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sábado, 19 de noviembre de 2011

CHILE - CAP 8/8: Parque Nacional Lauca

Parque Nacional Lauca, Chile - sábado, 19 de noviembre de 2011

Si este capítulo tendría un subtítulo, sin dudas sería: "haz lo que yo digo, no lo que yo hago".

Uno de los lugares que tenía planeado visitar en mi paso por Arica, era el Parque Nacional Lauca, al oeste de esta región, casi sobre el borde limítrofe con Bolivia.  En las fotos que uno puede ver en internet se aprecia el Lago Chungara, que rodeado de volcanes con picos nevados, se espeja en el altiplano a los pies del cielo.  Un lugar sumamente importante entre los pobladores prehispánicos, una ruta caravanera, un paisaje sagrado, todo eso conformaba la promesa que uno esperaba descubrir al internarse en esta región.  Sin embargo, las cosas no sucedieron tal como esperaba.  En cuanto excursión, fue la peor experiencia de mi vida.

Habíamos averiguado si existía la posibilidad de hacer el trayecto desde Arica hasta el Parque Lauca en taxi pero nos dijeron que no, que no era recomendable hacerlo en taxi porque era necesario contar con un tubo de oxígeno y personal idóneo ya que el lugar era muy alto y uno se podía descomponer con facilidad, así que nos recomendaron directamente contratar una excursión donde supuestamente estas cosas estaban previstas y así lo hicimos.

Eramos nueve personas las que salimos en grupo compartiendo la misma trafic en la misma excursión, el sábado por la mañana temprano.  En principio la ruta es tranquila y asfaltada.  El camino va en continuo ascenso y uno empieza a sentir lentamente los efectos de la altura.  En lo personal, habiendo hecho trekking de montaña en varias ocasiones, creí que esto hacía de credencial y me habilitaba a hacer este tipo de recorrido sin adaptación previa.  Más tarde descubriría que me equivoqué.

Siempre lo digo y está escrito en mi Diario de Viajes, cuando uno tiene que hacer esfuerzos en altitudes diferentes a las que uno habita normalmente, es necesario hacer una adaptación previa de varios días en zonas intermedias.  A mayor altitud, el cuerpo debe arreglárselas para funcionar con menor cantidad de oxígeno.  Con una adaptación previa, esto se compensa con una adaptación ontogénica, aumentando la cantidad de glóbulos rojos.  

Pero el Parque Lauca está un promedio de 4500 metros sobre el nivel del mar y nosotros estábamos ascendiendo este desnivel en un sólo día.  El primer indicio de que algo no anda bien es un fuerte dolor de cabeza y la sensación de que el cerebro está por explotar en su dilatación.  A esta altura de los acontecimientos, descubrimos que el chofer y guía de la excursión no había llevado tubo de oxígeno.

Para empeorar las cosas, el camino que se utiliza para llegar hasta el Parque Lauca es la ruta internacional Arica-La Paz, la cual utiliza Bolivia como única conexión con el Océano Pacífico y su puerto.  Así es que el camino está transitado principalmente por camiones que llevan y traen mercadería entre el puerto de Arica y la ciudad de La Paz. 

En algún punto de la ruta, el asfalto se termina y se transforma en camino de ripio, sinuoso, de montaña y de altura.  La falta de oxígenos provoca sueño y náuseas.  Nos entregan una bolsita a cada uno y varios de mis compañeros comienzan a vomitar... yo prefiero conservarme estable sin hacer esfuerzos, elijo conservar mi vida por sobre la excusión y elijo dormir.   


Pero para empeorar aún más las cosas, al movimiento del vehículo convertido en una coctelera gracias a las sacudidas del ripio y de las curvas, hubo que sumarle que en un determinado momento, el tránsito se transformó en una caravana de camiones detenidos.  El guía nos explicó que esto era "normal" y que el estar ahí, en esa situación, esperando avanzar, podría llevarnos tranquilamente dos horas.  


No sé si se entiende lo que estoy diciendo: éramos nueve personas de las cuales cinco estábamos descompuestas y las otras cuatro habían caído en sueño profundo.  Estábamos en una ruta comercial cargada de camiones detenidos, cuyos motores se ahogaban y lanzaban sobre nosotros tóxicas nubes de humo negro.  Estábamos arriba de los 3000 metros sobre el nivel del mar en una coctelera metálica al sol, descompuestos, sin tubo de oxígeno y haciendo una cola, esperando nuestro turno para poder avanzar!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

Por suerte, en algún momento, comenzó a llover y a caer un pequeño granizo que cubrió no sólo el suelo sino los lomos de las llamas que descansaban al costado de la ruta.  El aire se refrescó y de pronto el frío nos invadió.  Llegamos a la Laguna Chungara, pero llovía, el frío era intenso, dar cada paso significaba un tremendo esfuerzo para el cuerpo, me temblaban las piernas y nuevamente prioricé mi vida por sobre la excursión y me volví al vehículo a dormir para mantenerme en un estado de homeostasis.

Horas más tarde terminamos en el hospital de la ciudad de Putre donde nos suministraron atención médica de urgencia y oxígeno.  En este lugar quisieron cobrarnos $5000 a cada uno por el suministro de oxígeno, deuda que delegamos en el operador turístico.

Habíamos salido desde Arica a las 9am.  Se estimaba estar sólo media hora a orillas del Lago Chungara, lo cual, debido a nuestro estado, fue mucho menos.  Regresamos a la ciudad de Arica a las 21hs.  El resto del tiempo lo pasamos descompuestos en la bendita ruta.  Una excursión es para disfrutar pero esto fue un calvario.

Mi queja entonces es la siguiente:

•    Es una locura y una imprudencia por parte del operador  turístico haber salido a semejante excursión sin un tubo de oxígeno en el vehículo.  
•    Mucho peor que eso es que se permita hacer esta ruta sin controles sobre el traslado en cabina del equipo médico mínimo necesario.  De la misma manera que se controla la posesión de matafuegos para sofocar posibles incendios en un vehículo, debería verificarse en esta ruta el traslado obligatorio de tubos de oxígeno a fin de minimizar las situaciones de riesgo sobre vidas humanas.
•    No debería estar permitido hacer esta excursión en un solo día, menos para quienes suelen vivir a nivel del mar, se necesitan varios días para que el cuerpo pueda adaptarse a la diferencia de altura.
•    Es una locura que se deje a los turistas descompuestos en espera, en medio de una caravana de camiones, deberían implementarse horarios diferenciales que permitan transitar por separado vehículos turísticos y vehículos comerciales.
•    Al margen de todo esto, vale mencionar además el impacto ambiental de los gases de estos vehículos cuyos motores se ahogan también por la falta de oxígeno, liberando humo tóxico y negro, sobre el ecosistema del parque.-



* * * * * *
POST SCRIPTUM: en los días siguientes a esta publicación, personal del Servicio Nacional Turístico de Chile, SERNATUR Arica y Parinacota, se contactó conmigo y me envió la siguiente respuesta:

“Junto con saludarle y atención a su reclamo, agradecemos que nos haya hecho llegar sus comentarios con respecto a la atención entregada por la agencia Globo Tour, que no cuenta con el Sello de Calidad Turística de éste Servicio (NCh3067. Of2007).

