Mostrando entradas con la etiqueta Choquequirao. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Choquequirao. Mostrar todas las entradas

sábado, 12 de mayo de 2012

Mis Viajes a Perú

Uno de los destinos que más reiteradamente visité fue sin dudas el Perú. Cuando era adolescente y recién me iniciaba en esto de mochilear por el mundo, veía a Machu Picchu como el punto culminante de mi aventura: La Meca Mochilera. En esa época, Perú era en mi mente sinónimo de Machu Picchu y de nada más, era como que la Ciudadela Incaica surgiendo de entre la vegetación espesa de la selva y envuelta en un aura de magia, era todo lo yo imaginaba que podía encontrar en ese país y hacer el trekking por el Camino del Inca se había convertido en mi objetivo final.

Recuerdo que en aquellas épocas el trekking por el Camino del Inca se publicitaba como "4 días / 3 noches" en todos los folletines de viajes estudiantiles y yo los guardaba celosamente, miraba la ciudadela encantada deseando algún
día poder alcanzarla, pero para esa época y para la edad que tenía, llegar a Machu Picchu recorriendo tierras extranjeras era una idea muy lejana.

Sin embargo, el plan seguía dando vueltas en mi mente y las anotaciones de los detalles y los cálculos monetarios que insumía tal empresa, se amontonaban entre mis papeles, hasta que poco a poco fueron tomando la forma de un posible viaje. Incluso se dibujaba difusa una fecha estimada de partida para el año 2006, pero ni bien se iniciaba el año 2005, yo había perdido mi único sustento monetario: mi trabajo. Me llevó casi un año reponerme de ese duro golpe y otro año más estabilizarme monetariamente.
No sólo no había podido viajar al Perú sino que no había podido salir de mi ciudad ni de mi propia casa.

Pero el 2007 se tornaba bastante alentador, contaba con un nuevo trabajo y una nueva posibilidad de sustento económico que incluso me daba un poco más de cintura en todos los movimientos, sin embargo, por segunda vez mi viaje se vio truncado: hacia fines del 2007 un accidente en una de mis rodillas me llevó directo al quirófano.

Mis deseos de llegar a la Ciudadela Incaica no menguaban y luego de un intenso trabajo de rehabilitación, dos años más tarde, para el 2009, estaba lista para partir. El viaje incluía en su trayecto: Argentina, Bolivia y Perú. Contaba con dos semanas pero con escaso dinero, lo cual me limitaba a hacer todo el trayecto por tierra. El ingreso a Perú era vía Puno y de ahí triangulaba con Cuzco y Machu Picchu. Pero recuerdo que en aquellas épocas miraba el mapa y cuando ya Machu Picchu se había tornado en un destino accesible, Lima me desafiaba desde el rabillo oeste de mi ojo izquierdo. El trayecto Cuzco-Lima por tierra era demasiado extenso para sumarlo a mi travesía, sin embargo había algo en la
Ciudad de Los Reyes que llamaba mi atención, algo que se me tornaba misterioso, potente y nuevamente lejano para mi. Lima quedaba definitivamente fuera de mis posibilidades.


Recuerdo que viví esos cuatro días que duraba el trayecto del Camino del Inca con suma intensidad. La mezcla de sensaciones era verborrágica e intestina: lloraba, saltaba, cantaba y reía, todo a la vez. Pero si hay algo en lo que me marcó ese viaje fue que viví mis día en el Camino del Inca como una metáfora de la vida misma: uno comienza el trayecto entusiasmado, con fuerzas, con energías, con optimismo pero a medida que van avanzando los días, las fuerzas menguan, uno empieza a apoyarse más en los bastones y menos en la musculatura propia y se dá cuenta que en definitiva transita ese camino sólo, y aún cuando va rodeado de gente, no son más que desconocidos en quienes tiene que confiar y con quienes tiene que aprender a negociar para evitar que su andar sea realmente solitario. Uno aprende a apoyarse en el otro, a confiar en el otro, porque es la única manera de seguir adelante. En cuestión tan sólo de cuatro días, uno arma redes sociales por medio de amistades construidas casi instantáneamente para poder sobrevivir. Pero para sorpresa mía, al finalizar el trayecto me esperaba un autodescubrimiento más: me había dado cuenta que si ese camino había sido una metáfora de la vida, entonces no me había gustado transitarlo en solitario. En ese momento descubrí que hubiera querido tener alguien especial caminando a mi lado y a partir de ese momento sentía que quería transitar mi vida al lado de alguien más.

En el viaje a Machu Picchu pasaron un par de cosas más que marcaron a partir de ese momento mi destino: (1)
me había comprado una Chacana Mágica de serpentina y plata (2) me había comprado unos sahumerios artesanales hechos de plantas andinas (3) había conocido a un mochilero que me había hablado de una ciudad incaica llamada Choquequirao.

No todas las Chacanas eran realmente mágicas. Mientras paseaba por los mercados de Puno y Cuzco, tomaba las Chacanas en mis manos pero no sentía absolutamente nada hasta que sin buscarlo, dí con una Chacana tallada en una piedra verde llamada serpentina con decoraciones en plata en el mercado de Aguas Calientes. La miré y llamó mi atención. La tomé con mi mano y al encerrarla en mi puño pude sentir su poder. Era de una belleza excepcional pero su valor monetario excedía lo que yo podía gastar en ese día (e incluso en varios días más) y así como la tuve l
a dejé. El tren hacia Cuzco estaba a punto de partir y algo me decía que yo tenía que volver por mi Chacana. Comprarla significaba quedarme monetariamente en banca rota para el resto del día, pero el pasaje ya lo tenía y realmente no necesitaba comprar nada más, así que recorrí el laberinto del mercado donde todos los puestos se me tornaba iguales, hasta que di con la señora que me la había ofrecido y finalmente me la llevé.

