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sábado, 12 de mayo de 2012

Mis Viajes a Perú

Uno de los destinos que más reiteradamente visité fue sin dudas el Perú. Cuando era adolescente y recién me iniciaba en esto de mochilear por el mundo, veía a Machu Picchu como el punto culminante de mi aventura: La Meca Mochilera. En esa época, Perú era en mi mente sinónimo de Machu Picchu y de nada más, era como que la Ciudadela Incaica surgiendo de entre la vegetación espesa de la selva y envuelta en un aura de magia, era todo lo yo imaginaba que podía encontrar en ese país y hacer el trekking por el Camino del Inca se había convertido en mi objetivo final.

Recuerdo que en aquellas épocas el trekking por el Camino del Inca se publicitaba como "4 días / 3 noches" en todos los folletines de viajes estudiantiles y yo los guardaba celosamente, miraba la ciudadela encantada deseando algún
día poder alcanzarla, pero para esa época y para la edad que tenía, llegar a Machu Picchu recorriendo tierras extranjeras era una idea muy lejana.

Sin embargo, el plan seguía dando vueltas en mi mente y las anotaciones de los detalles y los cálculos monetarios que insumía tal empresa, se amontonaban entre mis papeles, hasta que poco a poco fueron tomando la forma de un posible viaje. Incluso se dibujaba difusa una fecha estimada de partida para el año 2006, pero ni bien se iniciaba el año 2005, yo había perdido mi único sustento monetario: mi trabajo. Me llevó casi un año reponerme de ese duro golpe y otro año más estabilizarme monetariamente.
No sólo no había podido viajar al Perú sino que no había podido salir de mi ciudad ni de mi propia casa.

Pero el 2007 se tornaba bastante alentador, contaba con un nuevo trabajo y una nueva posibilidad de sustento económico que incluso me daba un poco más de cintura en todos los movimientos, sin embargo, por segunda vez mi viaje se vio truncado: hacia fines del 2007 un accidente en una de mis rodillas me llevó directo al quirófano.

Mis deseos de llegar a la Ciudadela Incaica no menguaban y luego de un intenso trabajo de rehabilitación, dos años más tarde, para el 2009, estaba lista para partir. El viaje incluía en su trayecto: Argentina, Bolivia y Perú. Contaba con dos semanas pero con escaso dinero, lo cual me limitaba a hacer todo el trayecto por tierra. El ingreso a Perú era vía Puno y de ahí triangulaba con Cuzco y Machu Picchu. Pero recuerdo que en aquellas épocas miraba el mapa y cuando ya Machu Picchu se había tornado en un destino accesible, Lima me desafiaba desde el rabillo oeste de mi ojo izquierdo. El trayecto Cuzco-Lima por tierra era demasiado extenso para sumarlo a mi travesía, sin embargo había algo en la
Ciudad de Los Reyes que llamaba mi atención, algo que se me tornaba misterioso, potente y nuevamente lejano para mi. Lima quedaba definitivamente fuera de mis posibilidades.


Recuerdo que viví esos cuatro días que duraba el trayecto del Camino del Inca con suma intensidad. La mezcla de sensaciones era verborrágica e intestina: lloraba, saltaba, cantaba y reía, todo a la vez. Pero si hay algo en lo que me marcó ese viaje fue que viví mis día en el Camino del Inca como una metáfora de la vida misma: uno comienza el trayecto entusiasmado, con fuerzas, con energías, con optimismo pero a medida que van avanzando los días, las fuerzas menguan, uno empieza a apoyarse más en los bastones y menos en la musculatura propia y se dá cuenta que en definitiva transita ese camino sólo, y aún cuando va rodeado de gente, no son más que desconocidos en quienes tiene que confiar y con quienes tiene que aprender a negociar para evitar que su andar sea realmente solitario. Uno aprende a apoyarse en el otro, a confiar en el otro, porque es la única manera de seguir adelante. En cuestión tan sólo de cuatro días, uno arma redes sociales por medio de amistades construidas casi instantáneamente para poder sobrevivir. Pero para sorpresa mía, al finalizar el trayecto me esperaba un autodescubrimiento más: me había dado cuenta que si ese camino había sido una metáfora de la vida, entonces no me había gustado transitarlo en solitario. En ese momento descubrí que hubiera querido tener alguien especial caminando a mi lado y a partir de ese momento sentía que quería transitar mi vida al lado de alguien más.

En el viaje a Machu Picchu pasaron un par de cosas más que marcaron a partir de ese momento mi destino: (1)
me había comprado una Chacana Mágica de serpentina y plata (2) me había comprado unos sahumerios artesanales hechos de plantas andinas (3) había conocido a un mochilero que me había hablado de una ciudad incaica llamada Choquequirao.