En relación a las condiciones de la ruta CH 11.  Efectivamente,  ésta se encuentra en reparación, que forma parte del proyecto de mejoramiento de la carpeta asfáltica, la que se ve afectada por la gran cantidad de vehículos pesados que circulan diariamente por esa zona, lo que provoca un tiempo de espera mucho mas prolongado de lo normal, generando la molestia de quienes deben esperar el turno para seguir avanzando en la ruta.

Nuestra institución, no cuenta con el rol fiscalizador, pero haremos llegar su reclamo a esta empresa para que nos entreguen sus descargos y sugerirle el uso permanente de los implementos de primeros auxilios.”



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jueves, 17 de noviembre de 2011

CHILE - CAP 7/8: Arica y sus playas


Creo que una de las cosas que más disfruté de esta ciudad fue la posibilidad de moverme de un lado al otro simplemente a pie.

Caminando completamente sola por la costanera en sentido sur a las 8:30 de la mañana, podía disfrutar de un paraíso que era absolutamente mío: el aroma del Océano Pacífico, el sonido de las aves, la pureza del aire, los vaivenes de las olas y los rayos de sol apenas asomando detrás de la Cordillera de la Costa.  No podía más que sentirme privilegiada de vivir con esa intensidad cada amanecer, y a la vez, no podía dejar de sentirme pequeña en medio de esa inmensidad. 

Si bien Arica mira hacia el mar, la costa frontal está tapada por un cementerio de trenes y de barcos: el puerto y las dos estaciones de trenes hacia Tacna (Perú) y hacia La Paz (Bolivia), con lo cual, para poder disfrutar de la playa uno tiene necesariamente que desplazarse hacia los extremos norte y sur de la ciudad.



 

El acceso a pie desde la ciudad hacia las playas del sur es directo ya que se extienden a los pies de la base del morro: Playa El Laucho y un poco más allá Playa La Lisera.


El acceso a pie a la playa norte llamada Playa Chinchorro es un poco complicado pero no imposible, el tema es que la entrada formal a esta playa está en sentido opuesto a como uno la transita, pero vale la pena el esfuerzo de meterse entre caminos desmantelados para poder llegar.



Caminar por la ciudad de Arica me trajo el recuerdo de cuando hace unos 15 años atrás, habiendo pisado por primera vez suelo chileno, transitaba por las calles de Santiago en las cuales había un gendarme en cada esquina, pero si bien hoy esta custodia ciudadana ya no existe, los automovilistas siguen teniendo un profundo respeto por los transeúntes.  Es increíble, pero apenas ven que uno pone un pie en el cordón de la vereda, todos los autos frenan para dejar al peatón cruzar: a la inversa de lo que sucede en Buenos Aires, aquí el peatón tiene prioridad.  Es tan automático el detenimiento total del tránsito cuando tienen un peatón a la vista, que parece parte de un acto mágico en el cual el peatón hipnotiza al conductor.  Un pequeño detalle que hay que tener en cuenta tanto en Chile como en Perú, es que no existe en los edificios el nivel de "planta baja" como sí sucede en Argentina, por lo cual, la planta baja en esos países corresponde sencillamente al primer piso.  


  


No quiero cerrar este capítulo sin dejarles dos recomendaciones para probar: el Pisco chileno y la Albacora a la parrilla, también conocido como pez espada, tiene una carne exquisita.-






 



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( * ) ALOJAMIENTO HOSTAL JARDIN DEL SOL ubicado en pleno centro, atendido con mucha calidez por Doña Sandra, con espacios para compartir y hacer amigos, es un lugar especial si buscás descansar.  Tranquilidad, limpieza y un ambiente muy cuidado son los valores más importantes de este hostal de precios muy accesibles.  http://www.hostaljardindelsol.cl/


 
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lunes, 14 de noviembre de 2011

CHILE - CAP 4/8: Arica y su historia

Arica, Chile - lunes, 14 de noviembre de 2011

Perú vuelve a mi una y otra vez.  Estoy en Chile y sin embargo Perú aparece ante mis pasos y revuelve inevitablemente mis recuerdos: al abrir la revista del avión me encontré con una foto de la Costa Verde de Lima y en el Aeropuerto Comodoro Arturo Merino Benitez, en Santiago de Chile, apenas levanté mi vista, ví un local de Donuts y recordé aquellas noches en Lima, en Larcomar, cuando junto a él solíamos cenar unas donas rellenas de manjar blanco con un gran vaso de café.  

Cuando hace un buen tiempo atrás, le conté a él sobre mis intenciones de viajar hacia Arica, él, siendo limeño, me contó que esta ciudad pertenecía a Perú y que luego de una guerra, pasó a formar parte del territorio de Chile.  En abril de este mismo año, estando ambos en Lima, él me llevó a visitar un lugar en el cual se rendía homenaje a los héroes caídos en esta batalla: la Fortaleza Real Felipe, en El Callao.



La Guerra del Pacífico, así es como se conoció a esta batalla que sucedió en 1880 y que sin embargo hoy, a más de 100 años, permanece todavía a flor de piel.  Tanto del lado de los vencedores, en Chile, como de los vencidos, en Perú, el recuerdo de esta batalla se revive constantemente por medio de la evocación iconográfica.  Sin embargo, cuando me acerqué a la Oficina del Servicio Nacional de Turismo de Arica a solicitar información fehaciente sobre esta batalla para publicar en mi Diario de Viajes, me la negaron argumentando que a los turistas no les interesa ese tipo de información.


Por lo tanto, hago uso del relato oral de este recuerdo, que habla de unos soldados peruanos que se vieron arrinconados en lo alto del Morro de Arica donde fueron abatidos por los soldados chilenos.  Al verse vencido, uno de los generales peruanos, en un gran acto de valentía, para salvaguardar el honor de su pueblo, se lanzó junto a su caballo desde lo alto del morro como puede observarse en esta pintura que se encuentra en el Museo Histórico Regional, en la ciudad peruana de Tacna.

 
Por más que uno quisiera olvidarse de esto, caminar hoy por las calles de Arica implica internarse en un paisaje simbólico que rememora continuamente esa batalla.  Sucede algo muy extraño por ejemplo con el tema de las banderas: si uno asciende a la cima del morro, ahí flamea la bandera chilena, pero si uno se encuentra en la ciudad (a nivel de la base del morro), la bandera que se encuentra en el morro no se vé desde abajo y lo que se vé en lo alto de la ciudad (que se trepa por la ladera del morro) es una bandera peruana, señalando la casa de Bolognesi, el general del ejército peruano.  Un nivel más abajo, sobre la costa del Océano Pacífico, en un edificio de la Armada de Chile, flamea la bandera chilena, por lo cual, hay tres niveles con tres banderas distintas que conjugan espacios diferentes: costa "chilena", ciudad "peruana", morro "chileno".







Al Morro de Arica se asciende directamente a pie, desde la ciudad, tomando la calle Colón.  En el camino, uno puede pasar a conocer otras dos atracciones de la zona que se encuentran ubicadas sobre una misma cuadra: la Casa de Bolognesi y el Museo de Sitio Colón 10.


En la cima del Morro de Arica pueden observarse todavía los restos de las trincheras utilizadas en la guerra y la presencia de cañones todavía en pie.  A lo lejos, como si fuesen coloridos barquitos de juguete flotando en un charco de lluvia, se observa el puerto, donde los barcos están ordenados con una extraña simetría: barcos gemelos están amarrados entre sí formando duplas y tríos.  

