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sábado, 9 de septiembre de 2000

ARGENTINA: La Gran Nevada

San Carlos de Bariloche, Argentina - sábado 9 de septiembre de 2000


Tenía que preparar un examen de alemán, así que decidí irme a pasar unos días al hostel de Bariloche que había conocido en mi viaje anterior: una cabaña en medio de un pinar frente a Playa Bonita, a medio camino entre el centro y Llao Llao.
 

El paisaje desde la ventanilla
Tenía planeado un ingreso a Bariloche en micro desde el norte de la ciudad, arribando desde la provincia de Neuquén por la ruta Nº 237.  Todo iba tranquilo en el viaje salvo por el clima, que en el último tramo del camino, venía desmejorando.  El camino sobre la cordillera era cada vez más alto y el paisaje se volvía cada vez más inhóspito, hasta que el frío se convirtió directamente en nieve.  El paisaje por la ventana del micro era una enorme planicie blanca donde no se distinguían las formas.  El micro continuó igualmente su camino con mucha cautela hasta que finalmente no se pudo avanzar más.  Estábamos varados en medio de la montaña, a unos pocos kilómetros de Piedra del Águila, nosotros y una caravana enorme de vehículos, camiones, ómnibus y autos, que serpenteaban coloridos sobre el camino cubierto por la nieve blanca.


Si bien en el micro estábamos protegidos de lo que ocurría en el exterior y calentitos gracias a la potente calefacción, mi mayor preocupación era la falta de señal de celular para poder avisar a mi familia que estaba bien.  Así pasé el resto de la tarde, en un micro que se había convertido en mi carpa virtual.  Cuando finalmente cayó la noche decidí bajar del micro a observar la ruta.  En medio de un frío profundo, el paisaje totalmente oscuro la montaña, cual arbolito de navidad, estaba iluminada por una guirnalda de decenas de luces blancas, amarillas y rojas pertenecientes a los vehículos varados uno detrás del otro en la ruta.  Como en un escenario de teatro, el cono de luz blanca del micro hacía visibles las pequeñas partículas de nieve que garabatean piruetas entregadas al viento.



Más tarde me enteraría que estaba en medio de una nevada sin precedentes y que por ese mismo motivo se encontraba inoperable el aeropuerto de San Carlos de Bariloche así como también estaban cortadas en forma preventiva siete de las rutas de la zona debido a las temperaturas bajo cero, al viento blanco de 160km/hora y a la cubierta de hielo que cubría los caminos.  Cientos de turistas habíamos quedado varados en los caminos y en los aeropuertos.  No era época de nieve y sin embargo se habían acumulado más de dos metros de estos simpáticos copitos en el Cerro Catedral.  Gendarmería y Vialidad Nacional trabajaban incesantemente para poder ayudar a controlar la situación.


Al amanecer, el paisaje gélido se había vuelto más dinámico, cadenas en las ruedas, topadoras y máquinas viales trabajaban para despejar la ruta de su manto blanco permitiendo reactivar el tránsito en horarios restringidos a plena luz del día.


 
Llegamos finalmente a la ciudad de San Carlos de Bariloche después de dos días de viaje y de haber pasado dos noches durmiendo en el micro, una transitando el primer trayecto y otra varada por la tormenta de nieve.  Con una sensación térmica de -10º C (diez grados bajo cero), cuando descendí del micro, toda su luneta frontal estaba cubierta por una guirnalda de estalactitas: el agua chorreada había quedado completamente congelada, inmóvil y paralizada a medio camino en su huida, como evidencia palpable de nuestra permanencia en las alturas blancas.   (Estuve a punto de tomarle una foto pero me sentí “cholula” y me fui sin ella... hoy estoy totalmente arrepentida porque son recuerdos únicos e irrepetibles).


 
La nieve había invadido incluso el centro de la ciudad donde calles y veredas eran una mezcla de nieve, agua y barro indistinguible y donde los techos eran el trampolín perfecto para aquellas gotas de agua que lentamente se desprendían de las estalactitas de hielo.  Era imposible caminar con un calzado normal sin resbalarse.  Yo llevaba puestas zapatillas así que lo primero que hice fue acercarme a una zapatería a buscar un calzado más acorde con la situación: así fue como compré mi primer par de botas de trekking.  Obviamente que la elección era netamente utilitaria, no había mucha disponibilidad de modelos, incluso todos ellos eran masculinos y no había tampoco disponibilidad de números así que terminé comprando el calzado masculino de apariencia más linda y talle más pequeño… así y todo, era dos números más grandes que mi horma habitual.
 