No todas las Chacanas eran realmente mágicas. Mientras paseaba por los mercados de Puno y Cuzco, tomaba las Chacanas en mis manos pero no sentía absolutamente nada hasta que sin buscarlo, dí con una Chacana tallada en una piedra verde llamada serpentina con decoraciones en plata en el mercado de Aguas Calientes. La miré y llamó mi atención. La tomé con mi mano y al encerrarla en mi puño pude sentir su poder. Era de una belleza excepcional pero su valor monetario excedía lo que yo podía gastar en ese día (e incluso en varios días más) y así como la tuve l
a dejé. El tren hacia Cuzco estaba a punto de partir y algo me decía que yo tenía que volver por mi Chacana. Comprarla significaba quedarme monetariamente en banca rota para el resto del día, pero el pasaje ya lo tenía y realmente no necesitaba comprar nada más, así que recorrí el laberinto del mercado donde todos los puestos se me tornaba iguales, hasta que di con la señora que me la había ofrecido y finalmente me la llevé.

Una vez en mi ciudad natal, sobrecargué a la Chacana con pedidos que excedían su poder, era una Chacana Mágica, no una Chacana hacedora de milagros y finalmente decidió abandonarme soltándose de mi cuello. Pero, a falta de Chacana, me la agarré con los sahumerios y un día, cuando el humo espeso de las hierbas quemadas se apoderó como una neblina de mi habitación, me sentí en conexión con los Dioses Incas y les pedí que me ayudaran a encontrar al amor de mi vida. No tenía nada para ofrecerles a cambio, pero en ese momento me vino a la mente aquella otra ciudadela de la que me habían hablado e inmediatamente les prometí que a cambio dedicaría mi vida a cuidar Choquequirao. Unos días después, casi por arte de magia, apareció en mi vida un mochilero que gustaba de viajar tanto como yo, pero lo que más me impresionó fue cuando mencionó su nacionalidad: era peruano. A partir de ese momento sentí que estaba en deuda con Los Dioses.

Mi viaje a Choquequirao comenzó a tomar forma rápidamente pero esta vez quería optimizar los tiempos y la vía aérea se tornó mi medio de transporte principal. Llegar a Choquequirao implicaba previamente volver a pisar Cuzco, aquella ciudad que se había tornado esquiva en mi primer viaje haciéndome perder parte de sus fotos, pero que así y todo se había convertido en la ciudad de mis sueños. Y ahora tenía no sólo la oportunidad sino también el deseo de visitar a Lima y a su limeño especial. Pero nuevamente en el mapa la airosa ciudad de Lima desafiaba todos mi planes, así que sin dudarlo junté un par de anillos y pulseras de oro y las vendí a fin de obtener efectivo para el viaje. Resultaba paradójico pensar que los españoles durante la conquista fundían el oro del Perú para enviarlo a España y que yo para poder viajar al Perú hacía la operación inversa.
Definitivamente mi viaje a Choquequirao fue el viaje en el que menos dinero llevé, estaba tan ahorcada monetariamente que recuerdo que contaba las monedas para poder comer. Igualmente, a diferencia de lo que sucede en otros países, las monedas en el Perú abundan y tienen altas denominaciones, con lo cual, poseer muchas monedas genera la falsa impresión de poseer migajas de dinero cuando en realidad en su conjunto pueden conformar una suma interesante. En una de mis primeras visitas a los museos de Lima vi una pequeña vasija de doble pico de color turquesa que costaba tan sólo cinco soles pero no podía darme el lujo de tener esa pequeña pieza y no comer, así que por mucho que me gustaba, la olvidé.

Seguí mi camino hacia Cuzco y de ahí partí, entre entusiasmada y temerosa, hacia Choquequirao. La montaña no me lo hacía fácil sino que me retaba a duelo, al lado de esto Machu Picchu se había convertido en un juego de niños y pronto me di cuenta que no podría continuar mi camino. Había quedado a pocos metros de la cima debido a que mi cuerpo no podía sobreponerse a las condiciones del clima, de la exigencia física y de la altura, así que abandonando muy a mi pesar mi objetivo, decidí volver. "Cuando la montaña no quiere, no quiere" me habían dicho y por suerte, supe escuchar el
mensaje que ésta me decía. Lo que tal vez no interpreté fue que el no cumplir con mi promesa tenía consecuencias directas con aquella relación que tanto estaba deseando preservar, o tal vez fue sólo un aviso, una señal, una advertencia, lo cierto es que el algún momento no muy lejano, el encanto de esa bella relación se rompió y la magia desapareció.


Chacana Mágica corazón de Huayruro

Así y todo, estando en el Valle Sagrado, decidí reponer mi Chacana perdida y entre los puestos de los mercados de la zona di con una nueva Chacana Mágica de serpentina, por cierto bastante más chica que la anterior, pero con una semilla de huayruro en su corazón, lo que la convertía en una pieza originaria y a la vez original.
Tanto en mi primer viaje a Machu Picchu como en mi segundo viaje a Choquequirao, Arequipa había formado parte inicial de mis planes, pero por cuestiones de distancias y de tiempos, en ambos proyectos había quedado descartada desde el inicio mismo.