 
A los pies del morro puede observarse una lengua de tierra que se interna en el océano: es la ex-Isla Alacrán, hoy convertida en península gracias a estar conectada a tierra firme por medio de un camino pavimentado.  Aquí debajo les dejo una foto actual de la "isla" y una foto que tomé sobre un mapa francés realizado en 1822 desde la Fragata Clorinde donde se ven el morro y la isla a sus pies en su estado original.









La Casa de Bolognesi me llevó nuevamente a conectarme con los recuerdos de mi abril limeño.  No esperaba verla, su presencia me sorprendió de tal manera que el corazón casi se me sale de un salto por la boca.  Inmediatamente me acerqué al hombre y la mujer que estaban en la entrada como si ellos mismos fuesen aliados de mis recuerdos y les pregunté si esta casa era la misma cuya réplica yo había visto en la Fortaleza Real Felipe, en El Callao, en Lima... y mi corazón agregó un par de palabras más que no salieron de mis labios: "aquella tarde, cuando caminaba junto a él..."


Pero ante la duda de todos sobre lo que yo estaba queriendo decir, recordé que llevaba todavía en la memoria de mi cámara las fotos de Lima, las fotos del Real Felipe, las fotos de él.  En seguida revisé la memoria de la cámara y definitivamente encontré las fotos de aquella tarde cuando por primera vez conocí la réplica de la Casa de Bolognesi.  Y ahora estaba ahí, en la casa original en Arica con la foto de su réplica limeña en mis manos... la bandera peruana flameaba en lo alto... el sol lentamente se ocultaba y los recuerdos de aquel abril limeño se arremolinaban como hojas secas de un otoño en mi corazón en una extraña conexión temporal entre estas dos casas: la réplica limeña del pasado y la real arequipeña del presente, a las que sin saberlo, fotografié desde el mismo ángulo ¿O será que tal vez la presencia de la segunda transportó en el tiempo, vía la evocación de recuerdos, hacia la primera?


REPLICA EN LIMA
ORIGINAL EN ARICA



















El Museo de Sitio Colón 10, se trata de un museo instalado en un sector de la ladera del morro donde un arquitecto estaba dirigiendo una obra para construir un hotel debido a la  vista panorámica que se tiene desde su ubicación.  Durante la excavación del terreno su equipo descubrió un cementerio de momias Chinchorro a las cuales decidieron dejar en el mismo lugar de hallazgo pero las resguardaron para su exhibición por medio de la construcción de este museo.


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( * ) AEROPUERTO (Chacalluta) - ARICA traslado en transfer pagué $ 3000 (son unas trafics blancas que se contratan y salen directamente desde el aeropuerto)



( * ) MUSEO DE SITIO COLON 10 pagué $ 2000





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domingo, 13 de noviembre de 2011

CHILE - CAP 3/8: Traficando huevos

Santiago de Chile, Chile - domingo, 13 de noviembre de 2011

Es interesante escuchar a la tripulación y al propio capitán de la aeronave decir "esperamos que disfruten su vuelo"  porque la pregunta inmediata sería ¿a partir de qué cantidad de horas de vuelo uno aprende a disfrutar del viaje en avión?  En mi caso en particular, en algún punto no identificado de mi vida, más que comenzar a disfrutarlo, comencé a aceptarlo como un medio de transporte más y eso me permite relajarme lo suficiente como para leer o dormir sin estar pendiente de las bofetadas que el viento le da a la estructura del avión.

Estábamos ya volando pareja y tranquilamente en lo alto y sin embargo yo no podía salir del susto que me había provocado la posibilidad de perder el avión en el que finalmente me encontraba.  Me dolía la cabeza e intentaba convencerme a mi misma de que ya todo había pasado, que ya podía olvidar ese episodio, pero éste volvía a repetirse una y otra vez en mi mente como un largometraje.

Comencé entonces a recordar la última vez que había estado en Chile: Santiago de Chile, Valparaíso, Viña del Mar, Reñaca.  Y recordé que aquella vez, hace como 15 años atrás, habíamos ingresado a Chile por tierra y nos habíamos encontrado con un estricto control sanitario en relación a los alimentos que transportábamos.  Deduje que esta vez podría ocurrir lo mismo y no me equivoqué.

En cierto momento, el capitán de la aeronave anuncia que estamos a punto de cruzar por sobre La Cordillera de los Andes, lo cual debe leerse entre líneas como: “estamos a punto de cruzar una zona turbulenta”.  De pronto desde el techo del avión, unos pequeños paneles LCD con ruido a robot, se despliegan hacia abajo y comienzan a proyectar una propaganda acerca de ciertas prohibiciones migratorias en pos de proteger su prestigio y posicionamiento en el mercado mundial. La propaganda se centraba principalmente en la prohibición del ingresar al país con alimentos de origen animal y de origen vegetal ya que esto podía poner en riesgo la sanidad agrícola y forestal del país.  

Unos minutos más tarde, una azafata me entrega una especie de "declaración jurada" donde debo declarar si estoy transportando alimentos de origen animal o de origen vegetal en mi equipaje.  Hice un recuento rápido en mi mente de las pocas cosas alimenticias que esta vez estaba transportando (justamente por este mismo motivo) y concluí que debía declarar el paquete de yerba para mate que llevaba en la mochila... y en cuanto recordé la mochila, recordé por asociación LOS DOS HUEVOS!!!

Había despachado la mochila grande en la bóveda del avión y me había olvidado de sacar los huevos que había guardado de apuro en el bolsillo superior y ahora estaba a ingresar a un país para quien este descuido mio significaba un riesgo sanitario nacional!!!  Aterrizando con dos huevos duros en la mochila, estaba poniendo en riesgo no sólo el prestigio económico del país sino que estaba poniendo en riesgo a todo el sistema agrícola y forestal chileno!!!  En este contexto eran más peligrosos mis dos huevos de gallina que una pepita de uranio!!!

Y lo peor del caso es que tanto la propaganda como la declaración jurada decían que si uno transportaba este tipo de productos, el costo de la multa a pagar superaba ampliamente el dinero que yo transportaba en mi bolsillo con lo cual, estos dos huevos duros se habían transformado rápidamente en mi mochila en los míticos y famosos "huevos de la gallina de oro": la multa superaba incluso ampliamente su propio valor.

¿Qué hacer en un momento como este?  Bueno, eso fue lo que yo también me pregunté.  Lo primero que se me ocurrió fue apurarme para recibir mi mochila lo antes posible.  Una vez que la tuve en mis manos -y con ella a los dos huevos-, busqué un baño como para entrar y tirarlos, pero, no había baño alguno.

Como segunda opción busqué directamente un tacho de basura en el hall, pero tampoco había tacho alguno a mi alrededor.  Caminé por el hall hacia la máquina de rayos x con mi mochila en la espalda hasta que unos metros antes de la máquina divisé un tacho y cuando pude acercarme unos metros más, junto al tacho divisé un cartel que decía algo así como "Su última oportunidad.  Deposite aquí sus alimentos".  Era ahora o nunca.  Me quedé junto al tacho, me desprendí la mochila, la coloqué en el piso y cuando estaba abriendo el bolsillo donde transportaba los huevos se me acercó un hombre de seguridad y me preguntó:

-¿Qué lleva ahí señorita?