Una vez en mi ciudad natal, sobrecargué a la Chacana con pedidos que excedían su poder, era una Chacana Mágica, no una Chacana hacedora de milagros y finalmente decidió abandonarme soltándose de mi cuello. Pero, a falta de Chacana, me la agarré con los sahumerios y un día, cuando el humo espeso de las hierbas quemadas se apoderó como una neblina de mi habitación, me sentí en conexión con los Dioses Incas y les pedí que me ayudaran a encontrar al amor de mi vida. No tenía nada para ofrecerles a cambio, pero en ese momento me vino a la mente aquella otra ciudadela de la que me habían hablado e inmediatamente les prometí que a cambio dedicaría mi vida a cuidar Choquequirao. Unos días después, casi por arte de magia, apareció en mi vida un mochilero que gustaba de viajar tanto como yo, pero lo que más me impresionó fue cuando mencionó su nacionalidad: era peruano. A partir de ese momento sentí que estaba en deuda con Los Dioses.

Mi viaje a Choquequirao comenzó a tomar forma rápidamente pero esta vez quería optimizar los tiempos y la vía aérea se tornó mi medio de transporte principal. Llegar a Choquequirao implicaba previamente volver a pisar Cuzco, aquella ciudad que se había tornado esquiva en mi primer viaje haciéndome perder parte de sus fotos, pero que así y todo se había convertido en la ciudad de mis sueños. Y ahora tenía no sólo la oportunidad sino también el deseo de visitar a Lima y a su limeño especial. Pero nuevamente en el mapa la airosa ciudad de Lima desafiaba todos mi planes, así que sin dudarlo junté un par de anillos y pulseras de oro y las vendí a fin de obtener efectivo para el viaje. Resultaba paradójico pensar que los españoles durante la conquista fundían el oro del Perú para enviarlo a España y que yo para poder viajar al Perú hacía la operación inversa.
Definitivamente mi viaje a Choquequirao fue el viaje en el que menos dinero llevé, estaba tan ahorcada monetariamente que recuerdo que contaba las monedas para poder comer. Igualmente, a diferencia de lo que sucede en otros países, las monedas en el Perú abundan y tienen altas denominaciones, con lo cual, poseer muchas monedas genera la falsa impresión de poseer migajas de dinero cuando en realidad en su conjunto pueden conformar una suma interesante. En una de mis primeras visitas a los museos de Lima vi una pequeña vasija de doble pico de color turquesa que costaba tan sólo cinco soles pero no podía darme el lujo de tener esa pequeña pieza y no comer, así que por mucho que me gustaba, la olvidé.

Seguí mi camino hacia Cuzco y de ahí partí, entre entusiasmada y temerosa, hacia Choquequirao. La montaña no me lo hacía fácil sino que me retaba a duelo, al lado de esto Machu Picchu se había convertido en un juego de niños y pronto me di cuenta que no podría continuar mi camino. Había quedado a pocos metros de la cima debido a que mi cuerpo no podía sobreponerse a las condiciones del clima, de la exigencia física y de la altura, así que abandonando muy a mi pesar mi objetivo, decidí volver. "Cuando la montaña no quiere, no quiere" me habían dicho y por suerte, supe escuchar el
mensaje que ésta me decía. Lo que tal vez no interpreté fue que el no cumplir con mi promesa tenía consecuencias directas con aquella relación que tanto estaba deseando preservar, o tal vez fue sólo un aviso, una señal, una advertencia, lo cierto es que el algún momento no muy lejano, el encanto de esa bella relación se rompió y la magia desapareció.


Chacana Mágica corazón de Huayruro

Así y todo, estando en el Valle Sagrado, decidí reponer mi Chacana perdida y entre los puestos de los mercados de la zona di con una nueva Chacana Mágica de serpentina, por cierto bastante más chica que la anterior, pero con una semilla de huayruro en su corazón, lo que la convertía en una pieza originaria y a la vez original.
Tanto en mi primer viaje a Machu Picchu como en mi segundo viaje a Choquequirao, Arequipa había formado parte inicial de mis planes, pero por cuestiones de distancias y de tiempos, en ambos proyectos había quedado descartada desde el inicio mismo.







Vasija de doble pico
En el año 2011 tuve la tercer oportunidad de viajar al Perú, pero esta vez ingresando desde la frontera con Chile, desde Arica hacia Tacna. Y finalmente, entre los mercados de Tacna, pude encontrar aquella vasija de doble pico color turquesa que había dejado pasar en mi viaje anterior. Arequipa quedaba tan sólo unos pasos hacia el norte pero por cuetiones de tiempo, mi visita hacia aquella pintoresca ciudad quedaría postergada por tercera vez.

Mirando hacia atrás, descubro que en cada viaje Perú me deja pendiente algo por hacer, algo por conseguir, algo por alcanzar, siempre me da pero me quita a la vez, nunca me deja el todo en las manos, arrastrándome a visitarlo una y otra y otra vez...

 ***

Si querés conocer más acerca de estos viajes, te dejo los links de sus respectivos Diarios de Viaje