No estoy saliendo a esquiar, estoy saliendo a comprar pan y leche.


Si bien la nieve, para quien sólo la visita una vez cada tanto, es una llamativa y singular atracción que se disfruta con suma alegría, tener que lidiar diariamente con ella le hace perder todo su encanto.  Vivir en una zona con nieve constante implica que uno deba ponerse el “traje de nieve” incluso cuando quiere salir a comprar el pan: pantalón impermeable, botas, gorro, campera…  Vivir en zona con nieve constante implica mojarse hasta las rodillas al caminar sobre la nieve, resbalar al caminar sobre el hielo o empantanarse en el barro producto de su deshielo.  Sobre cualquiera de las tres superficies sobre la que uno elija caminar, termina inevitablemente sucio y mojado. 








Villa Catedral
La contracara del temporal fue la gran acumulación de nieve en los principales centros de sky que permitió la extensión de la temporada invernal, así que era obligada una visita a Villa Catedral, en la base del Cerro homónimo.


 
Los días en el hostel transcurrían con mucha calma puesto que con tanta nieve cayendo constantemente era imposible salir a hacer nada, así que primaban las actividades hogareñas y las charlas.  Recuerdo una tarde que queríamos cocinar algo rico y calentito para acompañar el mate y yo les propuse hacerles unas galletitas cuya receta muy simple lleva entre sus ingredientes agua helada y en vez de eso, les dije que llevaba “nieve”.  Al principio pensaban que era una broma pero después me creyeron y salieron todos a buscar nieve blanca, limpia y fresca como ingrediente para cocinar.  Obviamente que cuando la mezclé la nieve con el resto de los ingredientes pasó rápidamente a estado líquido y se integró al resto de la masa como “agua helada” tal como decía la receta, sin embargo, en la imaginación de todos, eran galletitas de nieve las que salían del horno para acompañar el mate.

En el hostel conocí a un francés sumamente meticuloso con los horarios y con los idiomas, a quién seguiría viendo en viajes posteriores.  Fuimos amigos durante mucho tiempo.  Él era de Lyon, una ciudad en las afueras de París, sin embargo, odiaba París y amaba Buenos Aires.  Decía que lo que más le gustaba de esta ciudad era asomarse en pleno centro por la ventana y ver un sinfín de edificios de concreto rectangulares… gustos son gustos!!!  Pero terrible era cuando quería practicar castellano y entonces preguntaba si para decir tal o cual cosa necesitaba usar el pluscuamperfecto… todavía lo recuerdo caminando conmigo por Recoleta mientras él iba conjugando verbos para que yo lo corrigiera!!!


Como cierre de este viaje quería tomarme una revancha y volver a Esquel para intentar hacer nuevamente el trayecto turístico de La Trochita que no había podido fotografiar en mi viaje anterior.  Así fue que me fui un par de días hacia esa ciudad pero cuando llegué a la boletería me encontré con la noticia de que en esa época el trayecto turístico se hacía sólo en determinados días y no me fue posible abordarlo.  Sin mucho más para hacer, ya que no era temporada alta turística, me sumé en una camioneta a un recorrido fugaz que armó la dueña del hostel por algunos de los paisajes principales de la zona pero que estaban completamente desiertos de toda visita humana.  Queda todavía entre mis planes pendientes el poder hacer el recorrido completo en ese legendario tren.-


Satelital Cerro Catedral


lunes, 20 de octubre de 1997

ARGENTINA - ENTRE LA MONTAÑA Y EL MAR - CAP 5/5: lagos y bosques


San Carlos de Bariloche, Argentina – lunes 20 de octubre de 1997


Había estado en Bariloche hacía varios años atrás con motivo del tradicional viaje de egresados al culminar los estudios secundarios.  Sin embargo, en aquella oportunidad, uno vive en una fiesta diaria y poco le importa conocer los recorridos que la agencia de viaje le propone.  Uno va la mayor parte del tiempo durmiendo, cantando o charlando y parece que todo paisaje es igual e insignificante.  Sin embargo, volver a pisar Bariloche era para mí una oportunidad de volver a redescubrirlo, entonces uno se pregunta “¿estuve acá?  ¿y cómo es que esto no lo ví?”.  Incluso ahora los paisajes empiezan a recuperar sus nombres.