Y un ataque de sincericidio se apoderó de mi.
-Nada, llevo dos huevos... iba a comerlos en la cena y me los olvidé en la mochila... ahora los estoy por tirar...  porque no quiero tener problemas...

Tomé la bolsa transparente, con los huevos envueltos en servilletitas de papel blanco y mientras se los mostraba entre mis manos, a plena luz, delante de todas las cámaras de seguridad, le dije con toda seriedad algo que sonaba cómico pero que era literalmente real:
-por favor, no quiero que me acusen de traficante de huevos

La frase me salió del alma, en un tono entre congojo y preocupación.  El tipo se cubrió la cara con las manos de la risa que le provocó la situación y para empeorar la comicidad del momento me preguntó si lo huevos venían crudos o cocidos!!!  En ese momento sentí que me sacaba un peso de encima, era como estar confesando un pecado y por el recurso al ridículo, estaba obteniendo el perdón.  Por suerte, nos terminamos riendo los dos y finalmente me dejaron pasar los huevos por migraciones por haber viajado hervidos.

Terminé mis trámites y ya en el hall principal, a la espera de mi segundo vuelo, decidí la mejor de todas mis jugadas: me comí la evidencia... me comí los dos huevos.-



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sábado, 12 de noviembre de 2011

CHILE - CAP 2/8: ¿Y dónde está el pasajero?

Buenos Aires, Argentina - sábado, 12 de noviembre de 2011

"Si algo puede salir mal, saldrá mal" dice la Ley de Murphy y mi día estuvo al borde del abismo.

Por alguna razón, desde que decidí hacer este viaje, sentí en paralelo las ganas de no hacerlo.  Creo que la razón profunda fue que me obligué a hacerlo.  Para quienes no me conocen personalmente, sólo les cuento que luego de estar dos años junto a un famoso Mochilero, éste partió hacia "otros rumbos".  Por eso fue que me propuse a mi misma hacer este viaje y paradójicamente por ese mismo motivo deseaba no hacerlo: sentía que necesitaba quedarme a defender lo indefendible.  Pero en el fondo sabía que debía ponerme a salvo, debía viajar por una cuestión de salud mental. 

Así fue que me negué a hacer el check list de las cosas que iba guardando en mi mochila.  Por vez primera ignoro lo que traje y lo que olvidé.

Una segunda negación fue cuando llegó el transfer a buscarme a casa para llevarme al aeropuerto y yo estaba literalmente boludeando en internet.  Esto demoró mi salida y en el apuro agarré dos huevos duros, que por no tirarlos los había hervido para comer más tarde a la hora de la cena (que supuestamente iba a agarrarme en pleno aeropuerto) y como no tenía donde guardarlos, los metí en el apuro en un bolsillo de la mochila junto a dos sandwichs de queso fundido.

Pero la tercera negación fue la peor de todas.  Llegué al aeropuerto 3 horas antes del horario de embarque, despaché mi mochila y me fui a un café a disfrutar de un capuchino con una magdalena de limón.  En ese momento de transición, cuando uno estando en el aeropuerto comienza abandonar el yugo de la rutina y comienza a conectarse con el relax de las vacaciones, fue que descubrí que junto con la mochila había despachado también los dos huevos.

Me senté al aire libre, al sol, mientras preparaba un escrito de un trabajo de investigación.  Leí, escribí, redacté, cité, hablé por teléfono, hasta que para cuando me dí cuenta, la luz del sol había sido reemplazada por luz artificial.  Mi vuelo estaba a 45 minutos de despegar!!!

Metí las cosas de un saque en la mochila de mano, atravesé medio aeropuerto corriendo y sumamente desesperada me metí de prepo en la tranquila conversación que mantenían un encargado de seguridad (que no lograba descifrar mis signos de desesperación) y un pasajero.

-Mi vuelo está por salir, decime para dónde tengo que ir
-Déjeme ver...

Tomó mi ticket, lo miró con suma tranquilidad y me dijo
-Su vuelo ya está cerrado.
-Pero sale a las 21hs, no puede estar cerrado!!!
Giró la muñeca, miró su reloj y me respondió
-Pero mire qué hora es señorita, son las 20:15

Yo no lograba entender la lógica entre mi vuelo y su reloj... ¿Ya estaba carreteando?  ¿Ya habían cerrado la cápsula a la Luna?  Un estado total de desesperación y nerviosismo se apoderó de todo mi cuerpo.  Realmente debo reconocer que ignoré totalmente a la persona a la que estaban atendiendo cuando yo me planté con este problema pero era algo que en ese momento no me importaba, ser cortés significaba quedarme en tierra. Me encontraba en una posición de ruego y de súplica total donde ya nada me importaba, donde no tenía escrúpulo alguno.  No tenía en mente ninguna excusa creíble pero tenía en la manga el resultado de una realidad cercana: recordé la gastritis que me tuvo 5 días en cama gracias a la noticia de mi ex y le dije sin pudor alguno:
-es que estuve en el baño

Sentí que finalmente él se apiadaba de mi y de mi situación: estar perdiendo un avión por haber estado con descompostura de estómago era mucho más perdonable que la verdad.  Pero no podía estar perdiendo el avión de esa manera tan ridícula.  Le pedí una y otra vez por favor que me ayudara, que me indicara hacia dónde tenía que ir y me respondió que ya no había tiempo pero finalmente se puso de mi lado y me indicó que corriera escalera arriba.  Y corrí.  Subí la escalera mecánica en forma maratónica, pidiendo permiso cual ambulancia a las personas inmóviles e inmutables que se me cruzaban en el camino.

Llegué al primer piso.  A mi derecha, dos filas, me coloqué de una en la más corta.  Con media hora por delante, tenía tiempo suficiente para hacer todos los trámites.  La fila avanzó rápidamente.  La chica del mostrador me derivó al siguiente paso pero me indicó que si tenía algo por declarar, debía colocarme en otra segunda cola que salía del hall y daba la vuelta a un kiosquito.  Si no tenía nada para declarar, entonces debía ubicarme en una primera cola que aparentaba ser tan cortita que desde donde yo estaba, ni siquiera se veía.  No lo dudé, instintiva e instantáneamente respondí que no.  Pero... ¿realmente no tenía nada para declarar?  Y en ese momento, mientras corría de una cola a la otra, me invadió una pregunta casi retórica: ¿qué es lo que se declara?  Imaginé artefactos eléctricos y en un inventario mental sólo apareció mi máquina de fotos... recordé que para mi era una máquina nueva y entonces mientras seguía corriendo por el hall en dirección opuesta a la cola donde se declaraban los objetos, recordé que la máquina la había comprado para el viaje a Machu Picchu y eso fue... eso fue... exactamente en el 2009.  Para mí era nueva pero para el mercado ya era un modelo obsoleto así que finalmente concluí que no había nada para declarar.  Igualmente eso no importaba ahora, el avión estaba a punto de partir sin mi, lo cual era mucho más importante que lo que llevaba o no llevaba en la mochila.