PUNO-CUZCO-MACHU PICCHU

LIMA-CUZCO-CHOQUEQUIRAO

TACNA

viernes, 15 de abril de 2011

PERU - CAP 13/15: DIA 4 – Choquequirao - la despedida

Choquequirao, Perú — viernes, 15 de abril de 2011
Sin ningún apuro por llegar a ningún lado, nos fuimos despertando de a uno.  Yo fui la primera.  Hacía frío y había mucha niebla, sin embargo me abrigué y salí de la carpa, me senté sobre una piedra, contemplé ese manto blanco que se posaba sobre todas las laderas de las montañas de la zona y llené mis pulmones de esa brisa fresca y verde.  No había nadie ni nada, la soledad era inmensa y la naturaleza se permeaba por los poros.
Desayunamos e iniciamos el último tramo del camino de regreso hacia Cachora.  Y ahí sí sentí que estaba poniendo en peligro mi vida y comprendí lo peligroso que había sido todo este viaje, incluyendo el tramo en camioneta de Cusco a Cachora.  Los conductores no respetan la doble línea amarilla y lamentablemente son caminos sinuosos donde reinan estas líneas.  Tampoco hay códigos para pasarse, nadie utiliza el guiño para avisar al de atrás que va a pasar al de adelante, el de adelante tampoco aminora, ni se corre a la derecha ni hace señas para indicarle al de atrás si puede o no pasarlo.  Perú en general es como muy informal y el tránsito no es la excepción, cada cual maneja a su gusto y antojo… cada cual maneja según sus propias reglas, incluso en la ciudad ante un semáforo en rojo los autos continúan circulando… y no hay nadie que penalice esta acción.  Algo similar ocurre también entre los peatones: he pedido “permiso” al caminar entre la gente y parece que nadie me entiende, nadie se corre ni un milímetro.
Pero volviendo a la montaña, comenzamos a caminar y siendo el mismo camino que habíamos realizado tres días atrás, ahora estaba modificado por numerosos derrumbes de tamaño considerable, uno tras otro, no sé cuántos habré atravesado pero ahí estaba la montaña posándose sobre el camino con sus rocas y su tierra.  Incluso había tramos del camino que sencillamente habían desaparecido o que la tierra se había marcado como una tajada de torta lista para desprenderse de la montaña.

La pendiente de la ladera es abrupta y cualquier caída conduce directamente al vacío.  Pero no sólo caminé entre derrumbes, entre rocas caídas sobre camino, caminé también SOBRE derrumbes que habían sepultado el camino y ahí sí sentí por primera vez en el viaje mucho miedo.  Pero también descubrí que con el correr de los años, haciendo esta actividad, perdí el vértigo y eso es un logro muy importante para mi porque significa una mayor confianza en mis pasos no sólo física sino emocionalmente.
Pero estos eran derrumbes que se habían tragado el camino y nosotros pasábamos sobre ellos, sobre ese cono de tierra y rocas inestables.  Cualquier movimiento, incluso un paso, podrían reactivarlo.  No miré hacia abajo salvo por el rabillo del ojo.  Uno de ellos era mayormente color oscuro y lo atravesamos por lo alto pero el segundo era mayormente color claro y lo atravesamos por una parte baja donde sólo cabía un pie a la vez.  Sólo vi por el rabillo de mi ojo izquierdo que el manto blanco continuaba hacia abajo como un abanico… y mi imprudencia fue llevar los bastones en la mano derecha donde estaba el sector superior del derrumbe, casi pegado a mi hombro derecho.  Sé que en dos oportunidades mis palos tocaron esas piedras pero por suerte nada se movió y puedo contarlo, sin embargo, recordar este momento, hace retornar el temor a mi cuerpo, me pregunto una y mil veces por qué no lo pensé mejor antes de atravesarlo, aún cuando no sucedió nada, siento que fui imprudente.
Llegado a cierto punto sobre la carretera marcado por una flecha en el piso armada con piedras blancas, el camino se convierte en un atajo, un sendero que se interna nuevamente entre la vegetación.  Este último trayecto, bastante más amigable, es el que conduce finalmente al pueblo de Cachora.

Mi apreciación final del viaje es la siguiente:
1. Es un camino empinado, alto, difícil aunque poco dificultoso pero muy peligroso
2. No es para hacerlo en época de lluvia ni de calor sino en época fría y seca
3. Siendo que el Camino del Inca con grado de dificultad “fácil” uno lo realiza en 4 días/3 noches, hacer Choquequirao con grado de dificultad “difícil” no debería hacerse en la misma cantidad de tiempo sino en un tiempo mayor
4. De hacerlo nuevamente, lo haría a mi ritmo, no con los tiempos a cumplir prefijados por un operador turístico que vende desde su escritorio sino siguiendo mis propios tiempos de aclimatación, utilizando para ello los campamentos disponibles a fin de avanzar de a tramos cortos
5. Avanzaría sólo en horas anteriores y posteriores al sol, por la madrugada y por la tarde, a fin de evitar el sol cercano al cenit
6.  Tener presente que con esta programación el trekk duró 3 días ya que se inició al mediodía del primer día y terminó la mañana del cuarto día y no 4 días / 3 noches como lo venden
7. Prestar atención con la programación del segundo día ya que es una locura pretender descender media montaña y ascender una montaña entera de la base a la cima todo en un mismo día
8. Llevar provisiones suficientes de agua, si bien hay venta de bebidas en los campamentos, en el trayecto entre uno y otro el agua se evapora apenas entra al cuerpo y prácticamente no hay vertientes salvo una o dos en todo el camino, el río va por el fondo del valle, el camino por las laderas.  Yo he tomado unos 6 litros de agua durante la caminata de los 3 días, a razón de 2 litros por día.
9. He visto que en los campamentos hay venta de bebidas gaseosas, aguas, energizantes e incluso cerveza, pero no he visto provisión de alimentos salvo por un par de paquetes de galletas.  Tampoco he visto alquiler de carpas ni de equipo de montaña, los campamentos no son campamentos oficialmente montados sino que es la misma gente de la zona que tiene armados campamentos de campaña que se van adaptando a las necesidades de los turistas, es pura hospitalidad e inventiva de la gente local dentro de  su hábitat cotidiano.
10. El camino está claramente señalado y se puede ir incluso sin guía pero yo no iría sin un arriero y unas mulas que cargaran el grueso de mi equipaje, sobre todo porque uno se ve en la obligación de transportar sí o sí la carpa, la bolsa de dormir y los alimentos para toda la jornada.
11. La mochila de mano debería llevar únicamente: agua, repelente para insectos, cámara de fotos y poncho para la lluvia.  Todo lo demás es peso extra… incluso viajaría únicamente acarreando una cantimplora con agua.
12. La bolsa de dormir que yo utilicé es la única que tengo y que es para 10 grados bajo cero.   Dada la diferencia de altitud entre los distintos campamentos, cuando uno duerme dentro del cañadón, como por ejemplo en Chiquiscca, hace un calor húmedo y tropical que hace que uno quiera dormir fuera de la bolsa de dormir, pero cuando uno acampa a mayor altura, se siente la influencia del viento y los nevados y entonces uno busca meterse en la bolsa de dormir con abrigo extra, así de extrema es la temperatura.
13. Aún no logro descifrar si Choquequirao está todavía en mi lista de pendientes o es que simplemente no tenía que llegar y la montaña me perdonó…