Vasija de doble pico
En el año 2011 tuve la tercer oportunidad de viajar al Perú, pero esta vez ingresando desde la frontera con Chile, desde Arica hacia Tacna. Y finalmente, entre los mercados de Tacna, pude encontrar aquella vasija de doble pico color turquesa que había dejado pasar en mi viaje anterior. Arequipa quedaba tan sólo unos pasos hacia el norte pero por cuetiones de tiempo, mi visita hacia aquella pintoresca ciudad quedaría postergada por tercera vez.

Mirando hacia atrás, descubro que en cada viaje Perú me deja pendiente algo por hacer, algo por conseguir, algo por alcanzar, siempre me da pero me quita a la vez, nunca me deja el todo en las manos, arrastrándome a visitarlo una y otra y otra vez...

 ***

Si querés conocer más acerca de estos viajes, te dejo los links de sus respectivos Diarios de Viaje

PUNO-CUZCO-MACHU PICCHU

LIMA-CUZCO-CHOQUEQUIRAO

TACNA

lunes, 18 de abril de 2011

PERU - CAP 15/15: Lima y Él

Lima, Perú — lunes, 18 de abril de 2011

"Déjame que te cuente limeño,
déjame que te diga la gloria, 
del ensueño que evoca la memoria
del viejo puente, del río y la alameda.

Déjame que te cuente limeño,
ahora que aún perfuma el recuerdo,
ahora que aún se mece en un sueño
el viejo puente, el río y la alameda."


La Flor de la Canela - Vals Peruano - Chabuca Granda

Uno se vuelve fácilmente adicto al azúcar rubio del Perú, a su té con aroma a especias y a su manjar blanco, un dulce de leche color té con leche.   También uno se acostumbra a saber que camina sobre una zona sísmica.  Recuerdo mi primer día en Lima, cuando llegué al hostel, el cartel verde con una gran “S” indicando “zona segura en caso de sismo” me intimidó.  Unas horas más tarde volví a verlo en pleno zoológico, en el Parque de las Leyendas, y me sentí como que estaba caminando sobre terreno minado… temí estar ahí, temí haber elegido esa ciudad como destino de mis vacaciones, una ciudad que marcaba a cada paso el espacio seguro para resguardarse en caso de sismos.  Tengo pavor a los sismos y sin embargo uno se acostumbra también a eso, a esa idea y a los carteles señalizando las vigas de la estructura de las construcciones y los espacios abiertos.

