alentaron a volver a subir ya que desde el punto al que habíamos llegado no faltaba mucho camino.


Glaciar Piedras Blancas
Alivianamos un poco el peso de las mochilas dejando algunas pertenencias en la hostería y volvimos a subir con el tiempo justo para como para llegar antes de que cayera el sol.  En el camino dimos finalmente con el Glaciar Piedras Blancas que resultó ser espectacular, caía como un racimo de uvas desde la cima de la montaña y a medio camino se posaba sobra una laguna de montaña la cual se escurría entre las piedras formando un río.

En el camino vimos también dos zorrinos bebés que jugaban entre sí e incluso se acercaron a nuestros pies para olernos,  Parecían muñecos de peluche, con la naricita rosa, la cola como un pompón y unas manitos super tiernas.  En cuanto apareció la madre apuramos el paso ya que era de mayor tamaño y nos podía rociar con su perfume... pero en vez de eso, vino a llevarse a sus cachorros en la boca de nuevo a la madriguera.



Llegamos al campamento agotadas pero debíamos armar la carpa antes de que oscureciera.  Había bastante gente e incluso llegaron un par más después de nosotras.  Como es un campamento libre en el medio del Parque Nacional, no tiene servicios (ni luz, ni agua, ni baños), así que hubo que ir hasta un arroyo a buscar agua de deshielo para cocinar... era imposible llevar la cacerola sin guantes porque se te congelaban los dedos.

Comenzó a llover y la española tuvo mejor suerte... AQUI ES DONDE LA HISTORIA SE DESDIBUJA... un amante de viaje canadiense la reconoció y luego de que "cenáramos" todos juntos, la invitó a su tienda.  "Cenáramos" debe leerse como "calentamos una lata de verduras debajo de la lluvia, a la luz de la linterna y una sopa totalmente aguachenta que se enfrió apenas la sacamos del calentador".  Tanta mala onda me dió comer en esas condiciones que preferí tragar eso frío, sin gusto y sin poder ver lo que estaba comiendo lo más rápido posible y meterme en la carpa a dormir.

El canadiense -alto, cara bonita, ojos claros, dulce sonrisa, mirada tierna- venía acompañado de un irlandés -grandote, cara blanca, cachetón, una especie de oso pálido- el cual obviamente y por alguna cuestión inentendible del destino, iba a quedar para mí... pero supongo que mi cara lo decía todo, porque así como vino se fue...


No me dió miedo dormir sola porque estaba rodeada de carpas.  Cuando definitivamente se fue la luz y ya no me quedaba nada por hacer en mi pequeño espacio de 1x1 más que escuchar la lluvia, me puse ropa seca y me metí en el saco de dormir (tipo 22hs). Como la bolsa era para 10 grados bajo cero, podía dormir tranquila.  De pronto… lo sabido… los ratones atacando las carpas.  Uno, ¿un par?, rasgando la esquina donde tenía la bolsa de comida (la cual debía haber dejado fuera de la carpa, colgada de un árbol para evitar justamente eso), pero era imposible… me despertaba, las ahuyentaba golpeando la carpa e incluso cambié la comida de lugar sin embargo al rato volvían así que opté por dormir con ese ruido.  Una pareja que estaba en el camping había dejado que un gato los siguiera por el camino para evitar justamente esto. Por momentos me despertaba en medio de una oscuridad totalmente profunda y encendía la linterna para ver que todo estuviera en orden.  En algún momento incluso se me ocurrió pensar si estaría en medio del camino de un alud pero ¿cómo saberlo?  La lluvia se estaba haciendo más intensa y una de las veces que encendí la linterna por los ratones descubrí una gotera sobre la puerta de la carpa… me desesperé… el agua se estaba filtrando y había hecho un pequeño charco justo al lado de mi cabeza así que me reubiqué sobre uno de los vértices y armé los bolsos a tientas por si tenía que mudarme de urgencia a alguna carpa vecina ya que la ropa se había salpicado con la gotera y de mojarse mi saco de dormir podía estar en serios problemas.  Me desesperé porque no sabía qué hacer… todos estaban durmiendo… la lluvia era intensa… las ratas estaban por todo el campamento… la oscuridad era profunda… el bosque también… estaba durmiendo toda torcida… abrí unos centímetros la puerta e iluminé el exterior con la linterna… era tenebroso.  Intenté seguir durmiendo, en realidad no sé cuántas fueron las veces que me desperté durante la noche controlando los ratones y la gotera pero realmente se me hizo una noche interminable y  para colmo la carpa tenía cada vez nuevas filtraciones, sobre 3 de los 4 costados, si bien una sola de ellas mojaba.  Debajo de la gotera puse un nylon y así dormí, acorralada.  Cuando paró de llover comenzó un viento impresionante, luego de hacer sonar los árboles mientras se escurría entre ellos, llegaba al campamento y empujaba las paredes de las carpas. Pero la española… ah! La española como si nada, completamente apasionada, seguramente sin enterarse si quiera que llovía y mucho menos sin preocuparse por el frío gélido de los glaciares, sin preocuparse por las ratas, la oscuridad, el viento o el agua, acurrucada cálidamente en los brazos de su amante canadiense… ; ) 