jueves, 14 de abril de 2011

PERU - CAP 12/15: DIA 3 – Choquequirao - el gran escape

Choquequirao, Perú — jueves, 14 de abril de 2011

En algún momento me dormí y de pronto un sonido similar al que había escuchado durante la tarde me despertó.  Venía justo del lado derecho, del lado donde estaban el árbol inclinado y la piedra.  Abrí los ojos como una lechuza.  Aparentemente, por el ruido, eran  un par de piedritas y tierra.  Me senté de golpe y me quedé escuchando con atención en medio de la oscuridad.  Nuevamente el mismo sonido.  Pasaron unos minutos de calma y decidí retomar mi sueño hasta que un nuevo sonido me despertó, pero ahora sí eran piedras que según el sonido me parecía que eran tamaño mediano.  Esta vez el sonido provenía de mi lado izquierdo y a diferencia de los anteriores no se detenía sino que continuaba en cascada hacia abajo.


Yo no podía seguir durmiendo en una carpa porque no tenía noción de lo que estaba pasando ahí afuera, en medio de la oscuridad, no tenía tampoco noción de la distancia a la que se estaban produciendo estas fuentes de sonidos, así que desde la carpa llamé al cuidador a los gritos hasta despertarlo, le comenté de las caídas que él no había escuchado y le pedí me dejara pasar a su casa.  Me ofreció mitad de su cama donde cada uno durmió en su propia bolsa de dormir.  Estaba más tranquila ahí adentro pero sin embargo yo no lograba dormir en paz.  Rondaba por mi cabeza una idea sobre la que tenía que tomar una decisión.  ¿Pero cuál era la decisión más acertada?  Yo iba a ser la única persona descendiendo a las 6:00 am por ser la única persona que se encontraba en el campamento más bajo de la montaña.  ¿Qué hacer si me encontraba con uno de estos derrumbes?  ¿Y si algo me sucedía?  Tendría que esperar dos horas hasta que mi grupo pasara por el lugar para que me socorrieran.  Lo más lógico entonces era esperar ahí mismo, en el campamento, dos horas hasta la llegada de mi grupo y unirme a la bajada con ellos.  Eso era lo más lógico para cualquiera, lo más sensato para cualquiera.  Pero para mí eso implicaba meterme en el cañadón nuevamente a pleno sol y la ladera donde me encontraba la sentía peligrosa, amenazante, sentía que tenía que cruzar a la ladera de enfrente cuanto antes.  Mi sensación de peligro al quedarme paralizada en el lugar era mayor que mi sensación de miedo por moverme sola.  Tenía que salir cuanto antes de ahí.  Tenía que aprovechar la madrugada y ganarle al sol.
Me desperté a las 5am.  Todavía estaba oscuro como para partir.  Pensé que mi anfitrión iba a ofrecerme una taza con té de coca caliente pero en vez de eso tomó una taza, salió a orinar y desayunó su orín.  Tenía que irme cuanto antes de ahí.
Así, sin desayunar, alisté mis cosas, ajusté mis bastones y salí decidida a llegar a Chiquiscca sin volver atrás, sin mirar atrás, sin retroceder, sin amilanarme, “vos te metiste sola en esto, ahora tenés que salir de acá” me repetía una y mil veces en mi mente.
Empecé a hacer el recorrido de descenso intentando concentrarme sólo en escuchar el  sonido del río que todavía se oía distante.  En el camino habían aparecido pequeños derrumbes de tierra y piedras que el día anterior no estaban pero no era nada grave, así y todo, caminaba prestando atención a la ladera que quedaba por encima mío, a cada piedra colgante y buscaba en cada trecho del camino el mejor punto de refugio en caso de derrumbe, como quien busca la puerta de salida de emergencia.
Las veinte zetas cortas - Ladera Apurimac
Iba absolutamente concentrada, no podía haber margen de error, sin embargo en cuanto me distraía un poco, los pies me resbalaban sobre el pedregullo.  “Firme, firme, firme”  me repetía en voz baja para apoyar con firmeza mis bastones.  Iba midiendo  mi descenso en comparación con el camino de la ladera de enfrente e incluso me detuve un instante para tomarle una foto que incluía no sólo el camino de ascenso sino también el campamento de Chiquiscca a fin de poder utilizarlo a  modo de mapa.
En el primer tramo recto de la ladera de enfrente había un derrumbe en medio del cual habían abierto el camino, con lo cual quedaba medio derrumbe suspendido por encima del camino y medio derrumbe esparcido por debajo.  Era un punto peligroso queme tenía preocupada pero decidí no preocuparme todavía por él, no podía estar en una ladera preocupándome por la otra, necesitaba concentrarme en salir de donde estaba.  Sólo me preocuparía de este tema cuando llegara el momento de atravesarlo.  Me había propuesto no detenerme hasta salir de esa montaña, hasta cruzar hacia la ribera opuesta del río, hasta llegar al campamento de Playa Rosalina.
El Puente y Playa Rosalina
De pronto divisé entre la vegetación los techos verdes del campamento de Playa Rosalina en la ribera opuesta y unos metros después divisé el puente.  El río estaba cerca, el camino se acercaba ahora más al río, tenía que concentrarme más que nunca.  El río corría rápido y furioso haciendo tremendos saltos y remolinos.  Llegué a la base.  Me detuve de frente al puente.  Ajusté mis correas.   Tomé mis palos de trekk en la mano izquierda y caminé firme por el lado derecho del puente, intentando pisar siempre sobre la madera longitudinal.  El puente ondulaba longitudinalmente haciéndose eco de cada paso.  Caminé a paso firme mirando sólo un punto fijo al final de puente.  Mi mano derecha iba caminando sobre el enrejado.  Delante mío una madera transversal algo suelta.  La evité.  Continué sin dudar, sin detenerme, sin mirar a los lados, el río no existía en ese momento en mi mundo aunque corría caudaloso debajo de mis pies.  Sólo cuando llegué a la otra orilla me sentí a salvo, tomé mi cámara y fotografié al puente y al río que me habían dejado pasar.  No sé por qué, pero en esta ladera sí me sentía segura.