Después de 6 horas de espera en el aeropuerto de El Cusco, he regresado a Lima.  Pero Lima ya no es la misma porque yo ya no soy la misma mujer que hace dos semanas atrás transitaba anonadada por estas calles.  Esta vez puedo ver a Lima con otros ojos: con calma, con la sorpresa del dejarme llevar, del dejarme deslumbrar por aquel paisaje colonial que me espera detrás de cada esquina, por un farol que luce tímido, por un balcón de celosía.
También es otra mi manera de encarar esta semana, es una semana que no tengo planes de nada, más que compartir mi tiempo libre con él.  Sólo dejarme llevar, a la deriva, a nuevos lugares o al mismo lugar de siempre, pero caminando a su lado.  Mi primer semana en Lima era muy estructurada, era una carrera contra el tiempo, necesitaba conocer y recorrer la ciudad y a eso le impregné un ritmo similar al que traía de Buenos Aires.  Paraba en un barrio lejos de todo y para movilizarme hacia cualquier parte necesitaba necesariamente tomar un taxi.  Así que para minimizar este gasto a sólo dos taxis por día, uno de ida y otro de vuelta, partía temprano en la mañana hacia algún museo (al cual llegaba incluso antes de que abriera sus puertas al público) con mi mochila cargada de víveres y provisiones para todo el resto del día.   Cuando terminaba mi visita, aprovechaba para ir al baño y me quedaba a almorzar en alguna plaza en los alrededores del museo y luego destinaba la tarde a conocer ese barrio.
Ahora es totalmente diferente.  Ya no tengo planes de museo alguno, ni hambre de conocimientos académicos, sólo tengo una conexión especial, desde el sentimiento, hacia Lima y hacia Él.  Tampoco necesito movilizarme en taxi por tres buenas razones: (1) porque ya no me queda dinero para hacerlo (2) porque esta vez me instalé en Miraflores, un distrito sumamente turístico, a unas 10 cuadras del Océano Pacífico, donde tengo todo lo que necesito y lo que no necesito a mi alcance (3) porque esta vez, conociendo ya las avenidas principales, puedo movilizarme en los buses locales.
Él, que es algo más que un simple amigo, tal vez un compañero de vida, me enseñó los tips básicos para movilizarme en bus: (1) uno paga por lo general un importe menor al que figura en la lista de precios y distancias (2) si te muestran la palma de la mano abierta cuando estás por subir, significa que pagás $0.50 (3) el pago del boleto no se realiza necesariamente al subir, sino en cualquier momento del viaje, incluso antes de bajar (4) para subir le pegás unos golpecitos en la carrocería (5) para bajar hay que gritar “baja, baja, baja”.  El servicio de buses es como si fuese un colectivo pero en tamaño comprimido o una combi estirada, el espacio entre los asientos es tan pequeño que las piernas caben sólo inclinadas.  Hay una única puerta que se encuentra a mitad del bus en cuyos escalones viaja un señor que va indicando a los gritos el recorrido en cada parada y es quien se encarga de cobrar también el boleto, pero he visto incluso gente que sube por un par de cuadras y nadie le cobra.  El transporte público aquí en Lima es más parecido a un servicio a que un negocio.
He notado también que extrañamente, desde que estoy en Perú, no he hecho uso de los auriculares y llegué a la conclusión de que en Baires los uso para aislarme del mundo.  Acá, por más ruidos y sonidos que haya, me integro a ellos.  Me he acostumbrado también a los colores y sabores de Lima,  a sus kioscos en carritos ambulantes, a la Inca Kola, gaseosa dorada a base de una hierba peruana, la hierba Luisa, que es mucho más rica que la Coca Cola a quien ha destronado.  La gente la prefiere y la consume asiduamente, tanto es así que Coca Cola, al ver que no podía competir frente a este oro líquido, optó por adquirirla.  En mis primeros días en Perú tuve la necesidad de ingerir algo de carne, algo similar a lo que como en mi país, así que me fui a Burguer asumiendo que el sabor iba a ser el mismo en cualquier lugar del  planeta donde me encontrara, pero para mi sorpresa no fue así.  Las papas fritas no sabían a papa sino a un aceite fuertemente aromatizado que eclipsaba el sabor natural de las papas y la cubría del sabor al aceite.  En mi estadía en Lima he notado que las dos grandes cadenas de comidas rápidas no convocan la cantidad de gente que uno esperaría encontrar.  Pero por otro lado, he descubierto una cadena local llamada Bembos, que ha sabido imprimir sobre la comida rápida un gusto muy particular, el sabor peruano en su versión “fast food” e incluso ofrece versiones de sus hamburguesas para los turistas según gustos típicos de cada país: francesa, alemana, mexicana, criolla.  Ahí comencé a frecuentar el combo de pancho con papas fritas, una salchicha robusta sumamente gustosa con gusto real a carne y a chorizo por sólo 5 soles.  También he probado la hamburguesa, una carne condimentada con pimienta y comino y por las tardes frecuentaba un combo de capucchino y bizcochuelo caliente con pepas de chocolate.
Cuando decidí pasar mis vacaciones en la Ciudad de Los Reyes, la perla colonial sobre el Océano Pacífico, soñé con poder degustar todos los días pescado fresco en todas sus formas.  Supuse que teniendo el puerto y el océano tan cerca, iba a poder disfrutar de los sabores del mar, pero en vez de eso me encontré con la Ciudad de Los Pollos.  En Perú se consume mucho pollo, el pollo es como el arroz en china, parece ser el componente base de todos los platos y se lo consume, menos hervido, en todas sus formas.  Y aclaro “menos hervido” porque parece ser la única forma de cocción que no utilizan, que no frecuentan, es más, la mayoría de los platos son fritos.  Sin embargo, en mis caminos de Puno a Cusco y de Cusco a Lima, nunca vi criadero alguno.  Cuando pregunté al respecto me explicaron que los grandes criaderos de pollo se encuentran sobre la costa.


Mi compañero me ha hecho notar una diferencia importante entre la gente de menos recursos de Perú y de Argentina: en mi país la gente espera siempre la ayuda, el socorro y el auxilio del Estado, el plan trabajar, la jubilación, a asignación universal por hijo, el seguro de desempleo y la moneda que se espera que uno regale a cuanto se lo pidan por la calle.  Acá en Perú nadie pide una moneda porque sí ni espera la ayuda divina del Estado, acá la gente de menos recursos te vende lo que sea, una bolsita de pochoclos, una pulserita trenzada, un silbato con sonido a pajarito, una papa rellena de carne, zanahoria y morrón, una canción a modo de serenata, una acuarela con paisajes andinos, lo que sea que sepan o puedan, pero te venden algo.


De su mano he visitado lugares a los que sola no me atrevía a ir: la zona roja, el colectivo de la muerte, El Callao y he cruzado más allá del Río Rimac donde las casas coloniales, en manos de particulares de bajos recursos, se encuentran en su estado original, tomadas, adueñadas o apropiadas… del otro lado del Río Rimac, se vive otra historia, la Lima no turística, la Lima real de balcones desvencijados, de ropa tendida, de faroles rotos.  He visitado lugares secretos y privados y también he visitado lugares abiertos y públicos, lugares en los que se concentra la gente local para realizar sus paseos al aire libre, lugares de esparcimiento como el Parque de Marte, El Parque de la Exposición y he conocido el subte, un medio de transporte nuevo en esta ciudad.  He visitado el Museo de Arte Italiano donde hay óleos y pinturas de ese país y he conocido La Punta en El Callao donde hemos visitado El Real Felipe, una fortaleza construida en 1747 para defender a la ciudad de Lima de piratas y corsarios.   En esa fortaleza han estado, entre otros,  Roque Saenz Peña de quien yo desconocía su participación en la independencia del Perú, y el General Don José de San Martín, quien hizo picar los escudos españoles que lucían esculpidos en su fachada a fin de borrar la impronta española en ese fortín.