Mi compañera de viaje, la española, en el Campamento Poincenot

¿Querés seguir leyendo esta historia?  
Te invito a ver el capítulo siguiente haciendo click aquí

lunes, 1 de marzo de 2004

ARGENTINA - ENTRE CIELO & HIELO - CAP1/3 : En busca de El Calafate

El Calafate, Argentina - 2º DIA (fecha desconocida)



Hoy estuvimos todo el día en la Reserva Municipal Laguna Nimez de la ciudad de El Calafate buscando el “Calafate”, un arbusto que se caracteriza por tener tres espinas y “hojas color verde”.  La reserva cuenta con un circuito autoguiado de postas explicativas sobre flora y fauna de cada sector.  En la aventura conocimos a una alemana y a un español con los que nos “extraviamos” en medios de lagunas, patos y yuyos y más patos.  Estamos agotadas… y totalmente coloradas porque nos pegó el sol todo el día.

Nos agarró una nube de mosquitos geoestacionaria a la cual teníamos que estar espantando con las bufandas.  También saltamos un alambrado y nos metimos en ¿propiedad privada? una playa virgen sobre la costa del lago Nimez, agua celeste, sol al atardecer, montañas sobre el horizonte, suave arena y un muchacho andando a caballo en la inmensa soledad… sí, les juro que no fue un espejismo.




Sisisi, me vino a comer el pelo
La ciudad es pintoresca, casitas de colores llamativos se mezclan con cabañas de troncos internadas en una extraña mezcla de pinar y alameda, seguramente uno de los cuales no es autóctono.  Todo está lleno de jardines y los jardines llenos de flores, en especial abundan los rosales en una extensa variedad de tonos.  El sol es tibio y baña la ciudad que crece a pasos agigantados.  Por todas partes se ven máquinas de construcción, obreros, como si estuvieran arreglando rápidamente la casa para recibir visitas.  Los caminos de entrada a la ciudad y el que lleva hacia los glaciares están siendo  pavimentados.  La costa sobre el Lago Argentino se está transformando a toda prisa en una “Costanera Sur” iluminada por faroles con bochas blancas redondas.  Caminando por la calle vimos un perrito rubio y así fue que nos surgió la broma intelectual "un Perito Rubio y un Perito Moreno" haciendo alusión al glaciar que vinimos a visitar.

Les cuento que se hace un poco difícil escribir porque hay un solo servidor para todo el pueblo.  Hoy me hice amiga de un yanqui que siempre me roba fuego… se llama Brandon ¿por lo menos el nombre es atractivo, no? El albergue es espectacular.  El momento más interesante es la hora de la cena porque nos apiñamos todos en la cocina… somos muchos y hay gente de todas partes, está buenísimo.  Es enorme y está lleno de gente copada.  Compartimos la habitación con una pareja de irlandeses.  Él está chocho porque duerme con tres mujeres… y como era de suponer, tuve que empezar a “chapotear” inglés, creo que se me entiende.

Satelital de la Reserva Laguna Nimez
 Mañana es el gran día: Trekking sobre el Perito Moreno.-

sábado, 9 de septiembre de 2000

ARGENTINA: La Gran Nevada

San Carlos de Bariloche, Argentina - sábado 9 de septiembre de 2000


Tenía que preparar un examen de alemán, así que decidí irme a pasar unos días al hostel de Bariloche que había conocido en mi viaje anterior: una cabaña en medio de un pinar frente a Playa Bonita, a medio camino entre el centro y Llao Llao.
 

El paisaje desde la ventanilla
Tenía planeado un ingreso a Bariloche en micro desde el norte de la ciudad, arribando desde la provincia de Neuquén por la ruta Nº 237.  Todo iba tranquilo en el viaje salvo por el clima, que en el último tramo del camino, venía desmejorando.  El camino sobre la cordillera era cada vez más alto y el paisaje se volvía cada vez más inhóspito, hasta que el frío se convirtió directamente en nieve.  El paisaje por la ventana del micro era una enorme planicie blanca donde no se distinguían las formas.  El micro continuó igualmente su camino con mucha cautela hasta que finalmente no se pudo avanzar más.  Estábamos varados en medio de la montaña, a unos pocos kilómetros de Piedra del Águila, nosotros y una caravana enorme de vehículos, camiones, ómnibus y autos, que serpenteaban coloridos sobre el camino cubierto por la nieve blanca.