Llego al segundo hall... la cola para pasar el equipaje de manos por la máquina de rayos X era mayor que la anterior pero avanzaba más rápido, así que aproveché esos instantes de espera para pseudodesvestirme mientras esperaba mi turno: el reloj, la cámara, la riñonera. 

Pasé por este control casi transparente y corrí hacia mi nueva posta, el tercer hall: migraciones.  La fila era inmensa y no avanzaba!!!  Yo estaba nerviosa y apurada y sentía que la gente se movía aletargada, tal vez era un efecto en cámara lenta, tal vez estaba en medio de una manifestación budista.  Ese era el fin de mi viaje.  Me quedaban tan sólo 15 minutos y ya estaba resignada a perder mi vuelo. 

De pronto escucho el llamado de una azafata preguntando si quedaban pasajeros de ese vuelo en la fila. 
-Siiiiiiiii!!!!!!!!!!!  Yooooooooooo!!! - grité agitando los brazos como si estuviera haciendo señales de S.O.S. a un avión en una isla en medio del océano.  Acto seguido le pregunté si me ayudaba y nuevamente recibí la respuesta negativa:

-Yo no puedo ayudarte, tenés que pedirle a los pasajeros que te dejen pasar.

Ahí mismo me armé de valor y sin vergüenza alguna, pasé por debajo de las cintas de los balustros y antes de colarme empecé a pedirle a toda la gente en forma desesperada que me dejaran pasar, que se me iba el avión, pero la gente no se inmutaba, no me veían ni me escuchaban a pesar de que estaba a los gritos en medio del pasillo agitando profusamente mis manos, hasta que un flaco que estaba en segundo lugar, me dijo:

-Dale, pasá, yo te dejo.
-¿Si?  ¿Me dejás?  Gracias!!!

Inmediatamente cambió el número de la ventanilla libre y corrí en esa dirección.  Por primera vez en mi vida me colé de una forma olímpica y evidente, sin que me importara absolutamente nada más que despegar.  Aquí hago un paréntesis para reivindicarme y pedirles disculpas a todas aquellas personas que en ese momento hacían la cola con sus tiempos perfectamente calculados.

Listo!  Ahora sólo quedaba llegar a la puerta de embarque pero ¿Cuál era la puerta de embarque?  Atravesé el Free Shop sin saber si estaba corriendo por los pasillos o entre las góndolas, sólo me ví en un laberinto de chocolates y perfumes, y por sobre mi cabeza, un sin fin de carteles que combinaban flechas y números de puertas como en un lenguaje extraño y simbólico que mi cabeza no lograba descifrar. 

Busqué un stand de informaciones pero encontré uno de venta de cueros.  Miré hacia ambos lados pero no lograba diferenciar lo que veía, era todo una mezcla heteróclita de carteles y colores.  Recordé los televisores donde van informando el estado de los vuelos y me acerqué corriendo al más próximo, pero nuevamente el sistema estaba un ritmo más lento que mi desesperación.  La actualización de datos en la pantalla parecía tardar un siglo.  Busqué la palabra "LAN", busqué "21hs", busqué la palabra "Chile", pero encontré TAM, Iberia, 21:05, 21:15, Londres, San Pablo, Lima!!!  La reputísima madre que lo parió!!! ¿Tenía que ver a Lima desafiando mis recuerdos desde la pantalla como si fuera un nombre tan inocente???  ¿Tenía que ver a Lima justo en ese momento y perder un milisegundo pensando en el mochilero que destruyó mi corazón???  Y de pronto, una propaganda!!! Sí, aunque no lo puedan creer, una propaganda en medio del estatus de vuelos. 

Corrí hacia otro televisor, estaba a minutos de perder el vuelo.  Finalmente lo veo: "puerta 6".  Estoy sobre la puerta 2, corro hacia mi derecha, llego a la puerta 5 y más allá, el abismo.  Vuelvo al laberinto del Free Shop, veo un nuevo desvío a mi izquierda y me meto.  Realmente no hice cálculo lógico alguno -al menos en forma consciente-, porque era tanta la desesperación que no lograba procesar lo que estaba viviendo. 

Finalmente "Puerta 6".  Nadie en la sala, sólo el chico que controlaba las tarjetas de embarque y yo.  Nadie en el pasillo que llevaba hacia el avión.  Cuando por fin puse un pie en el avión estuve más tranquila pero llegué agitada y desalineada. 
-No saben lo que corrí - le dije a la tripulación que me recibía en la puerta de entrada, pero por suerte ellos no estaban en mi misma sintonía y me recibieron con una sonrisa.

Si bien la mayoría de los pasajeros estaban ya en sus asientos, muchos estaban acomodando cosas, cambiando, sacando, poniendo, pasando de un lado al otro, así que mi llegada tarde se diluyó en el movimiento de la dinámica propia de un avión que está a cinco minutos de despegar.-

Post scríptum: el comentario de una amiga al leer este capítulo fue "se puede perder un hombre pero no se puede perder un avión".




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lunes, 31 de octubre de 2011

CHILE - CAP 1/8: sin rumbo

Buenos Aires, Argentina - lunes, 31 de octubre de 2011

Es extraño estar armando la mochila en esta época del año, en medio de compromisos laborales y académicos.  Es extraño estar armando la mochila en pleno mes de octubre, casi noviembre, cuando todos los proyectos anuales están en el punto crítico de cierre porque es cuando uno más tiene que estar presente, cuando uno más tiene que estar sobre ellos.  Y sin embargo, yo, me voy.

Hace ya unos cuantos días que sé que me voy.  Hace ya unos cuanto días que tomé la decisión de irme, justo ahora, en este preciso momento, en el momento del año en el cual "debería estar". 

Sin embargo, aún con pasaje en mano, el cual saqué en forma casi automatizada más que meditada, me costaba asumir mi partida.  

En dos días estoy por cumplir 38 años y creo que por primera vez en toda mi vida, pude aprender a resguardarme y pude entender que hay momentos en los que es mejor partir, aún sin rumbo, pero partir, aún cuando uno sienta que quedan todavía cosas por hacer.  

Algunas veces debemos obligarnos a nosotros mismos a levantar vuelo, a volar alto, a despegar.  Algunas veces debemos obligarnos a nosotros mismos a cambiar de aire, a cambiar de paisaje, a cambiar de contexto.  Debemos aprender a salir a tiempo, pero aún mejor, aprender a salir antes de tiempo.


Hace varios días que sé que tengo un pasaje en mi mochila y hace varios días que sistemáticamente lo ignoro.  Y hoy me enfrenté por vez primera con ese pasaje, con un pasaje que me pone fuera de juego en un momento álgido, pero que en definitiva me pone a salvo de cosas que es mejor no transitar.  No se trata del trabajo ni de la vida académica, son las cuestiones del corazón las que no vienen ni con manual de explicaciones ni con la respuesta correcta al final del capítulo, no hay nada que uno pueda leer o entender o razonar, el final feliz solo existe en los cuentos y en las novelas, la realidad del corazón es mucho más simple y mucho más tajante: es o no es.

Hoy me reconcilié con ese pasaje, con mi mochila y con el futuro rumbo hacia el que ambos, a pesar de mi misma, están redireccionando mi vida.-  


( * ) la imagen es una pintura mía, realizada el día 31-12-95



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martes, 22 de enero de 2002

EGIPTO - CAP 8/13: Secretos de Ciudad - Parte II

Luxor, Egipto – martes 22 de enero de 2002

Les cuento que los hombres tiene la piel color caramelo, son morochos, cejas y labios gruesos, pestañas grandes, ojos pequeños, alargados y de curvas pronunciadas, su mirada es fogosa y apasionada.