Me adentré en la montaña nuevamente.  Caminé unos metros más entre la vegetación y las piedras y encontré un par de gallinas y gansos, me sentí aliviada porque eso significaba también la presencia de humanos: había llegado al campamento de Playa Rosalina.  Me senté en el hall de una de las casillas con los plumíferos picoteando a mi alrededor a descansar y rehidratarme sólo unos diez minutos.  No parecía haber nadie ahí, sin embargo en un momento como de la nada apareció una chica que absolutamente cargada con el total de su mochila enfiló directo por el camino de ascenso hacia Chiquiscca, sin mirarme siquiera, como si no me hubiese visto  ¿o sí?.  Ni siquiera se sorprendió de mi presencia.  Tomé mis cosas y me apresuré para ir unos metros detrás de ella.  En el camino descubrí que tenía un par de compañeros más que todavía estaban alistando sus cosas para partir.  Si lograba mantener el mismo ritmo que ella, sus compañeros quedarían detrás mío y así iría acompañada en medio de una caravana mochilera.  Ella iba muchísimo más cargada que yo, llevaba una mochila grande y el aislante enrollado en lo alto de la misma.  Por la forma en que se apareció delante mío, así, de la nada y tomó el camino de ascenso, sin mirarme, sin sorprenderse, me pareció que no era real, era como una imagen mochilera que me guiaba en el camino… ella iba no sólo delante mío sino adelantada con respecto a sus propios compañeros, marcándome el camino, segura de sí misma y segura frente a la montaña.
Ella llevaba el total de su equipaje sobre su espalda.  Yo llevaba solo una mochila liviana, mi mochila grande había quedado en el campamento de Santa Rosa dentro de la carpa, cuando los arrieros pasaran por ahí durante su descenso, iban a retirarla, sin embargo, no sólo luego de unos metros la perdí de vista sino que comenzaron a pasarme también uno a uno sus propios compañeros.  Estaba nuevamente caminando en solitario.
Tenía que pasar por el derrumbe y a partir de ahí comenzaba el camino en forma de “Z” con un total de 20 rectas.  Decidí contar las rectas para saber cuánto faltaba para terminar de transitarlas.  El sol comenzaba a asomar entre las montañas, así que decidí enumerarlas según fueran pares o impares de la siguiente manera: “uno, a favor del sol”, “dos, en contra del sol”, “tres, a favor del sol” y lo iba repitiendo en voz baja para no perder la cuenta y para alentarme.  El sonido del río me acompañó hasta la última de mis rectas que no resultaron ser 20 sino “diecisiete, a favor del sol”… vaya uno a saber en qué momento perdí las tres rectas faltantes, pero eso ya no importaba, las había atravesado en menos de lo que pensaba.  A partir de ahí el camino ingresaba en la ceja de selva nuevamente, tan espesa que de pronto dejó de oírse el río y dejó de verse la ladera opuesta, el camino se internaba de golpe en la vegetación espesa.  Pero inmediatamente a dejar de oír el río, como si fuera un cambio en el sonido, comencé a escuchar un sonido nuevo: el ruido de pequeños hilos de agua escurriendo al costado del camino.  Miré hacia la cima de esa montaña y efectivamente venían cayendo pequeñas cascadas de agua desde lo más alto, eso significaba que debía haber llovido en la cima y ahora el agua de lluvia estaba escurriéndose por la ladera.  Tenía que encontrar el campamento lo más rápido posible.
Tomé mi cámara y miré la foto que había tomado horas antes desde la ladera de enfrente.  El campamento no podía estar muy lejos pero entre tanta vegetación tenía miedo de no verlo.  De pronto un cerco de maderas, un caballo y unas casas de madera.  Me acerqué, se parecía al campamento pero como si lo hubiesen abandonado de golpe.  No había nadie.  Evidentemente se parecía al que tenía en mi memoria pero no era.  ¿Estaba más adelante o ya lo había pasado?
Busqué huellas de pisadas frescas en el camino para saber si estaba en el camino correcto y efectivamente había huellas de zapatos de trekking.  Caminé unos metros más y divisé unas gallinas.  Jamás me sentí tan feliz en mi vida de ver gallinas porque significaba la presencia humana.  Unos pasos más y divisé unos caballos… unos árboles frutales… las casillas de cañas… HABIA LLEGADO AL CAMPAMENTO DE CHIQUISCCA!!!
Guanabana
Saludé a lo lejos a la familia que habita el lugar, para quienes el transitar de mochileros por sus instalaciones es completamente normal y me senté en un banco a recuperarme.  Lo había logrado.  Pero tenía la remera literalmente mojada y ahora que estaba quieta mi propia transpiración comenzaba a darme frío.  Así que me saqué la remera mojada y me puse la única prenda que tenía en mi mochila, un buzo de micropolar.  Puse la remera a secar al sol y caminé entre los árboles frutales buscando algo para comer.  Mi prueba de frutas peruanas me había dado algo de experiencia en el tema.  Había papaya, plátanos, paltas, guanabana, granadilla.  Tomé una granadilla y una papaya.  Pero como siempre, abrí la granadilla mal y me cayó todo el jugo sobre el buzo.  Recordé mis clases de ergología y los artefactos de los primeros homínidos, así fue que busqué una laja cortante y comencé a abrir la papaya pero estaba verde todavía.
De pronto descubrí un grupo de argentinos gritones en la zona de carpas que estaban discutiendo entre hacer mate o fideos.  Otros tantos se estaban bañando en unas duchas de agua fría al aire libre y se pedían a los gritos las toallas y el jabón.  Y no podía faltar la desubicada que se paseaba en ropas livianas delante de la familia local.  Hablé con uno de ellos mientras la familia local se fue a hacer tareas de molienda y eso me ayudó a pasar el tiempo y a sentirme mejor.
Una hora más tarde comenzaron a llegar uno a uno los integrantes de mi grupo.  Ese día almorzamos ahí todos juntos y luego continuamos el camino de ascenso hacia el Mirador de Capulloc a metros del cual hay una casa vacía, ahí íbamos a acampar.
El camino de ascenso lo comenzamos a las 12:30hs, a pleno rayo del sol, el calor era agobiante, no había sombra más que debajo de unos pequeños, abiertos y dispersos arbustos donde se podía recuperar un poco la temperatura pero no había forma de huir del sol.  Siempre que veo en Buenos Aires gente que sale a correr al mediodía a pleno rayo del sol, pienso que están locos, que están atentando en contra de su propia vida, que van a morir ahí mismo de un paro cardíaco y yo estaba haciendo algo más arriesgado todavía, estaba a más de 2000 metros sobre el nivel del mar subiendo una montaña sin posibilidad de sombra y reparo alguno.  Era como caminar a pleno sol por el desierto.  Me sudaba hasta la cabeza y las moscas y mosquitos custodiaban mi cara y se pegaban en la transpiración.