Si bien en el micro estábamos protegidos de lo que ocurría en el exterior y calentitos gracias a la potente calefacción, mi mayor preocupación era la falta de señal de celular para poder avisar a mi familia que estaba bien.  Así pasé el resto de la tarde, en un micro que se había convertido en mi carpa virtual.  Cuando finalmente cayó la noche decidí bajar del micro a observar la ruta.  En medio de un frío profundo, el paisaje totalmente oscuro la montaña, cual arbolito de navidad, estaba iluminada por una guirnalda de decenas de luces blancas, amarillas y rojas pertenecientes a los vehículos varados uno detrás del otro en la ruta.  Como en un escenario de teatro, el cono de luz blanca del micro hacía visibles las pequeñas partículas de nieve que garabatean piruetas entregadas al viento.



Más tarde me enteraría que estaba en medio de una nevada sin precedentes y que por ese mismo motivo se encontraba inoperable el aeropuerto de San Carlos de Bariloche así como también estaban cortadas en forma preventiva siete de las rutas de la zona debido a las temperaturas bajo cero, al viento blanco de 160km/hora y a la cubierta de hielo que cubría los caminos.  Cientos de turistas habíamos quedado varados en los caminos y en los aeropuertos.  No era época de nieve y sin embargo se habían acumulado más de dos metros de estos simpáticos copitos en el Cerro Catedral.  Gendarmería y Vialidad Nacional trabajaban incesantemente para poder ayudar a controlar la situación.


Al amanecer, el paisaje gélido se había vuelto más dinámico, cadenas en las ruedas, topadoras y máquinas viales trabajaban para despejar la ruta de su manto blanco permitiendo reactivar el tránsito en horarios restringidos a plena luz del día.


 
Llegamos finalmente a la ciudad de San Carlos de Bariloche después de dos días de viaje y de haber pasado dos noches durmiendo en el micro, una transitando el primer trayecto y otra varada por la tormenta de nieve.  Con una sensación térmica de -10º C (diez grados bajo cero), cuando descendí del micro, toda su luneta frontal estaba cubierta por una guirnalda de estalactitas: el agua chorreada había quedado completamente congelada, inmóvil y paralizada a medio camino en su huida, como evidencia palpable de nuestra permanencia en las alturas blancas.   (Estuve a punto de tomarle una foto pero me sentí “cholula” y me fui sin ella... hoy estoy totalmente arrepentida porque son recuerdos únicos e irrepetibles).


 
La nieve había invadido incluso el centro de la ciudad donde calles y veredas eran una mezcla de nieve, agua y barro indistinguible y donde los techos eran el trampolín perfecto para aquellas gotas de agua que lentamente se desprendían de las estalactitas de hielo.  Era imposible caminar con un calzado normal sin resbalarse.  Yo llevaba puestas zapatillas así que lo primero que hice fue acercarme a una zapatería a buscar un calzado más acorde con la situación: así fue como compré mi primer par de botas de trekking.  Obviamente que la elección era netamente utilitaria, no había mucha disponibilidad de modelos, incluso todos ellos eran masculinos y no había tampoco disponibilidad de números así que terminé comprando el calzado masculino de apariencia más linda y talle más pequeño… así y todo, era dos números más grandes que mi horma habitual.
 
No estoy saliendo a esquiar, estoy saliendo a comprar pan y leche.


Si bien la nieve, para quien sólo la visita una vez cada tanto, es una llamativa y singular atracción que se disfruta con suma alegría, tener que lidiar diariamente con ella le hace perder todo su encanto.  Vivir en una zona con nieve constante implica que uno deba ponerse el “traje de nieve” incluso cuando quiere salir a comprar el pan: pantalón impermeable, botas, gorro, campera…  Vivir en zona con nieve constante implica mojarse hasta las rodillas al caminar sobre la nieve, resbalar al caminar sobre el hielo o empantanarse en el barro producto de su deshielo.  Sobre cualquiera de las tres superficies sobre la que uno elija caminar, termina inevitablemente sucio y mojado. 








Villa Catedral
La contracara del temporal fue la gran acumulación de nieve en los principales centros de sky que permitió la extensión de la temporada invernal, así que era obligada una visita a Villa Catedral, en la base del Cerro homónimo.