En Miraflores he transitado por la Calle de las Pizzas frente al Parque Kennedy, un espacio lleno de bares y boliches nocturnos que concentra la movida del lugar, y en el Centro Histórico he transitado entre puestitos ambulantes de techitos rojos que ofrecen uno junto al otro, los dulces típicos del Perú elaborados en el momento, sobre la costa del Río Rimac: pochoclos, picarones, chicha morada, arroz con leche, y otros que se dedican a manjares salados como el chicharrón y el anticucho.  Los supermercados de Lima me permitieron adquirir una fruta que en mi país es inaccesible por su precio: el caqui.  También, desde que estoy en Miraflores, y gracias a que el hostel no cuenta con espacio propio para ofrecer el desayuno, me otorgan un vale que me sirve para desayunar en el bar de la esquina, en unas mesitas con sombrillas amarillas sobre el Parque Kennedy.  La última semana en Lima se me ofrece con un desayuno abundante de café con leche, tostadas, manteca, mermelada y jugo de piña recién exprimido, todo un manjar energético.

Como broche de oro de mi visita a Perú, anoche he realizado un city tour en esos buses turísticos que llevan la parte alta al descubierto, el cual me ha llevado también a visitar el Circuito Mágico del Agua, un paseo entre fuentes de aguas danzantes, luces y sonidos, donde el espectáculo lo realizan fuertes chorros de agua que se lanzan al vacío desafiando la ley de gravedad.  Esta es y será, al menos por el momento, mi última imagen de Lima nocturna.


Pero lo más bello que tiene Lima según mi visión de habitante de la costa Atlántica de América, es que aquí se puede contemplar la puesta de sol.  Me es casi imposible estar en Lima y no acercarme a la costa a eso de las 17hs, cuando empieza a caer el sol para ver su ocaso.  Mucha gente se reúne con sus cámaras para ver este espectáculo, para inmortalizar este momento que cada día se muestra único e irrepetible.  Y dentro del amplio horizonte que ofrece el Océano Pacífico, el sol elige diariamente ocultarse detrás de las Islas Palomino, haciendo de su ocaso un espectáculo mágico.  La gente incluso lo aplaude… es un momento  muy emocionante que congrega a fotógrafos, familias, curiosos, turistas, románticos y a los vendedores que le dan a toda esa muchedumbre un tinte especial con sus frutas, con sus dulces, con sus artesanías.

Pero hoy, siendo mi último día, he decidido despedirme de un sabio compañero que me ha arrullado cada noche y a quien he contemplado con sumo respeto: el Océano Pacífico.  He decidido descender hacia Playa Balta por la Av. Diagonal que conduce al Malecón Balta.  Pero la playa no es de arena sino de cantos rodados traídos especialmente de Europa, es una playa artificialmente modificada.  ¿El motivo?  lo desconozco pero sí puedo hablar de las consecuencias: al ser el océano tan impetuoso en su costa, cada vez que se retira para tomar fuerza, el agua arrastra consigo las piedras más livianas y las olas vuelven sobre la costa cargadas de ellas, las cuales hacen chocar contra las rocas más grandes y estáticas.  De esta forma, el oleaje produce un vaivén de sonido, como que el sonido natural del oleaje se amplifica y puede sentirse a lo lejos e incluso a lo alto del acantilado de Lima.

 





 

Deseaba que una ola lamiera mis pies, deseaba sentir el océano acariciando mis pies.  Me descalcé, miré a mi alrededor y comprendí mi situación de turista.  La costa de Lima no es la costa Atlántica, no hay gente disfrutando de las olas sino que hay gente contemplando el oleaje.  Sin embargo, sólo algunos, los más osados, son los que se atreven a ofrendarle sus pies.  Miré a mi alrededor y enseguida noté que todos calzaban ojotas o sandalias, no había gente descalza salvo yo.  Y había una buena razón para esto: caminar sobre los cantos rodados es como caminar por una cama de clavos además de que uno puede resbalar y caer.  Notando esto decidí quedarme lo más lejos esperando que alguna ola se esforzara en alcanzarme.  Arremangué mi pantalón y esperé paciente.  No tardó mucho el océano en desplazarse eufóricamente hacia mí como un jolgorio, como si hubiese estado esperando mi presencia.  Pero no es el mar lamiendo la costa, sino el océano tomándola por asalto.  Así fue que la ola se trepó por la costa y me tomó por las rodillas.   De pronto me vi tambalear y con el pantalón mojado más allá de lo que había calculado.  El océano acarrea las rocas de la costa y la ola te apedrea cargada de municiones.  El espectáculo auditivo y visual es sencillamente único.