De pronto la zona de las 10 grandes rectas en forma de “Z”.  Ya estaba cayendo el sol, se sentía una brisa fresca pero cada recta se hacía interminable.  De pronto la última curva, desde donde deja de verse definitivamente el valle de Choquequirao.  Me detuve unos emotivos instantes para despedirme y agradecer a ese paisaje al que lentamente el sol atenuaba su luz.  Al final de la última "Z" el punto culmine: el Mirador de Capulloc y unos metros más allá el campamento ya estaba armado.




En esa zona sí había viento y hacía frío y pude disfrutar por fin de una temperatura agradable para mi cuerpo.  Merendamos con una cacerola de pochoclos calientes y cenamos a la luz de la luna rodeados de grandes picos nevados y debajo de un cielo bellamente estrellado en el hall de entrada de la casa que, a medio terminar, no tenía puertas ni ventanas.  De todos los campamentos que hice en mi vida, este fue el mejor.
La casa está justo sobre una curva en la montaña y a su lado teníamos armadas las 4 carpas, con lo cual el viento venía de todas partes.  Pero cuando estábamos alistándonos para dormir, salió como de la nada, ascendiendo de un salto de la ladera de abajo, una vaca completamente blanca, que estaba entre furiosa y curiosa por nuestra presencia.  Se paseó entre las carpas oliéndolas ruidosa, profusa e insistentemente.  Seguramente habíamos invadido su territorio y tuvimos que asustarla con piedras para que se alejara del lugar.  Con mi compañera peruana ajustamos las cuerdas de la carpa, repartimos el peso del equipaje entre las 4 esquinas de la misma, tomamos unos tragos de licor, nos abrigamos bien y nos fuimos a dormir en una noche tranquila y relajada, entre lluviosa y ventosa, pero maravillosa.  Porque estaba ahí, a pesar de todo, disfrutando de un momento que en mi vida se tornaría único.-

miércoles, 13 de abril de 2011

PERU - CAP 11/15: DIA 2 – Choquequirao - secreto en la montaña

Choquequirao, Perú — miércoles, 13 de abril de 2011
El camino a Choquequirao incluye básicamente dos laderas de dos montañas distintas: la de “bajada” que pertenece al departamento de Apurimac y la de “subida” que pertenece al departamento de Cusco (“bajada” y “subida” con respecto al camino de ida).
Nosotros nos encontrábamos todavía en la primera de ellas y el programa para este segundo día incluía terminar de descender desde el campamento de Chiquiscca hasta la base de esa montaña donde se encuentra el campamento Playa Rosalina junto al río Apurimac.  De ahí había que cruzar el puente sobre el río y comenzar el ascenso por la ladera cusqueña desde su base, atravesando los campamentos Santa Rosa, Santa Rosa Alta y Marampata (en ese orden) para luego llegar a la cima, a la Cuna de Oro, a Choquequirao.  La diferencia entre las dos laderas es notable: la primera se compone mayormente de tierras rojas, la segunda se compone mayormente de piedras sueltas.
Habiendo ascendido ya la subida inicial del primer día, decidí pasar todo el peso extra de mi mochila de mano a la mochila grande que cargaba la mula, incluso me deshice de mi cámara de fotos, prioricé llegar, prioricé mi salud a un simple recuerdo fotográfico, así que la mula chévere llevaba mochila y cámara  = )   Así fue que dejé en mi mochila sólo 2 litros de agua, un poncho de lluvia y repelente para mosquitos.
La bajada de Chiquiscca a Playa Rosalina se hace por medio de un camino en forma de “Z”  con un total de 20 rectas cortas.  Llegados a la base, cruzamos el puente e iniciamos la temida subida.  Caminaba prácticamente en cuatro patas: 2 piernas y 2 bastones de trekk que me obligaban a hacer fuerza y movimientos de tracción también con los brazos… algo así como una 4×4 humana  =)   
 