Lago Perito Moreno
Nuestro hostel está ubicado en las afueras de la ciudad, a medio camino entre el centro y el Llao Llao.  Cae una llovizna gélida pero no copiosa, sin embargo decidimos tomar un colectivo de línea y acercarnos a la zona de este famoso hotel que se alza a dos aguas sobre las costas de los lagos Nahuel Huapi y Perito Moreno.  Es la primera vez que ingreso a un hotel de esta categoría.  Nos permitieron ingresar para recorrer y conocer la planta baja.  Una vez pasado el hall de entrada, un enorme salón como de dos pisos de alto, emerge desde el nivel inferior con alfombras, sillones y lámparas, donde algunas personas leen y descansan pero sin embargo, no se las escucha.  El salón está flanqueado por dos enormes hogares con chimeneas revestidas en piedra, que van del piso inferior al techo del piso superior.  Todo es piedra, luz tenue y madera.  El aire es cálido y acogedor.  La arquitectura es gigantesca y dá una impresión de solidez y magnificencia.  Recuerdo haber caminado por el pasillo lateral izquierdo, donde tenían lugar una serie lujos negocios.

Capilla San Eduardo
Por la noche hace mucho pero mucho frío.  La estufa está encendida pero la pequeña llamita está a punto de extinguirse y tirita de frío.  Tengo varias frazadas pero no logro entrar en calor.  El techo de la habitación tiene una claraboya cuadrada de vidrio y uno puede dormirse observando la Vía Láctea.  Al amanecer, con -7ºC (siete grados bajo cero) descubrimos que durante la noche había nevado en las montañas que se encuentran justo detrás del Llao Llao.  Nos acercamos a ver la zona y el paisaje es completamente diferente al del día anterior.

Hotel Llao Llao

San Carlos de Bariloche, Argentina – miércoles 22 de octubre de 1997

Por segunda vez en este viaje me dejo llevar hacia lo desconocido, pero esta vez, de la mano de dos suecos que me inician en la práctica del trekking.  No tenía realmente la menor idea ni de lo que era hacer trekking ni de dónde estaba, sólo sé que me dejé llevar por la experiencia del momento.  


Puerto Pañuelo
El destino es nuevamente Llao Llao, frente a Puerto Pañuelo.  Desde ahí se inicia un circuito cerrado de trekking básico entre bosques y lagos, llamado Circuito Chico.  Entre los puntos más destacados se encuentran el Lago Escondido y Bahía López. 





Lago Escondido
  


















Bahía López
Uno de mis compañeros de travesía tiene la extraña costumbre de agacharse a recoger cuanto papel y botella encuentra por el camino y colocarlos en una bolsa.  En ese momento me resultó altamente sorprendente su insistencia en limpiar el circuito y fue tanto lo que se plasmó en mi memoria, que en mis viajes posteriores, esa costumbre también la adopté yo.

Circuito Chico


San Carlos de Bariloche, Argentina – viernes 24 de octubre de 1997

En el hostel la vida transcurre como en la propia casa.  Algunos leen, otros escriben, escuchan música, miran películas, duermen, salen a caminar, cocinan, tocan guitarra, practican idiomas.  Todos hablamos con todos en todos los idiomas y nos ayudamos entre todos para entendernos.

Y he aquí la tercera costumbre que he observado (y luego adoptado) en los mochileros extranjeros muy atentamente: todos los días, cuando cae la tarde, en esos minutos antes de cenar, toman un cuaderno en el que escriben profusa y celosamente.  Me intriga la regularidad y la disciplina con que lo hacen.  En un principio trataría de obligarme a mi misma a imitarlos pero con los años le tomaría el gusto a esta maravillosa tarea de redactar un Diario de Viajes.