 
Los días en el hostel transcurrían con mucha calma puesto que con tanta nieve cayendo constantemente era imposible salir a hacer nada, así que primaban las actividades hogareñas y las charlas.  Recuerdo una tarde que queríamos cocinar algo rico y calentito para acompañar el mate y yo les propuse hacerles unas galletitas cuya receta muy simple lleva entre sus ingredientes agua helada y en vez de eso, les dije que llevaba “nieve”.  Al principio pensaban que era una broma pero después me creyeron y salieron todos a buscar nieve blanca, limpia y fresca como ingrediente para cocinar.  Obviamente que cuando la mezclé la nieve con el resto de los ingredientes pasó rápidamente a estado líquido y se integró al resto de la masa como “agua helada” tal como decía la receta, sin embargo, en la imaginación de todos, eran galletitas de nieve las que salían del horno para acompañar el mate.

En el hostel conocí a un francés sumamente meticuloso con los horarios y con los idiomas, a quién seguiría viendo en viajes posteriores.  Fuimos amigos durante mucho tiempo.  Él era de Lyon, una ciudad en las afueras de París, sin embargo, odiaba París y amaba Buenos Aires.  Decía que lo que más le gustaba de esta ciudad era asomarse en pleno centro por la ventana y ver un sinfín de edificios de concreto rectangulares… gustos son gustos!!!  Pero terrible era cuando quería practicar castellano y entonces preguntaba si para decir tal o cual cosa necesitaba usar el pluscuamperfecto… todavía lo recuerdo caminando conmigo por Recoleta mientras él iba conjugando verbos para que yo lo corrigiera!!!


Como cierre de este viaje quería tomarme una revancha y volver a Esquel para intentar hacer nuevamente el trayecto turístico de La Trochita que no había podido fotografiar en mi viaje anterior.  Así fue que me fui un par de días hacia esa ciudad pero cuando llegué a la boletería me encontré con la noticia de que en esa época el trayecto turístico se hacía sólo en determinados días y no me fue posible abordarlo.  Sin mucho más para hacer, ya que no era temporada alta turística, me sumé en una camioneta a un recorrido fugaz que armó la dueña del hostel por algunos de los paisajes principales de la zona pero que estaban completamente desiertos de toda visita humana.  Queda todavía entre mis planes pendientes el poder hacer el recorrido completo en ese legendario tren.-


Satelital Cerro Catedral


sábado, 10 de octubre de 1998

ARGENTINA - Patagonia Romántica

Puerto Madryn, Argentina – sábado 10 de octubre de 1998

Puerto Madryn
Llegué a Puerto Madryn en avión a las 9 am, en un viaje de fin de semana largo de cuatro días, en medio de una crisis hotelera infernal.  Sin saberlo me había lanzado a viajar justo cuando había en la ciudad un evento que tenía la capacidad hotelera colmada.  Cansada de escuchar “no hay lugar”, me acerqué como último recurso a la Oficina de Turismo, desalentada, pero con la esperanza y el deseo de pasar la noche en un sitio más cómodo que la plaza.  Era tanta la desilusión que llegué a pensar en volver a Buenos Aires, pero por suerte no fue así.

En la Oficina de Turismo se había congregado un montón de gente en mi misma situación, pero en una respuesta inmediata, habían puesto en marcha un plan de contingencia: utilizando la radio de la ciudad, el locutor Juan Alberto Badía convocaba a la población a ofrecer alojamiento para los turistas varados.  Era una muy buena iniciativa, por lo menos para poder pasar esa primera noche, siendo que la única alternativa que me quedaba era trasladarme hacia otra ciudad, pero otros también lo habían pensado y los alrededores también desbordaban.

En la Oficina, la gente se acercaba a los escritorios donde las chicas distribuían a los turistas hacia distintos puntos de la ciudad.  En mi caso, me consiguieron una habitación en una casa de familia para compartir con una italiana.  A mi lado, un muchacho había conseguido compartir una habitación de hotel con otro muchacho a quien no conocía.  Nos miramos y comprendimos que la mejor opción era mixta.  Él no lo dudó y en un gesto entre irónico y cómico, le agradeció a la chica que a mi me ubicara a mi con una mujer y a él con un hombre, con lo cual, la chica comprendió el doble mensaje y nos sugirió que nos fuéramos juntos.


En ese momento, de la tensión pasamos a la relajación de las bromas, a decir que íbamos a terminar durmiendo en “la cucha del Boby” e incluso le insinuamos que si no nos conseguía alojamiento, nos íbamos directo a la casa de ella.  Pero la chica, en una muy efectiva gestión, nos consiguió una casa de dos pisos en las afueras de la ciudad, casa que pertenecía a los hijos de una familia que en ese momento, estaban estudiando en Buenos Aires.