La vegetación de la zona es ceja de selva, es húmedo, tropical, empezaba a pegarme el sol y transpiraba demasiado, sobre todo en la espalda donde llevaba la mochila, en la cabeza donde llevaba la gorra con visera y me corría el agua por la cara.  Sentía presión en los oídos, como que los tímpanos me iban a estallar (nunca antes había tenido noción sensitiva de los tímpanos) y por momentos sentía también latir mi cerebro entero dentro del la bóveda craneana (tampoco nunca antes había tenido noción sensitiva del cerebro).  El cuerpo entero transpiraba para regular la temperatura corporal y el líquido que perdía por transpiración me provocaba una tremenda sed que tenía que saciar constantemente, pero ningún sorbo de agua era suficiente, es como que se evaporaba ni bien entraba a mi boca.  Mi cerebro repetía sonidos y números, como desconectado del resto del cuerpo, era como que el cuerpo caminaba sólo, por inercia pero en automático, sin piloto, acéfalo.  En un momento noté que comenzaba a detenerme exactamente cada 20 pasos para poder recuperarme.  El corazón me bombeaba a mil.  Me faltaba oxígeno no sólo para mis pulmones y mi cerebro, sino para poder contraer la musculatura de las piernas.  La subida se me hacía muy lenta, eterna.  Estaba a unos 2000 metros sobre el nivel de mar.  Normalmente sufro mucho los veranos en Buenos Aires estando incluso a nivel del mar porque tengo presión baja y el esfuerzo que estaba haciendo en estas condiciones estaba matándome aún más.
Había desayunado té de coca, iba comiendo caramelos de coca, había tomado Nastisol y tenía Vick Vapo Rub en el pecho pero parecía que todos estos productos “mágicos” estaban de golpe vencidos, habían perdido su eficacia.  Mi nariz seguía congestionada y con coágulos de sangre.  Tenía la piel húmeda, pegajosa, la ropa mojada de sudor, embarrada, manchada.
Miré hacia lo alto, la primer y única cima que tenía a la vista estaba muy lejana.  Pensé en volver hacia atrás, hacia abajo, para quedarme en Playa Rosalina a nivel del río, pero las mulas con las carpas y mochilas ya habían comenzado el ascenso, sin bolsa de dormir no podía pasar la noche en ninguna parte, así que no tenía más opción que esforzarme para llegar a esa primera cima que se alzaba en lo alto: el campamento Santa Rosa.
El plan del grupo era llegar al mediodía al campamento más alto, Marampata, almorzar ahí y partir hacia Choquequirao luego del almuerzo.  Al paso que yo iba, para llegar a Marampata necesitaba un pulmotor, pero si es que lograba llegar, para ese momento mis compañeros ya no estarían ahí sino en Choquequirao, o sea que yo iba a hacer todo el esfuerzo simplemente para terminar únicamente acampando con ellos.  De ser así no valía la pena hacer el esfuerzo y decidí quedarme en el campamento de Santa Rosa.  Finalmente el guía le pidió al arriero que me armaran una carpa y desempacaran mi mochila en ese campamento.
Campamento Santa Rosa
Estaba empezando a chocarme las puntas de los pies contra las piedras por no levantarlos lo suficiente como para pasarlas por encima, eso era otra señal de cansancio.  Para cuando llegué a Santa Rosa tenía la carpa armada y mi mochila esperándome a su lado.  En ese momento pregunté cuán lejos quedaba Marampata y me señalaron nuevamente una única cima que se erguía en mi campo visual hacia el cielo, a una distancia similar a la que acababa de recorrer y ahí reafirmé mi decisión de quedarme sola en este campamento para volver a reencontrarme con mi grupo en el campamento de Chiquiscca al día siguiente.  En ese momento se me piantó un lagrimón por el esfuerzo que estaba haciendo, por lo que me había costado llegar hasta ahí no sólo en esa subida sino en el viaje en general, había destinado 4 meses a una preparación física intensiva, había vendido cosas para poder tener el dinero en efectivo para poder hacer el viaje, había pedido cosas prestadas y me había privado de otras tantas para poder ir detrás de este sueño y finalmente la meta no estaba cumplida, había quedado truncada, había atravesado 24 kilómetros y me había quedado 8 kilómetros antes de la meta… Choquequirao estaba ahí nomás, en el kilómetro 32, pero eran 8 kilómetros en ascenso con una pendiente mayor a la que había venido transitando y eso era para mí imposible de realizar en ese momento.
Mi grupo iba a comenzar el descenso desde Marampata, dos campamentos más arriba del mío a la misma hora en que yo iba a iniciar sola mi descenso desde Santa Rosa.  De esta manera yo iba a obtener una ventaja temporal a la hora de realizar la subida de las 20 rectas en “Z” de la ladera de enfrente, no sólo para no retrasarme con respecto a mis compañeros sino para poder ganarle al calcinante sol.

Pasé la tarde descansando, hablando con gente de la zona, con arrieros y viendo pasar a muchos aventureros en su camino de ascenso y descenso, pero todos estaban de paso, ninguno llegó para quedarse excepto yo.  En Santa Rosa hay venta de bebidas pero no se preparan comidas así que unos bombones de fruta, un chocolate y un paquete de papas fritas fueron mi alimento durante todo ese día.
El campamento se compone de tres terrazas para carpas en la más baja de las cuales se encontraba la mía.  Miré la pared que sostenía la segunda terraza y descubrí un árbol inclinado hacia abajo con sus raíces a medio cubrir y detrás de él una tremenda roca del tamaño de las que le caen encima al coyote.  La pared que formaba la terraza era simplemente un corte vertical en la ladera.  Miré mi carpa y estaba justo debajo del árbol y en el camino de la piedra, si la tierra cedía, no tenía oportunidad de escapar, así que mi primer acción fue correr mi carpa de su camino.  Miré a mi alrededor y las construcciones fijas de caña y barro estaban ubicadas estratégicamente justo en los dos extremos de esa pared que, desde mi punto de vista netamente personal, era inestable.
En la base de la terraza hay unos bancos hechos de cañas y ahí sentada fue donde pasé mi tarde charlando pero durante la tarde, en dos ocasiones, sucedieron pequeñísimos desprendimientos de piedritas y tierra.  El cuidador puso su mano sobre la tierra para ver si se trataba de un temblor pero según me explicó luego, era simplemente lo que se soltaba del movimiento de las raíces del árbol.  Yo sabía que por más pequeñísimos que fuesen esos desprendimientos, de escucharlos durante la noche, no podría dormir con tranquilidad porque desde la carpa y en medio de la oscuridad, no podría saber la real magnitud del suceso, no tendría forma de dimensionar lo que realmente pasaba afuera.  Tenía que pegar mi carpa lo más posible a las construcciones fijas.
Esperé la caída del sol, el ocaso del día, para hacer una ofrenda de maíz blanco -que me había dado mi madre en Buenos Aires- a la montaña, para agradecerle haberme dejado llegar hasta ahí, para pedirle que me protegiera en mi regreso y para que aún no habiendo alcanzado la cima, me ayudara a encontrar el amor.