Con Francesco, el suizo-italiano, nos hicimos amigos.  Una noche me preparó un flan.  Por la mañana, el desayuno, luego la cena, vemos películas juntos, es un dulce total.  Posteriormente a este viaje, en el mes de diciembre, he recibido en Buenos Aires una postal suya desde Zürich con unas líneas muy tiernas.  Le respondí pero después de ese intercambio de cartas, nunca más volví a saber de él.-

domingo, 19 de octubre de 1997

ARGENTINA - ENTRE LA MONTAÑA Y EL MAR - CAP 4/5: Bariló

Esquel, Argentina – domingo 19 de octubre de 1997

En la estación de micros decido entrar en una “confitería” (parecía un pool) a desayunar.  Avanzo sigilosamente pues sólo hay hombres, para pasar desapercibida. 

Pido un desayuno y me siento a la mesa sobre un costado.  En frente hay dos jóvenes a los que observo de reojo.  Parecen españoles.  Uno de ellos se retira.  Termino mi café con leche y abono.  Me veo en el problema de no poder colocarme la mochila.  Me acerco al que queda: un rubio con rastas.  En seguida se levanta y sube mi mochila hasta mis hombros.  Iniciamos una conversación que decidimos continuar en el micro ya que llevamos el mismo rumbo.  Me acerco al bus y entablo conversación con el morocho.  Viajamos juntos.  Me aconsejan albergarme con ellos en un albergue para la juventud.  Viajo realmente nerviosa, tengo miedo de enfrentarme a algo que realmente deseo.  Lo pienso una y mil veces durante todo el camino: voy una noche, si no me gusta, me voy a un hotel.

Así fue como por primera vez conocí el espacio social de los hostels: la ventaja del espacio compartido aún cuando uno viaje en solitario, la posibilidad de interactuar constantemente con personas de lugares distantes del planeta, la posibilidad de poder conocer otros idiomas, otras costumbres y poder compartir los propios, la opción de vivir en una casa ajena como si fuera tu propia casa pero rodeado de personas nuevas, los focos de reunión en la cocina durante las horas pico donde todos cocinan cosas distintas a la vez y donde humos, aromas y sabores de distintas partes del mundo se unifican formando una atmósfera especial, la mesada llena de verduras picadas, las ollas y sartenes esperando su turno para sumarse al fuego, la posibilidad de compartir experiencias y armar caminos juntos.

 
San Carlos de Bariloche, Argentina

El ingreso a la ciudad de San Carlos de Bariloche se realiza desde el sur y el paisaje es bellísimo e imperdible.  La ruta se interna entre montañas cubiertas de coníferas y bordea un continuum de lagos de aguas calmas, un espacio completamente virgen donde lo único artificial es la serpenteante ruta que lo atraviesa.


Con mi amigo el español
Por la tarde, los españoles me invitaron a ver el atardecer sobre Playa Bonita, en la orilla del Lago Nahuel Huapi, ladera abajo sobre la misma pendiente en donde se encuentra nuestro hostel.  Estando ya ubicados sobre uno de los laterales del lago, frente al sol, sentados sobre unas rocas, en un estado de completo relax, los españoles comenzaron a fumar un porro.  Recuerdo que me asusté y regresé corriendo al hostel, subiendo la empinada ladera entre coníferas como si fuera una película de terror nocturna.  Recuerdo esto con mucho cariño porque en mi inocencia corrí entre los árboles barranca arriba desesperada… era de día y el sol todavía resplandecía sobre el horizonte iluminando todo el paisaje, una tarde preciosa, cálida y tranquila, pero yo me sentía correr en la oscuridad de un bosque tenebroso.

Con mi amigo el suizo-italiano
El hostel es una cabaña de madera en un pinar frente al lago Nahuel Huapi.  Cerca de las 21hs estamos todos reunidos en el living charlando.  Suena el timbre.  Tengo un deseo interno y una ilusión de que pudieran ser los suizos e imagino esa situación en mi mente, pero no me fijo.  De pronto escucho su voz en la cocina.  Me levanto corriendo.  Me mira contento y me da dos besos.  “¡Tú!  ¡Oh!”

¡Bariloche está de Puta Madre, coño!




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miércoles, 1 de enero de 1997

ARGENTINA - CAP 1/1: Las Grutas

Hacía rato ya que me debía un tiempo para escribir este capítulo de mi Diario de Viajes.  Paradójicamente, debería haber comenzado por este capítulo, por haber sido mi primer viaje sin mi familia, y sin embargo, lo dejé para último momento.


Fue mi primer viaje sin mi familia y con amigas, sin embargo, no conservo ningún recuerdo escrito de esos días.  No existió realmente un Diario de Viajes de ese viaje, así que lo que voy a contarles es más que nada lo que quedó escrito en mi memoria y en mi corazón.