La chica que nos atendía, super compinche con ambos, cuando él no la vió, se puso en complicidad conmigo y me dijo que le parecía que incluso el flaco tenía camioneta… y sí, efectivamente, cuando salimos de la oficina, me encontré viajando en una hermosa camioneta color bordó. 

Él era un hombre de andar solitario, un alma al viento de Comodoro Rivadavia que tenía la bravura salvaje de las aguas del Sur.  Viajaba a menudo por la Patagonia por cuestiones de trabajo.  Su mirada verde esmeralda era tan transparente que sentí que podía confiar plenamente en él ante esta situación.  Una vez en la casa, yo me quedé con la planta baja, donde estaba la cocina y una cama, y él se quedó con la planta alta, donde había una habitación con televisión.  Por la noche yo escuchaba la tele desde planta baja pero me perdía las imágenes así que esa fue una buena excusa de ambas partes para terminar compartiendo también las frazadas en una noche fría aún con calefacción.

Puerto Madryn, Argentina – domingo 11 de octubre de 1998

Salimos a la ruta con rumbo norte escuchando una música muy especial que iba a quedar para siempre en mi memoria asociada al recuerdo de ese momento: “I´ve been loving you too long” y “A change is gonna come” por Otis Redding… la camioneta, la ruta, la Patagonia, un hombre y un cantante de blues.          

Por la ruta provincial Nº1, en uno de los primeros desvíos sobre la mano derecha, por camino de tierra, se llega al Doradillo.  El lugar es un paraíso secreto porque es un acantilado lo suficientemente internado en el océano como para que las ballenas naden en aguas profundas aún en la orilla.  Lo más conmovedor de mi vida lo viví esa tarde, en una playa solitaria en la Patagonia, escuchando el canto de las ballenas.  Sólo eso.  La inmensidad de la Patagonia.  El viento.  La arena.  El agua.  Y las ballenas en su habitad natural, ajenas a nuestra presencia, cantando en libertad.

El Doradillo
Para cuando nos dimos cuenta, una de las ruedas de la camioneta estaba enterrada en la arena, pero en cuanto intentamos sacarla, se enterró aún más.  En ese momento, ya nada importaba… 
 





Puerto Pirámides


Puerto Madryn, Argentina – lunes 12 de octubre de 1998

No puedo irme sin antes realizar una breve visita a Puerto Pirámides como quién se acerca a contemplar el origen de mismo del Universo: millones de años de evolución, millones de años de vida fosilizada se compactan en extraordinarias y caprichosas formas geométricas.


















Puerto Madryn, Argentina – martes 13 de octubre de 1998

Fui a caminar por la playa.  Había sol y el mar estaba retirado.  Vi aves marinas revoloteando los bancos de algas, vi cangrejos, almejas, mejillones, barcos y cuatro lobos marinos en pleno puerto.  El agua estaba cálida y transparente.  En el muelle los pescadores limpiaban sus redes.  El frío, sin darme cuenta, me congeló las orejas y las manos, sin embargo, sólo se hace sentir como una leve brisa.  El sol apenas asoma y calienta vagamente.  Hay un hermoso olor a mar, sal y algas.  La arena se arremolina perezosamente.-

Satelital de El Doradillo

lunes, 20 de octubre de 1997

ARGENTINA - ENTRE LA MONTAÑA Y EL MAR - CAP 5/5: lagos y bosques


San Carlos de Bariloche, Argentina – lunes 20 de octubre de 1997


Había estado en Bariloche hacía varios años atrás con motivo del tradicional viaje de egresados al culminar los estudios secundarios.  Sin embargo, en aquella oportunidad, uno vive en una fiesta diaria y poco le importa conocer los recorridos que la agencia de viaje le propone.  Uno va la mayor parte del tiempo durmiendo, cantando o charlando y parece que todo paisaje es igual e insignificante.  Sin embargo, volver a pisar Bariloche era para mí una oportunidad de volver a redescubrirlo, entonces uno se pregunta “¿estuve acá?  ¿y cómo es que esto no lo ví?”.  Incluso ahora los paisajes empiezan a recuperar sus nombres.