Este muchacho me pidió que le tomara una foto
En cuanto a su comportamiento son muy curiosos y chistosos.  TODOS te ven por la calle, te saludan y te preguntan de dónde sos.   En cuanto decís “Argentina”, ellos te responden “Maradona” (da la impresión de ser al reacción programada ante la palabra “Argentina” y por suerte es Maradona y no De La Rua).  No se les puede negar el ingenio y el buen humor, algunos te saludan diciendo “hola, hola pepsi-cola” y a las mujeres nos dicen “madame”.  Seguido a eso te preguntan si sos casada, cosa que no les importa demasiado porque seguidamente te proponen matrimonio: TODOS.  Creanmé que no exagero, esto es así. 

Vidriera en una joyería
Una noche un muchacho se me acercó y me preguntó “¿Cuántos camellos?”  Yo no entendía nada así que volvió sobre su pregunta “¿Cuántos camellos se acostumbra en Argentina para casarse?”  Cuando le dije que no usamos camellos (porque por más que quisiéramos utilizarlos como dote no tenemos más que los dos o tres que están en el corralito del zoo) me preguntó “¿entonces oro?”.  Cuando le expliqué que nosotros nos casamos por amor mi interlocutor no lo podía creer.  Obviamente que me reservé de explicarle que también existen casamientos “por apuro”.






Para ellos este tema no es broma, por lo que me contaron la tradición dice que un hombre no puede tocar una mujer hasta los 30 años.  Las parejas para sus hijas las deciden las madres pero primero los prometidos deben demostrar que poseen el poder económico suficiente como para formar una familia, entonces ofrecen a la madre de la novia camellos, oro y piedras preciosas.  Lo interesante es la óptica de esto ya que para ellos no es ni un pago ni un trueque sino una demostración de poder.  


Entonces vas por la calle y te van preguntando “¿cuántos camellos?”  Por mi ofrecieron 1000 camellos y 1 kilo de oro pero yo les dije que como el comedor de mi casa es un poco chico, en vez de camellos me envíen 4 vacas y 2 ovejas.  Igualmente mi viejo hizo el cálculo según el cual con un metro cuadrado de área por camello, necesitamos un campo de mil metros cuadrados para ponerlos uno pegado al lado del otro... y obviamente no dejamos de imaginarnos los camellos viajando sentados en el avión...

Ni les cuento lo que esto significa para las bromas internas de nuestro grupo, cuando nos ofrecen y cuando nos ofertamos, la propuesta se convierte en una pesadilla revivida durante todo el resto del día   = )


Lo importante es que esto explica por qué ellos ofrecen casamiento a las extranjeras: el trámite es mucho más fácil, no hay necesidad de poseer una “fortuna” ni tampoco hay que esperar a tener una “edad mínima”.

Venta de carne en la calle
El otro lado de la balanza obliga a estos hombres a mantener relaciones homosexuales hasta los 30 años.  Así las parejas de muchachos van por la calle de la mano con total naturalidad, eso sí, ninguno adopta un papel afeminado sino que son dos machos en una especie de asociación solidaria y esto es tan común como la niebla y los cortes de luz.-



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lunes, 21 de enero de 2002

EGIPTO - CAP 7/13: En las entrañas del Antiguo Egipto

Luxor, Egipto – lunes 21 de enero de 2002

Al ser zona militar, al llegar a la Pirámide de Dashur, nos sugirieron no apartarnos del camino principal porque era terreno minado.

Cruzando el Nilo viajando en ferry en Luxor
Y es así, donde hay un turista, hay un policía: en el vagón del tren durmiendo con nosotros, si nos ven movilizarnos con los bolsos nos detectan y se acercan, cada mañana en el hotel nos preguntan nuestro itinerario, cuando discutimos los precios con un vendedor o con un taxista se acercan a ver si hay algún problema, en cada punto turístico que nos detenemos nos reciben y vigilan, en las zonas más jodidas nos revisan por triplicado y nos limitan las fotos y las filmaciones, nos revisan el bolso y nos preguntan de manera chistosa llevamos “gun o bomb” (a uno de ellos que me pareció bastante simpático le hice una escenita: con la mano en la frente le dije “Oh! no, I forgotten my bomb”) y a los próximos ya les aclaro que no llevo “ni gun ni bomb”.

Estación de ferry en Luxor

Otro peligro: yo comandando el ferry
El tema es que los fundamentalistas intentan agredir al turista tomándolo como símbolo de agresión a la sociedad norteamericana.  Sin embargo saben que al país no el conviene y es por eso que ofrencen semejante protección (y debo contarles que NO HAY turistas, sólo un par de “ponjas” que van a los sitios arqueológicos con traje, tacos y ropa de noche, así entran a las tumbas y caminan por el desierto, eso sí, tienen unas cámaras fotográficas digitales del tamaño de un puño.  Cuando los vemos aparecer –avanzan como un enjambre- si estás por sacar la foto de un paisaje seguro se te cruza un ponja, querés entrar a una capilla y está llena de ponjas, no podés sacar fotos hasta que ellos se vayan y despejen la zona, así que cuando los vemos llegar tenemos una clave para salir rajando “pongan el filtro” -para ponjas-)


Para no perder la costumbre de la comida rápida occidental, el domingo fuimos a Mc Donalds en Luxor y la entrada estaba custodiada por tres militares con ametralladora, eso sí, en el interior era como estar en otro mundo, lo que se dice en química un “sistema cerrado” (que no tiene intercambio de materia con el medio): limpio, buena atención, música occidental, fresco… cosas que en estas tierras triplican su valor.  
 
Viajando en trafic
¡¡¡Nos fuimos por la tangente!!!  Jajaja!!!  Retomando: entre las tumbas del complejo de Saqqara visitamos la Pirámide de Teti (por donde parece haber pasado una aplanadora ya que sólo es un montículo).  El ingreso a la cámara subterránea es a través de un túnel descendente por el cual debimos bajar de espaldas y agachados “¡allá vamos!” (con una cancha bárbara) luego del cual se atraviesa un túnel horizontal (de 1x1 metros) que desemboca en una cámara cuyas paredes contienen textos rituales y fórmulas mágicas: “Los Textos de las Pirámides”. 

Otro pasadizo comunica con la cámara mortuoria, de techo a dos aguas estrellado, y al fondo de la misma yace un gigantesco sarcófago.  Mientras nos encontrábamos en esta última, hubo un corte de luz (algo muy común en estas tierras) y como es de imaginar quedamos en una oscuridad totalmente penetrante, debajo de la tierra, dentro de una tumba y con varios obstáculos de por medio.  La negrura era total, era como una cortina que no te permitía ver ni siquiera siluetas, nada.  Estiré los brazos hacia los costados pero no dí con nada.  Uno de los chicos propuso sentarnos en el lugar.  Para no llevar sobrepeso y para poder movernos con mayor facilidad, habíamos dejado las mochilas con las linternas en la superficie.