Puerto Madryn había estado siempre en las conversaciones familiares porque allí vivían unos parientes lejanos de esos con los cuales se mantenían lazos afectivos a través de cartas manuscritas donde cada turno del diálogo estaba separado por meses de distancia.  Sin embargo, las preferencias familiares era viajar siempre con rumbo norte, con lo cual, yo nunca había conocido aquella ciudad.


También a medida que uno crece, uno aprende a conocerse a uno mismo, y yo entendí que sufría de baja presión y que los lugares húmedos y calurosos, no eran compatibles con mi salud: cada vez que visitaba el norte, me descomponía.

Así fue que cuando tomé las riendas de viajar por mi propia cuenta, cuando decidí que era el momento de ser una viajera independiente, busqué partir con rumbo sur.  Más tarde descubriría que mi cuerpo se siente a gusto y en empatía con la zona de glaciares. 


No sé de qué manera Las Grutas entraron en mi mente.  Eso sí que no lo recuerdo.  Esa fue una idea que vino de afuera, tal vez de alguna propaganda, de alguna exposición, pero no del seno de mi familia.  Es extraño, pero no recuerdo la forma en que llegué a ellas, a saber de su existencia.

Lo cierto es que tenía un plan de viaje muy claro con rumbo sur: quería hacer carpa unos días en Las Grutas, quería ir a navegar con las ballenas en Península Valdés y quería llegar a conocer la ciudad de Puerto Madryn.  Tres paradas, tres puntos, tres destinos.
 
Sin embargo, no tenía idea de cómo hacerlo, porque por empezar, nunca había hecho carpa en toda mi vida.  No tenía carpa.  No tenía mochila.  No tenía equipo de mochilera ni sabía de qué contaba ese equipo. 


Pero creo que tenía una gran intuición dada por todos los viajes que anteriormente había hecho y tenía la experiencia que ellos me habían dejado.  Si bien no había hecho carpa, había vivido y sobrevivido con éxito en caminos de montaña.

Siempre me gustó leer y aprendí muchas cosas en mi vida a través de la lectura.  Y esta no era la excepción.  Recuerdo haber ido a una librería a buscar un manual de campamento.  Había varios, no tenía idea cuál era el mejor de todos ellos, pero me dejé guiar por el que a mi criterio era el mejor de todos: me quedé con el que más explicaciones gráficas tenía, en su versión pocket.


El autor no era alguien conocido, por lo menos no por mi que no conocía absolutamente nada del mundo de los campamentos, incluyendo a sus autores, sin embargo, era un hombre que había impartido un curso en la escuela militar británica de entrenamiento para combate en la jungla.  A simple vista parecía saber bastante del tema y en su libro graficaba cosas tan básicas como: cómo armar una mochila, cómo y dónde montar una carpa, qué alimentos transportar, cómo sobrevivir a las picaduras venenosas etc.

Pero yo estaba decidida a irme de viaje.  Mi mayor sueño era navegar entre las ballenas.  Así que no esperé a leer el libro y simplemente, sin saber absolutamente nada del tema, fui a un supermercado y compré una carpa y un juego de marmitas.  Y al otro fin de semana, fui a una casa de camping y me compré una bolsa de dormir y una mochila.  Muchas veces me escriben chic@s de todo Latinoamérica preguntándome cuáles son la carpa, la mochila y la bolsa de dormir ideales y hoy puedo darles una respuesta con argumento de algo que en su momento yo ignoraba por completo.  La carpa la compré porque era grande (tenía planeado viajar con dos amigas que no tenían carpa, con lo cual iba a albergarlas en la mía), la bolsa de dormir porque era para zona fría y la mochila porque me gustó el color!!!  Hoy me río de confesarlo, pero fue así, fue tal cual, no tenía idea de nada, sólo sabía que quería irme de viaje y que necesitaba de esas tres cosas para cumplirlo.  Por suerte, con el tiempo descubriría que las tres elecciones fueron buenas porque todo ese equipo me acompaña en mis viajes hasta el día de hoy, a más de diez años de aquel primer viaje.