Lago Perito Moreno
Nuestro hostel está ubicado en las afueras de la ciudad, a medio camino entre el centro y el Llao Llao.  Cae una llovizna gélida pero no copiosa, sin embargo decidimos tomar un colectivo de línea y acercarnos a la zona de este famoso hotel que se alza a dos aguas sobre las costas de los lagos Nahuel Huapi y Perito Moreno.  Es la primera vez que ingreso a un hotel de esta categoría.  Nos permitieron ingresar para recorrer y conocer la planta baja.  Una vez pasado el hall de entrada, un enorme salón como de dos pisos de alto, emerge desde el nivel inferior con alfombras, sillones y lámparas, donde algunas personas leen y descansan pero sin embargo, no se las escucha.  El salón está flanqueado por dos enormes hogares con chimeneas revestidas en piedra, que van del piso inferior al techo del piso superior.  Todo es piedra, luz tenue y madera.  El aire es cálido y acogedor.  La arquitectura es gigantesca y dá una impresión de solidez y magnificencia.  Recuerdo haber caminado por el pasillo lateral izquierdo, donde tenían lugar una serie lujos negocios.

Capilla San Eduardo
Por la noche hace mucho pero mucho frío.  La estufa está encendida pero la pequeña llamita está a punto de extinguirse y tirita de frío.  Tengo varias frazadas pero no logro entrar en calor.  El techo de la habitación tiene una claraboya cuadrada de vidrio y uno puede dormirse observando la Vía Láctea.  Al amanecer, con -7ºC (siete grados bajo cero) descubrimos que durante la noche había nevado en las montañas que se encuentran justo detrás del Llao Llao.  Nos acercamos a ver la zona y el paisaje es completamente diferente al del día anterior.

Hotel Llao Llao

San Carlos de Bariloche, Argentina – miércoles 22 de octubre de 1997

Por segunda vez en este viaje me dejo llevar hacia lo desconocido, pero esta vez, de la mano de dos suecos que me inician en la práctica del trekking.  No tenía realmente la menor idea ni de lo que era hacer trekking ni de dónde estaba, sólo sé que me dejé llevar por la experiencia del momento.  


Puerto Pañuelo
El destino es nuevamente Llao Llao, frente a Puerto Pañuelo.  Desde ahí se inicia un circuito cerrado de trekking básico entre bosques y lagos, llamado Circuito Chico.  Entre los puntos más destacados se encuentran el Lago Escondido y Bahía López. 





Lago Escondido
  


















Bahía López
Uno de mis compañeros de travesía tiene la extraña costumbre de agacharse a recoger cuanto papel y botella encuentra por el camino y colocarlos en una bolsa.  En ese momento me resultó altamente sorprendente su insistencia en limpiar el circuito y fue tanto lo que se plasmó en mi memoria, que en mis viajes posteriores, esa costumbre también la adopté yo.

Circuito Chico


San Carlos de Bariloche, Argentina – viernes 24 de octubre de 1997

En el hostel la vida transcurre como en la propia casa.  Algunos leen, otros escriben, escuchan música, miran películas, duermen, salen a caminar, cocinan, tocan guitarra, practican idiomas.  Todos hablamos con todos en todos los idiomas y nos ayudamos entre todos para entendernos.

Y he aquí la tercera costumbre que he observado (y luego adoptado) en los mochileros extranjeros muy atentamente: todos los días, cuando cae la tarde, en esos minutos antes de cenar, toman un cuaderno en el que escriben profusa y celosamente.  Me intriga la regularidad y la disciplina con que lo hacen.  En un principio trataría de obligarme a mi misma a imitarlos pero con los años le tomaría el gusto a esta maravillosa tarea de redactar un Diario de Viajes.

Con Francesco, el suizo-italiano, nos hicimos amigos.  Una noche me preparó un flan.  Por la mañana, el desayuno, luego la cena, vemos películas juntos, es un dulce total.  Posteriormente a este viaje, en el mes de diciembre, he recibido en Buenos Aires una postal suya desde Zürich con unas líneas muy tiernas.  Le respondí pero después de ese intercambio de cartas, nunca más volví a saber de él.-

domingo, 19 de octubre de 1997

ARGENTINA - ENTRE LA MONTAÑA Y EL MAR - CAP 4/5: Bariló

Esquel, Argentina – domingo 19 de octubre de 1997

En la estación de micros decido entrar en una “confitería” (parecía un pool) a desayunar.  Avanzo sigilosamente pues sólo hay hombres, para pasar desapercibida. 

Pido un desayuno y me siento a la mesa sobre un costado.  En frente hay dos jóvenes a los que observo de reojo.  Parecen españoles.  Uno de ellos se retira.  Termino mi café con leche y abono.  Me veo en el problema de no poder colocarme la mochila.  Me acerco al que queda: un rubio con rastas.  En seguida se levanta y sube mi mochila hasta mis hombros.  Iniciamos una conversación que decidimos continuar en el micro ya que llevamos el mismo rumbo.  Me acerco al bus y entablo conversación con el morocho.  Viajamos juntos.  Me aconsejan albergarme con ellos en un albergue para la juventud.  Viajo realmente nerviosa, tengo miedo de enfrentarme a algo que realmente deseo.  Lo pienso una y mil veces durante todo el camino: voy una noche, si no me gusta, me voy a un hotel.