Lo más gracioso que me pasó en estos días en Miraflores sucedió en el hostel donde me hospedo, en una habitación con 4 camitas marineras.  Lo único que no me gusta de estas apuestas es ingresar al hostel justo cuando las camas bajas están ya ocupadas porque no me gusta dormir arriba, me muevo mucho cuando duermo y arriba me siento limitada, pero por suerte esta vez pude tomar una de las camas bajas, la otra estaba ocupada por una holandesa y las dos de arriba estaban libres.  La segunda noche volví al hostel tarde, la holandesa estaba durmiendo así que no encendí la luz de la habitación.  Vi dos mochilas nuevas sobre las camas altas pero sus dueños no estaban así que comencé a desvestirme con la tenue luz que se filtraba por los ventanales altos desde el pasillo.  La holandesa se despertó tal vez por el ruido, y en medio de la penumbra vi que me miró pero yo continué quitándome la ropa hasta quedar sólo en calzones para ponerme luego mi ropa de dormir.  A la mañana siguiente, con los rayos del sol filtrándose por la ventana, descubrí que la holandesa había partido la tarde anterior y quien me había visto ponerme en pelotas en penumbras había sido un alemán!!! Obviamente esa mañana nos reíamos juntos de la situación cuando le expliqué que en medio de la oscuridad lo confundí con la holandesa.  Así fue que terminé hospedada en una habitación junto a tres alemanes que en compensación a mi streep tees se paseaban delante de mis ojos en unos graciosísimos calzoncillos rayados como si fuera lo más normal del mundo, y lo era porque así son las habitaciones compartidas mixtas en los hostels.  Convivir con tres varones no fue nada complicado excepto porque tenían toda sus cosas esparcidas por el piso de la habitación.  Pero mis compañeros de cuarto fueron cambiando y conocí a un español que vino a Perú sólo por 14 días pero que la semana pasada había estado en La India, a un mexicano que sale durante las noches y duerme de día y a una alemana que hace un año que viene recorriendo Asia y América y con todos ellos retornó el orden a la habitación.


Mirando hacia atrás, no todo lo que esperaba salió como yo quería pero lo más importante, lo que se imprimió a fuego en mis sentimientos, sucedió como debía y voy a recordarlo para el resto de mi vida.  Hoy es mi último día en esta ciudad y en este país.  Debo retornar a la República Argentina, pero ya no soy la misma que partió hace tres semanas atrás, hoy vuelvo con un plan y con un objetivo claros.  Necesito volver para volver a partir, pero con la certeza de hacerlo esta vez en forma definitiva.


Hoy estoy cerca del Faro, cerca del Océano, cerca del Sol y cerca de un Compañero a quien quiero muchísimo.  Por el momento, mis horas en Lima están llegando a su fin, pero de la mejor manera, de una manera que se me antoja libre y feliz, y con la esperanza en lo más profundo de mi corazón de volver a Lima y volver a Él.-

***
DATOS
§  Fortaleza Real Felipe: la entrada cuesta 6 soles
§  Museo de Arte Italiano: la entrada con descuento para estudiante cuesta 2 soles

jueves, 7 de abril de 2011

PERU - CAP 5/15: Retratando a Lima – Parte III

Lima, Perú — jueves, 7 de abril de 2011

Hoy fui al museo que queda más alejado de la zona turística: el Museo del Oro.  Está emplazado en medio de una “eucaliptera”.  La paz del lugar es inmensa, tanto que sólo se escuchaba el sonido de las hojas sacudiéndose al viento.  Al igual que me sucedió en los anteriores museos, como llego apenas abren, los disfruto en solitario.

En realidad en el mismo predio coexisten dos museos: el Museo del Oro y el Museo de Armas.  Entré primero a este último e ingresé sola a una sala que fue la que más me impresionó de todas las que visité por su contenido: es una exposición de cientos de miles de cascos, cañones, monturas, espuelas, armaduras, medallas, dagas, puñales, espadas, rifles, escopetas, pistolas.  Sala tras sala, de piso a techo, todo abarrotado de armamento perteneciente a la época colonial, procedente de Europa y del Mundo Árabe.  Cada mango de puñal, cada culata de pistola, cada espuela, todas ellas decoradas, labradas, con piedras incrustadas, miles y miles de formas diferentes, de puntas diferentes, de tamaños diferentes, y detrás de cada una de ellas seguramente una historia, del artefacto, de su poseedor y de quienes murieron bajo su poder.  ¿A cuántas personas habrá matado cada daga?  ¿Quién la limpiaba, lustraba, cuidaba y guardaba celosamente?  ¿Cuántos cuerpos habrán penetrado cada una de esas puntas?  Pero lo que más me impresionó, lo que me hizo sentir incluso miedo, fue la sala donde habían maniquíes masculinos vistiendo trajes militares de época: granaderos, soldados, generales, sargentos.  Todos ellos vestidos de la cabeza a los pies con botas, pantalones, casacas, sombreros militares, capas, guantes, condecoraciones.   Tuve la sensación de que ellos en cualquier momento iban a salir caminando de sus vitrinas.  Yo estaba completamente sola y me resultó más tenebroso que los castillos de fantasmas del parque de diversiones cuando era chica (el Italpark).  La ropa tenía uso, tenía roturas, tenía manchas, tenía zurcidos y eso no la hacía real, ERA real.  También era real que era el Museo del Oro y yo estaba en una sala rodeada de hierro, bronce y plomo. 