Uno de los chicos hizo una hoguera de fósforos pero con el poco oxígeno que había en la cámara, la luz sólo alcanzó para iluminar la salida y se ahogó: un cuadrado negro sobre la roca roja.  Lamento contar esto pero no había personal para auxiliarnos con lo cual, los fósforos (con caja y todo) se consumieron justo a tiempo como para dejar la cámara funeraria, pasar a la anterior y quedar nuevamente en la oscuridad total.

Todos gritábamos y hablábamos a la vez.  En el momento en que se prendió la luz de los fósforos yo había divisado la posición de uno de los cuidadores del complejo y para cuando se apagó había logrado acercarme lo suficiente.  Me salió del alma calmar a mis compañeros en voz alta, indicándoles que aquello tenía salida, que sólo era cuestión de tantear las paredes hasta dar con el pasadizo.  También les dije que se tomaran de las manos y extendí mi mano derecha hacia el vacío hasta dar con alguien y mi mano izquierda hacia el cuidador que tanteó la pared hasta dar con el pasadizo.

No sólo debíamos caminar agachados sino que al ir a ciegas, debíamos tantear las salientes de roca e ir avisando de ellas a nuestro compañero inmediato posterior, por lo que el tramo se hacía lento, tirándonos de las manos unos a otros.  Una vez que dimos con el pasadizo ascendente, ya con reflejos de luz provenientes de su abertura en la superficie, corrimos hacia el exterior.

Que bueno que ese día se cortó la luz, o que nos desenchufaron graciosamente el cable, porque de otra forma no habríamos vivido esta experiencia de película, aunque nunca sabremos si el corte fue real o fue parte de la escenografía.-


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sábado, 19 de enero de 2002

EGIPTO - CAP 5/13: Ajo y Agua en Aswan

Aswan, Egipto – 19 de enero de 2002


El teléfono sonó a las 3am, y en plena oscuridad, la voz adormecida de Mónica preguntó “¿Quién atiende?”.  La mesa de luz, con una lámpara roja y un teléfono negro a disco, estaba en la cabecera de mi cama.  Saqué el brazo perezoso por debajo de la frazada, lo estiré hacia el teléfono, tanteé sobre el vacío hasta dar mi mano sobre el tubo y lo llevé hacia mi oreja.  Alguien murmuró unas palabras en mi oído que no pude -ni intenté- descifrar.  Así y todo, con suma cortesía, aún estando profundamente dormida, y sin intento de reacción alguna por parte de mis párpados, le respondí “okey”, colgué y seguimos las tres durmiendo como si nada hubiera pasado.

De joda en El Cairo
Un rato después, más exactamente una hora después, volvió a sonar la maldita campanilla, aguda y metálica.  Como una respuesta absolutamente mecánica y a fin de callar lo antes posible el ruido taladrante del aparato, mi brazo salió por debajo de la frazada directo al tubo y lo estacionó en mi oreja, pero esta vez, la voz dijo con total firmeza y claridad: “four o’clock ¡¡¡FOUR O´CLOCK!!!” .


-¡¡¡LAS CUATRO!!! - grité, colgué, brinqué y encendí la luz.  Y lo que sigue es una catarata de maldiciones faraónicas:


Mónica da un salto.  Sí, nos quedamos dormidas.  El sobresalto nos pone lúcidas como de una cachetada.  La investigación se inicia cuando en realidad tendríamos que estar vistiéndonos.  En vez de eso, estamos paradas perplejas al lado de la cama.  Urge reconstruir los hechos y rastrear la llamada.  Ella escuchó el teléfono pero… ¿quién atendió?  Ella no.  Parece que Alicia tampoco.  Creo que yo.  Sí, parece que atendí yo.  Tengo un vago recuerdo.  No termino de digerir los datos de la primera llamada y ya entra la tercera.  Atiendo.  La voz sólo alcanza a decirme “quickly, QUICKLY” pero estoy tan absorta en la situación que no respondo y simplemente le corto.  Alicia sigue con los ojos cerrados aún cuando todos los focos reflejan en su cara.  Profundamente dormida y ajena a situación sugiere con mucha parsimonia “organicémosnos, ¿quién va primero al baño?”, sin embargo, sigue tapada, boca arriba, despeinada y con la cabeza ahuecando la almohada.


Un cuarto pequeño con un baño y tres camas.  Mónica y yo no dejamos de chocarnos.  Todas las luces encendidas.  El teléfono vuelve a sonar por cuarta vez pero nadie atiende.


-¡Que alguien calle a ese pesado! - apunta Alicia, que a esta altura parece un borracho dirigiendo el tránsito.
-¡Alicia levantate! ¡Son las cuatro!
-Ya voy, ya voy - pero la mina se acurruca de costado mirando hacia la pared y levanta la frazada para taparse un poco más, cubriéndose hombros, cuello y rostro, como si recién se acostara a dormir

El teléfono no para de sonar.  Nosotras ya entendimos que estamos retrasadas pero ellos no saben que ya lo sabemos… y vaya que lo sabemos.  Pero ¿cómo explicarle a un árabe de dialecto egipcio sureño en inglés macaco que te “sleep” tarde y te quedaste dormida? ¿Sujeto, verbo…?  No es momento para gramática.  No les explicamos.  No hay tiempo.  El ring se convierte en una onomatopeya interminable que forma parte del paisaje.  ¡Que se decidan! ¿Quieren que nos apuremos o que hagamos sociales?  Se acopla otro ruido.  Alguien empieza a golpear la puerta.


-¿Y este qué quiere ahora? - pregunta Alicia bostezando desde el país de las maravillas.


Una voz dice algo ininteligible detrás de la puerta.  ¡Maldición! ¿Primero las zapatillas o los pantalones?  Distingo dos voces.  Miro la puerta e imagino dos hombres.  No queda otra, la misma ropa de ayer.  Ya no golpean, aporrean.  Los dientes, tengo que lavarme los dientes.  Si siguen así van a tirar la puerta abajo.  “¿Alguien vió mi mochila?”  Los tipos gritan sin que se les entienda ni una palabra. “Tus zapatillas estaban allá abajo”.  El teléfono sigue sonando.  “El termo, chicas, no nos olvidemos el termo”. Y al que está del otro lado del teléfono… “@#*!!!”


Cruzamos la recepción del hotel.  Del otro lado de la puerta principal, todo el convoy hacia Abu Simbel esperándonos a nosotras tres.  Estacionados uno detrás del otro, son cerca de diez vehículos entre micros y trafics con custodia militar.  Levantar la vista implica encontrarse con ventanillas adornadas por amuchadas caritas de miradas histéricas que esperan impacientes la partida... ¿demorada gracias a quién?  En la orilla opuesta de la calle, un alto murallón de piedras color camel, corre paralelo a la caravana, aumentando ilusoriamente su extensión.  Mientras tanto Alicia, con una media por debajo del pantalón y la otra por encima, continua enviando sus “ondas de amor y paz” a todos los parientes del pobre “hijo de Alá” que se colgó al teléfono y la sacó “a los pedos” de la cama.


Nuestros compañeros también esperaban ya acomodados en la trafic, la cual compartíamos con un grupo de turistas japoneses.  Era el día que más temprano íbamos a levantarnos, era el día que más abrigo teníamos que ponernos, era el día que más comida teníamos que llevar y yo me había olvidado la campera… ni comida ni bebida… pero llevábamos el termo al desierto, sisisi, estábamos sin desayunar pero cargábamos un termo camino al desierto, un termo con solo un poco de agua tibia de la noche anterior.