Así fue como por primera vez conocí el espacio social de los hostels: la ventaja del espacio compartido aún cuando uno viaje en solitario, la posibilidad de interactuar constantemente con personas de lugares distantes del planeta, la posibilidad de poder conocer otros idiomas, otras costumbres y poder compartir los propios, la opción de vivir en una casa ajena como si fuera tu propia casa pero rodeado de personas nuevas, los focos de reunión en la cocina durante las horas pico donde todos cocinan cosas distintas a la vez y donde humos, aromas y sabores de distintas partes del mundo se unifican formando una atmósfera especial, la mesada llena de verduras picadas, las ollas y sartenes esperando su turno para sumarse al fuego, la posibilidad de compartir experiencias y armar caminos juntos.

 
San Carlos de Bariloche, Argentina

El ingreso a la ciudad de San Carlos de Bariloche se realiza desde el sur y el paisaje es bellísimo e imperdible.  La ruta se interna entre montañas cubiertas de coníferas y bordea un continuum de lagos de aguas calmas, un espacio completamente virgen donde lo único artificial es la serpenteante ruta que lo atraviesa.


Con mi amigo el español
Por la tarde, los españoles me invitaron a ver el atardecer sobre Playa Bonita, en la orilla del Lago Nahuel Huapi, ladera abajo sobre la misma pendiente en donde se encuentra nuestro hostel.  Estando ya ubicados sobre uno de los laterales del lago, frente al sol, sentados sobre unas rocas, en un estado de completo relax, los españoles comenzaron a fumar un porro.  Recuerdo que me asusté y regresé corriendo al hostel, subiendo la empinada ladera entre coníferas como si fuera una película de terror nocturna.  Recuerdo esto con mucho cariño porque en mi inocencia corrí entre los árboles barranca arriba desesperada… era de día y el sol todavía resplandecía sobre el horizonte iluminando todo el paisaje, una tarde preciosa, cálida y tranquila, pero yo me sentía correr en la oscuridad de un bosque tenebroso.

Con mi amigo el suizo-italiano
El hostel es una cabaña de madera en un pinar frente al lago Nahuel Huapi.  Cerca de las 21hs estamos todos reunidos en el living charlando.  Suena el timbre.  Tengo un deseo interno y una ilusión de que pudieran ser los suizos e imagino esa situación en mi mente, pero no me fijo.  De pronto escucho su voz en la cocina.  Me levanto corriendo.  Me mira contento y me da dos besos.  “¡Tú!  ¡Oh!”

¡Bariloche está de Puta Madre, coño!




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viernes, 17 de octubre de 1997

ARGENTINA - ENTRE LA MONTAÑA Y EL MAR - CAP 3/5: Sobre antiguos rieles

La descripción de Esquel fue escrita en la parte posterior de la propaganda de un hostel de El Chaltén.  La imagen de la cabaña nevada me cautivaría de tal manera que siete años más tarde iría a conocerla en persona. 

Esquel, Argentina – viernes 17 de octubre de 1997

Salgo en micro hacia Esquel.  El camino es ahora hacia el oeste, desde el mar, tierra adentro, hacia la montaña.  Paramos para almorzar en un pueblo totalmente aislado del mundo, en medio de las montañas: Paso de Indios.  El camino es bonito.  Llegamos a Esquel cerca de las 16hs.  La ciudad consiste en casitas de techo acanalado plateado, pinos y árboles de florcitas blancas que simulan copitos de nieve.  Mi mochila me pesa.  Busco un hotel y recorro la ciudad más fácilmente.

Esquel, Argentina – sábado 18 de octubre de 1997

Hay tramos en los viajes en los que los datos inevitablemente se pierden y este es uno de esos momentos.  Según mi diario, este sábado visité el famoso tren de trocha angosta llamado La Trochita, sin embargo no hay más datos al respecto.  ¿La razón?  Antes de salir de Madryn hacia Esquel, había cambiado el rollo de mi cámara.  Las fotos de ese rollo incluían la visita a Gaiman, Trelew, Esquel y La Trochita, sin embargo, cuando estabamos ya en camino de regreso, la cámara extrañamente sobrepasó la toma número 36 y la 37 y la 38… así fue que descubrí sobre la misma Trochita, que el rollo nunca había girado y que había estado tomando fotos en falso.  Mi enojo esa tarde fue suficiente como para no querer escribir una sola palabra más.  