El sector de las piezas de oro propiamente dichas, tanto pre como pos coloniales, me sorprendió por su ubicación: es un complejo de salas de museo instalado en algo similar a una bóveda bancaria, con puerta de caja fuerte, personal de seguridad custodiando entradas y salidas y con acceso subterráneo  Pero a esta altura, las piezas de oro no me sorprendieron porque era tal como yo esperaba que fueran, en cambio, no esperaba encontrar un museo de armas.  Es más, si uno hace un balance entre la cantidad de armamento y la cantidad de piezas de oro, gana por lejos el primero… es obvio entonces que ese fue todo el arsenal que utilizaron para robarse el oro del Perú y fundirlo en Europa.
Dado que la zona en que se encuentra este museo está alejada de los centros turísticos, pedí a un taxista que me llevara a otro museo que está en la zona turística más cercana, si bien no pensaba entrar, sólo lo hice para asegurarme un trayecto entre puntos conocidos, una entrega puerta a puerta.  Así fue que llegué a la puerta del Museo Pedro de Osma en el barrio de Barranco, pero mi curiosidad fue más fuerte… quería saber qué era lo que se escondía dentro de esa casona colonial de paredes blancas como la cal, así que averigüé el costo de la entrada (porque no lo tenía en mis planes) y como me resultaba accesibles, ingresé.  La tarjeta de estudiante universitario internacional ISIC, me permitió obtener descuentos de hasta el 50% en museos y alojamiento, es para tener en cuenta porque su costo de U$S16 se paga solo.  El único museo que no tiene descuentos para estudiantes es el Museo del Oro, pero bien vale la inversión en pos de cuidar tan valioso patrimonio.




La casona escondía dos casonas con arañas, vitrales y oleos.  No investigué mucho más, sólo disfruté de la estadía allí, en sus salones sumamente iluminados, en su jardín y en sus fachadas relucientes que reflejaban hasta enceguecer los rayos del sol.






Cuando salí de ahí me fui a conocer los puntos principales de Barranco: la plaza, la biblioteca, el Puente de los Suspiros y un mirador donde dos muchachos vinieron a tocarme una serenata cantada con guitarra y pandereta.  Barranco es el barrio más bonito de los conocí hasta ahora porque está lleno de casonas coloniales de todos colores, una al lado de la otra.  Es un lugar entre romántico y bohemio y es en el Puente de los Suspiros donde se juran amor eterno los enamorados, el mismo puente donde yo me dejé olvidada la guía con planos que había tomado prestada del hostel.  Para cuando me di cuenta, ya era imposible volver atrás.



La primera vez que recorrí la costa de Lima lo hice de norte a sur, de Magdalena del Mar hasta Larcomar, el shopping que se encuentra en la costa de Miraflores.  Esta vez decidí hacerlo en sentido inverso, de sur a norte, de Barranco hasta Larcomar.  Por suerte, de haber mirado tantas veces el mapa de Lima, pude seguir el camino sin la guía sin problemas.



Si bien el Malecón es paralelo a la costa, en un punto en Barranco se producen un desvío en forma de herradura por falta de puente, hasta un puente que está unos 500 metros alejado de la costa, con lo cual el desvío es poco práctico y agotador.  En realidad así son varias cosas en Lima, por ejemplo, no hay cruce peatonal en todas las esquinas sino que pueden transcurrir hasta cinco cuadras sin cruce peatonal… en fin…


 

Paréntesis: Estoy escribiendo este diario desde el aeropuerto esperando embarcar hacia Cuzco y cuando siento los anuncios de vuelos con partidas hacia Baires, temo que llegue el momento que anuncien mi partida.






 
Retomando: una vez en Larcomar, decidí tomar la Av. Larco que nace perpendicular al shopping.  A lo lejos, en el fondo de la misma, divisé una torre con un reloj y fui hacia él.  En la caminata descubrí otra casa de Lima; el centro comercial moderno lleno de negocios y de gente.  La torre pertenece a la Municipalidad de Miraflores donde gentilmente me dejaron entrar y tomar fotografías (ya me estoy volviendo una experta en esto de pedir conocer el interior de los edificios antiguos).  En el primer piso hay una sala circular con pinturas revistiendo sus paredes, una araña y un enorme florero.

Al lado de este edificio se encuentra la iglesia, creo que es la más bonita de todas las que vi.  No sé qué estilo es pero es color gris (acá todos los edificios coloniales y las iglesias tienen colores llamativos: rojo, naranja, amarillo, celeste).  Esta sin embargo tiene unas cúpulas hermosamente labradas pero el no tener pintura le da un aire de austeridad y la distingue del resto.  Hasta ahí llegó mi día.