El convoy todavía no arranca.  El japonés que está más próximo a Alicia tuvo la feliz idea de haber desayunado alguna ingesta de aroma fuerte y al hablar con sus compañeros, desparrama su aliento.  Pero a esta altura, Alicia -que tiene la paciencia por el piso- no titubea y lo suma a su lista de bendiciones: “¡Encima de todo éste ponja desayunó ajo!... ¡Ay, que aliento espantoso!... Éste, que se comió un ajo… Mhhh… ¡Que baranda!”  Uno de los japoneses del fondo le hace unas señas al susodicho y éste sencillamente… ¡se cambia de camioneta!. “Me parece que el de atrás entiende castellano” le susurro a Alicia en complicidad, pero ella no se dá por aludida y sigue lanzándole una plegaria de exclamaciones.


El convoy se interna finalmente en la noche del desierto.  La trafic es de lata y sin calefacción.  Los asientos duros, revestidos en plástico negro.  La temperatura interior es igual a la exterior menos el viento.  Alicia y yo vamos entrelazadas para conservar calor.  Por fuera de los vidrios hay formaciones de escarcha.  El paisaje es totalmente negro, sólo el cielo estrellado y las porciones de camino iluminadas por nuestros vehículos.  No hay luna.  La sensación gélida se incrementa porque estamos sin dormir y sin desayunar.  No es ruta.  No hay doble mano.  No hay señalización.  Sólo una lengua pobremente asfaltada cuyos bordes se pierden en la arena.  Somos nosotros y nadie más.  De pronto, un ruido al costado del vehículo.  Aminoramos.  El conductor egipcio se baja a verificar. ¿Cuáles son las probabilidades de dar con un objeto punzante en medio del desierto?  Da la vuelta por delante del vehículo y echa una mirada a la rueda trasera. ¿Cómo imaginar ese objeto?  Una goma pinchada. ¿El alfiler de gancho de la abuela de Tutankhamon quizás?  Todo el convoy se detiene por segunda vez a esperarnos.


Descendemos del vehículo y nos mantenemos sobre el asfalto, delante de las luces de la trafic, para evitar los animales que merodean las arenas nocturnas.  Dar un paso hacia el costado es una idea tenebrosa y suicida.  El límite entre el cielo y el desierto no existe, forman un telón negro a ambos lados del camino.  Atravesarlo es penetrar en la profundidad del cosmos.


Muchísimo frío.  Muchísimo viento.  No hay donde resguardarse.  Saltamos para entrar en calor.  Recuerdo que siempre llevo un par de medias de lana de emergencia en la mochila.  Me las pongo.  No hay diferencia.  Estoy en el medio de la noche, en el medio del Sahara, vestida con un equipo de jogging de esos que sirven para hacer cómodamente deportes, una tarde soleada, en una plaza.  Por suerte el trámite es rápido.  El egipcio termina de cambiar la rueda y la descarta hacia la negrura revoleándola en el aire por sobre su hombro.  El desierto se la traga.  Estamos congelados.  Los demás vehículos retoman viaje.  Arrancamos.  Quedamos un poco retrasados pero seguimos en caravana.  Las duplas de luces rojas todavía están dentro de nuestro horizonte visible.
Represa de Aswan


Unos kilómetros más adelante el egipcio descubre que le falta un japonés.  Detiene la trafic, abre la puerta y lo busca en el asiento vacío.  Hace señas preguntándonos dónde está el pasajero que falta.  Los japoneses del fondo curten otra frecuencia. Claudio -que mide la distancia lingüística entre el árabe y el japonés- se hace cargo de la situación e intenta explicarle -en su correcto inglés- que antes de partir cambió de camioneta.  El chofer parece entender.  Cierra la puerta, se sube de su lado y sigue manejando.  Dubitativo, un tramo después, el tipo vuelve a detenerse, vuelve a abrir la puerta y vuelve a buscar al oriental que le falta.  Claudio vuelve a explicarle que bla, bla, bla.  El egipcio esta vez no entiende e insiste en que le falta un japonés: él salió con cuatro y ahora tiene sólo tres.  Mientras tanto los compatriotas del ausente están prolijamente sentaditos, derechitos, uno al lado del otro, atérmicos, observando la situación. ¿Creerán que están viendo una de vaqueros?  Ellos no emiten sonido alguno.  Los argentinos estamos todos a los gritos.  Por el ponja que se comió un ajo. Por el egipcio, que no entiende un carajo.  Por la puerta abierta.  Por el frío.  Por el convoy que ya, sencillamente, no se ve.  El egipcio vuelve a contar los japoneses y no le cierran los números.  Cuatro dedos. ¡Tres dedos!  Claudio está que arde.  El egipcio no queda muy convencido, pero así y todo, se da por vencido y continua manejando con un asiático menos -que nunca supo dónde lo perdió-.  Consecuencia nefasta de pretender encerrar a un egipcio, siete argentinos y cuatro "menos un" turistas japoneses en un mismo vehículo.


"Los Egipcianis" conquistando el techo de algún templo

Hacia las seis de la mañana comienza a asomar tímidamente el sol.  Sobre el horizonte, a toda máquina, comienza a encender nuevamente sus calderas y sus llamas.  Sus rayos apenas entibian las ventanas y comienzan a derretir lentamente el hielo.  El desierto dorado se inunda de luz pero el paisaje se ve desdibujado por las estrías de agua que serpentean contra el viento.  Alicia prepara un matecocido con un saquito que sacó de un bolsillo, con poca agua, en la tapa del termo.  Lo miro como si fuese un lingote de oro enrarecido, opaco y traslúcido… no alcanza a llenar la mitad del recipiente, su color no es consistente y se lo ve aguachento aún con escasa agua.  Ambas lo miramos implorantes aguardando el milagro que finalmente no sucede… en lugar del indicador deseado se da paso la señal más temida y pavorosa: sin humo.  Uno solo para las dos.  Está frío y no supera los dos sorbos.  Esta muy lejos de ser placentero... ni siquiera sirve como ilusión óptica.  Confío en que de un momento a otro el sol comience a calentar la arena.  En el hotel nos habían preparado una vianda con pan y mermelada pero el pan está congelado. No se lo puede partir. No se lo puede comer.  El maná se convirtió en piedra.  Ajo-derse y Agua-ntarse.  Me entrego. Cierro los ojos y dejo que el sol, que todavía no logra recuperarse de la noche fría del desierto, me vaya acunando.  Hasta el disco sagrado, que intenta foguearse a sí mismo, está helado.


Finalmente llegamos a Abu Simbel.  El templo de Ramsés II se alza majestuoso a orillas del Lago Nasser.  Descendemos.  El aire es fresco y puro.  La paz del lugar es inmensa.  Nos apartamos en un rincón para estirar los músculos y a oxigenar nuestros pulmones.  En eso, vemos venir uno de los japoneses que había viajado con nosotros.  Se acerca cual lord inglés y muuuuuuy relajadamente nos dice “Hola, buen día. Hablo castellano. Soy de Buenos Aires. ¿Cómo estuvo el viaje?”


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