Tengo muy pocos recuerdos al respecto pero creo que el principal tiene que ver con la particularidad de que el tren tiene, por calefacción en cada vagón, una caldera alimentada a leña por los mismos pasajeros.  Recuerdo haber alimentado esa salamandra con leñas que estaban guardadas en un viejo baúl de madera ubicado en el piso junto a ella.  Es lo que más me quedó grabado porque recuerdo haber disfrutado muchísimo de ese rasgo tan particular, sin embargo la única anotación extra en mi diario dice “me congelé”.  También recuerdo el interior de esos vagones, pelados de toda posible decoración, con pisos, paredes y asientos completamente confeccionados en madera pintada de color verde agua.  Y no le hace falta nada más, la expresión máxima de su sencillez lo transforma sin embargo en un tren legendario.  También recuerdo haber hecho gran parte del viaje en el último vagón, donde en su parte posterior, había una especie de balcón panorámico al aire libre desde donde uno podía contemplar la inmensidad del paisaje.

El servicio turístico llega sólo hasta la primera estación en lo alto de la montaña: Nahuel Pan, un pequeño pueblo ferroviario abandonado, de casitas dispersas en la inmensidad de una planicie fría y abierta, libre de vegetación.  El sol pega fuerte, su resplandor enceguece pero apenas calienta.  Las casitas rectangulares, no son muchas, tal vez no superen la docena y están construidas con un mismo estilo homogéneo: paredes hechas de gruesos durmientes y techos rojos acanalados.  Recuerdo haber ingresado a una de ellas y haberme acercado a tomar una foto del paisaje exterior que se veía por la ventana desde el interior de una habitación en penumbras.

Esto es todo lo que puedo recordar de ese día, todo lo que quedó grabando en mi memoria sensitiva y en mi alma, pero además de eso tengo un recuerdo material que vale oro: el ticket de viaje.-


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jueves, 16 de octubre de 1997

ARGENTINA - ENTRE LA MONTAÑA Y EL MAR - CAP 2/5: una colonia muy especial

Punta Tombo, Argentina – jueves 16 de octubre de 1997


La excursión a la pingüinera de Punta Tombo es maravillosa pero no tanto por su fauna sino por su geografía.  Efectivamente una punta, una lengua de lava sólida serpentea adentrándose en el océano.  Sobre su superficie porosa, las acumulaciones de agua y tierra permitieron que una vegetación sumamente verde y brillante se esparza en forma de manchas contrastando con el fondo rojizo de la lava.  La punta es infinita y parece perderse a lo lejos entre el cielo y el océano.  Según nos contaron, en ese paisaje tan maravilloso, los aborígenes de la zona enterraban a sus muertos.  Es un paisaje prístino, vírgen, puro, uno puede trasladarse en el tiempo, hacia aquellas eras geológicas en las cuales las primeras formas de vida recién se formaban en el agua.  Incluso, mientras estaba sentada sobre una roca contemplando desde lo alto la vida social de los pingüinos en la playa, por los cielos apareció de frente un ave que tendría fácilmente un metro y medio de ancho de punta a punta de sus alas.  El ave venía simplemente planeando libre, dejándose llevar por el potente viento patagónico.  La imagen que me vino a la mente fue la de un Pterodáctilo, y aunque en realidad nunca supe de qué ave se trataba realmente, me gusta recordarlo como si lo fuera.


Hoy es la tierra del pingüino de Magallanes, un animalito simpático que se acerca como tambaleándose, mirándote primero con un ojo y luego con el otro.  Esta alternancia, según nos explicaron, es debido a que tiene los ojos muy separados y que por lo tanto necesita turnar alternadamente la visión de uno y otro para poder medir la distancia del objeto, o en este caso, la persona a la que se acercan.  Es lo que en física se llama paralaje.  Pero lo que sigue, no voy a contarlo yo, sino los propios pingüinos. 

Como en todas las sociedades, hay algunos vagos que disfrutan de la buena vida en la playa



 



Mientras que otros tienen que trabajar para poder sostener a sus familias, llevar alimento a sus hogares y colaborar con la construcción del nido






Obviamente también están los haraganes que se pasan la tarde durmiendo...




 




...mientras los más responsables se quedan al cuidado de sus crías








Pero como todas las historias, esta también tiene un final feliz… porque en medio de toda esta vida ajetreada, siempre hay un espacio para el amor.


La excursión, a su regreso, incluye una visita al Museo Paleontológico Edigio Feruglio de la ciudad de Trelew y luego una recorrida por la ciudad de Gaiman donde se hace una visita a las casas de té más famosas para cerrar una tarde arrulladora entre dulces y té galés. 



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