REFLEXIONES
 

Payaya
Sigo reflexionando sobre las frutas con semillas.  Si bien los puestos callejeros están abarrotados de frutas y verduras multicolores ¿de qué sirve una fruta si es pura semilla?  Las semillas no pueden calmar el hambre, no creo que puedan nutrir, no creo que den energía.  ¿De qué sirve cosechar un papín amargo que solo puede consumirse si es como parte integrante de una preparación mayor?  A lo que voy es que tal vez el esfuerzo, la inversión, la variedad, no rindan paradójicamente sus frutos con frutos como esos.  Por algo las frutas básicas como la banana y la manzana son básicas.  Ahora me toca probar la lúcuma, es como una palta pero color naranja y sin semillas, solo un carozo como la palta.  Hasta ahora la probé en yogurt y en helado y parece rica… sabor a… sabor a… ¿kiwi?
Es época de elecciones presidenciales y he escuchado decir a uno de los candidatos que el peso estadístico de los distritos con dinero hace que queden solapados los distritos sin dinero, por lo tanto, esto no les permite pedir ayuda internacional para palear la pobreza.  Su propuesta para solucionar esto era armar un distrito independiente del resto de Lima con todos los sectores de bajos recursos y lo que el tipo debatía era cómo elegir el nombre de este distrito, decía proponer tres nombres e ir a votación por el nombre que más le gustara a la gente!!!  No es creo yo por ese lado donde se puede comenzar a buscar una solución, no se puede hacer un debate sobre la forma de elección del nombre ni convocar a la población a elegir un nombre.  Cosas como esta parecen moneda corriente en Lima.
Hace unos días hablaba con un taxista Aymara que me comentaba que si bien la educación en Perú es gratuita, para ingresar a la universidad y para rendir exámenes hay que pagar matrícula (entre $5000 y $1000) y derecho de examen, con lo cual, la gente de bajos recursos queda excluida del acceso a la educación.
Una italiana que se hospedaba en mi mismo hostel llegó de noche en taxi y el mismo taxista le robó el celular.  Como fue durante la noche nosotros nos enteramos al amanecer y cuando la chica quiso hacer la denuncia le dijeron que era en vano porque en Lima hay una ley que, por falta de cárceles, dice que los robos menores a $3000 no son robos y por lo tanto no son condenables.
Otra cosa curiosa que me sucedió en Lima fue ir a una despensa a comprar pan y queso y que me dijeran que primero tenía que pagar la cuenta.   Con esa modalidad se autolimitan las ventas porque justamente una de las mejores formas de vender es tentar al cliente, que el cliente vea y quiera, pero de esta manera, por mucho que uno vea y quiera, ya pagó y puede llevar sólo lo que está en la cuenta.  Incluso, el señor que cobraba, estaba escondido en una garita de cajero, desde donde me indicaba “tengo queso tal, queso tal y queso tal”… pero el queso no estaba ahí, delante de mis ojos sino en el mostrador de ventas.
Otra cosa que también me sucedió fue que mi habitación la limpiara y acomodara un muchacho.  Al principio me chocó que un muchacho se metiera a hacer la cama de una mujer soltera, incluso me intimidó tanto que no colgué mi ropa interior.  Sin embargo, con el correr de los días, me importó poco y nada y comencé a dejar mi ropa lavada a secar en una silla cerca de la ventana.  Pero este muchacho no sólo me cerraba la ventana, sino que un día dejó apoyada una frazada sobre las sillas… y sobre mi ropa húmeda.
Entonces, habiendo visto y vivido todo esto, comenzar por una educación libre y gratuita a la que tenga acceso toda la población y eliminar la ley de protección de ladrones sería mejor que debatir una votación sobre un nombre de un distrito.  Lamentablemente un población mal nutrida y sin acceso a una educación profesional, es presa fácil de cualquier maniobra política.
Me pasa a mí misma, que sólo puedo tomar fotografías en zonas donde hay vigilancia policial, las zonas 100% turísticas, cuando me aparto un poco de ellas, ya no puedo tener la cámara en mano, por lo tanto, mi visión de Lima es totalmente parcial y se reduce a las zonas con mayor lujo, seguridad y cuidado, las calles comunes, las casas comunes, no puedo retratarlas.
Magdalena del Mar durante la noche es la mismísima boca del lobo.  No hay negocios, no hay peatonal, no hay costa.  Por eso mi movimiento en ese distrito fue completamente diurno: de 7 a 19 hs, sólo me sirva para dormir, al amanecer llenaba mi mochila de provisiones y me iba fuera de Magdalena todo el día hasta que la caída del sol me marcaba la hora de volver.
Pero en mi regreso a Lima tengo pensado instalarme en Miraflores, a pocas cuadras del Faro de la Marina… y esa será una nueva historia.-
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DATOS
§  Museo del Oro y Museo de Armas  http://www.museoroperu.com.pe/
§  Museo Pedro de Osma http://www.museopedrodeosma.org/
§  Tarjeta de descuentos para estudiantes y profesores.  Podes consultar los descuentos por país y por ciudad http://www.isic.org/