El viaje lo realizamos por tierra, en micro, desde Buenos Aires hasta San Antonio Oeste y de ahí, con otro micro, hasta Las Grutas.  En Las Grutas hicimos carpa en uno de los varios campings disponibles.  Recuerdo particularmente que el suelo era demasiado duro como para clavar las estacas al punto de tener que usar martillo para incrustarlas.  Un simpático recuerdo que tengo de mi estadía en Las Grutas era el churrero, un señor que repartía churros calientes rellenos con dulce de leche y que todas las mañanas, pasaba por la calle que quedaba detrás de nuestra carpa bien temprano.  Nos despertábamos con su llegada y él sabía que lo esperábamos para deleitarnos con ese desayuno.



Las Grutas debe su nombre a una serie de grutas naturales que se forman debido a la acción marina al pie del acantilado sobre el que se encuentra posado la ciudad.  También cuenta con unas piletas artificialmente excavadas en la roca que cuando el mar se retira, deja repletas de agua salada y fauna marina.  Caminando por la costa en sentido sur, se llega a una zona de Piedras Coloradas donde las tormentas de arena son frecuentes y se hacen sentir como agujas pinchando las piernas.

Piedras Coloradas


En Las Grutas mismo, averiguando para hacer una excursión, dimos con un biólogo marino que se dedicaba a hacer Turismo Ecológico, un hombre con muchos conocimientos en la fauna y flora de la zona, a quien contratamos para que nos llevara en su auto a recorrer el paraíso y sus playas.



 
En el camino conocimos el pueblo abandonado de Sierra Grande, una pequeña ciudad de edificios bajos, rodeados de simpáticas casitas, que se instaló en torno a la actividad minera de una mina de hierro que no prosperó por no ser materia prima pura y de primera calidad.  Si bien no llegamos a ingresar a los departamentos, nos contaron que al momento de la entrega estaban lujosamente equipados y que las personas que los habían habitado eran pobladores locales que habían hecho uso de las bañeras para continuar con la cría de sus animales.  Tanto los edificios como las casas responden a un mismo plan de edificación por lo que son todos idénticos formando un paisaje urbano de patrones repetidos.  Sin embargo, parece increíble que habiendo tanta necesidad de un techo para tantas familias, todo este barrio con tanta inversión monetaria se haya convertido en un barrio fantasma... sólo había un negocio con vida, atendido por su dueño, a la vera del camino.  

Los túneles abandonados de la época de auge de la mina también se convirtieron en una alternativa de Turismo Minero  de la que nosotras, por distintas razones, preferimos prescindir.


Península Valdés
Y así fue también como por primera vez en mi vida pisé Península Valdés.  El biólogo nos contó la historia del único árbol que está plantado sobre la entrada de la península y nos llevó hasta Puerto Pirámides.  Fueron sólo un par de horas que estuve en ese lugar, o tal vez sólo un par de minutos, sin embargo sentí que debía volver, sola y con más tiempo.

Puerto Pirámides
 
Dentro de ese mismo viaje, el biólogo nos llevó hasta lo que sería mi primera visita de una larga lista de visitas posteriores a Puerto Madryn.  Un rápido recorrido por la playa me sirvió para confirmar que aquella Patagonia agreste era definitivamente mi lugar en el mundo.  


Puerto Madryn



Todos los viajes son parte de un aprendizaje y en ese viaje aprendí que si bien dos amigas se habían sumado con mucho entusiasmo a mi plan de viaje, una de ellas no estaba dispuesta a seguirme ya que priorizaba economizar los costos manteniéndose en un lugar en vez de salir a conocer el mundo.  Así fue que en ese viaje no pude concretar mi sueño de navegar con las ballenas y me quedé los 14 días con la estaca clavada en Las Grutas.  Pero aprendí una gran lección: que para ir detrás de mis sueños tenía que lanzarme sola a la aventura sin esperar a nadie y que debía iniciar mis viajes sin contar con llevar gente "en mi mochila" sino que debía aprender a utilizar las relaciones interpersonales para sumarme a aquellas personas que como yo, ya estaban en camino, las muy buenas intenciones de los amigos podían convertirse realmente, de un momento a otro, en un peso más a acarrear sobre las espaldas.  Pero utilizando esta nueva estrategia, en octubre de ese mismo año, lograría cumplir con mi sueño: las ballenas finalmente me recibirían en su mundo.-









Te dejo una imagen satelital de la zona