Cuando el sol finalmente cayó y dejaron de pasar turistas, cuando sólo comenzaron a escucharse sonidos de chicharras, tipo 18hs, me metí en la carpa a escribir parte de este diario… era demasiado temprano para dormir… necesitaba matar el tiempo.  En ese momento pensé “vos te metiste en esto… fue tu elección… ahora te la tenés que bancar y buscar la forma de salir… vos sola te metiste en esto… ahora tenés que buscar la forma de salir… tenés que salir”.

Mi mapa
Tipo 19hs ya no quedaba casi luz salvo la de mi linterna, así que decidí tomarme dos largos y profundos tragos de licor y me metí vestida en la bolsa de dormir por si tenía que salir corriendo durante la noche ante cualquier eventualidad.  Estaba sola no sólo en la carpa sino en el campamento… sólo el cuidador estaba en su casilla y se alistaba también para dormir.  Mi carpa estaba finalmente pegada a la puerta de su casa.  El cuidador de advirtió que durante la noche yo iba a escuchar los sonidos de su meditación y así fue que desde mi carpa, en solitario, escuchaba sus largos y sostenidos “ohmmm, ohmmmm, ohmmmmm”, lo cual más que asustarme me servía para cerciorarme que él continuaba todavía despierto, era como una charla unidireccional, un monólogo de “os y emes”… pero en medio de todo eso… en algún momento de la noche, finalmente me dormí.-

martes, 12 de abril de 2011

PERU - CAP 10/15: DIA 1 - Choquequirao – el móvil

Tengo la cara desfigurada por 26 picaduras de mosquito.  Pero ¿qué fue lo que me motivó a partir hacia Choquequirao?  Como bien dije al principio de este diario, lo que motivó mi curiosidad por esta ciudadela incaica fue, cuando estando en Cusco en el año 2009, un historiador argentino que resultó ser compañero mío de la facultad, me habló de ella.  La ciudad gemela a Machu Picchu, La Cuna de Oro, yacía en un 70% todavía debajo de la vegetación.
El segundo móvil fue que hace un año atrás aproximadamente, mientras quemaba en mi casa unos inciensos incaicos traídos de Cusco, en un momento mi habitación se llenó de una niebla blanca y espesa.  En ese momento me sentí en contacto con las divinidades incaicas y acudí a su ayuda divina a cambio de una promesa: que me ayudaran a encontrar el amor a cambio de dedicar mi vida como arqueóloga a estudiar Choquequirao.  Pocos días después, conocí a un muchacho peruano con quien entablé una grata amistad, el hombre soñado parecía hacerse realidad.  Y lo más impresionante del caso es que yo soy y vivo en Argentina… el encuentro era algo realmente mágico.
De esta manera surgió un tercer móvil: leí toda la literatura disponible y en base a ello armé un plan de excavación arqueológica en los andenes de cultivo para poder determinar porcentajes de plantaciones destinadas al consumo doméstico versus las plantaciones destinadas al uso ritual y poder estimar así la densidad poblacional que estos andenes podían sustentar. Así fue que se inició mi Camino a Choquequirao, para cumplir mi papel de arqueóloga y de mujer enamorada.  Esta era la forma en que yo tenía planificado cumplir mi promesa, colocando todo este proyecto en mi tesis de licenciatura.
Tengo también picaduras menores en las manos.  Tengo otras tantas en los brazos, en las piernas, en los hombros, en el cuello y unas tremendas ronchas a la altura de la cintura en la espalda, pero ya no me atrevo a contarlas.  ¿Que si llevé repelente?  Sí, claro, llevé dos: uno en crema y otro en aerosol, colocados uno encima del otro hasta intoxicarme con el olor, pero cada picadura es un pago con sangre por querer ingresar en este territorio.
DIA 1: Choquequirao, Perú — martes, 12 de abril de 2011
Apenas si pude avisar a los míos que partía la madrugada siguiente a la montaña.  Me despedí rápidamente, vía telefónica, con muchos deseos de suerte y buenos augurios y me fui a dormir.  Pero esa noche dormí mal toda la noche.  Hacía varios días que dormía respirando por la boca por tener la nariz congestionada y esta noche no era la excepción, ni de la nariz, ni del frío invadiéndome de golpe todo el cuerpo.
Esa mañana me levanté realmente mal y ya desde la cama comencé a preguntarme: “¿Quién me mandó a meterme en esto?”.  Estaba descompuesta del estómago, tenía tapadas las vías respiratorias, tanto que al sonarme la nariz me salían como coágulos de sangre y tenía los labios blancos.  Incluso deseé que vinieran y me dijeran que se cancelaba la salida… fui al baño, me cambié, dejé todo listo y volví a acurrucarme en la cama, cerré los ojos y me adormecí hasta que golpearon a mi puerta, la hora de partida había llegado.  Podía cancelar yo mi partida pero me di la oportunidad de intentarlo aunque más no fuera el primer día, ya que se suponía que el camino para ese día era todo en descenso.  También pensé que juntándome con el resto del grupo, la emoción de la partida me ayudaría a disolver mi malestar.
Siendo un grupo de 5 integrantes salimos en camioneta desde Cusco hacia San Pedro de Cachora donde se inicia el trekking.  El trayecto es de unas 3 horas por carretera asfaltada y sinuosa, sobre la que cada tanto había ocurrido algún derrumbe pero ya estaban las topadoras ahí mismo despejando el camino.

A medida que el camino iba en descenso, iba haciendo más calor, mis labios empezaban a tomar color y empezaba a tener hambre, lo cual era una buena señal ya que desde el día anterior no soportaba sabor alguno.  Pero tenía que solucionar el tema de mi congestión, necesitaba poder respirar profundo por la nariz para el ascenso porque la respiración por boca, al ser más corta, agita más rápido.  Así fue que sin pensar demasiado las ecuaciones de presión, altura y temperatura me tomé un Nastisol en la camioneta para ver qué efecto me hacía.
  
De pronto, un desvío hacia Cachora por camino de ripio, también con derrumbes pero en este caso se hacía camino al andar.  Llegamos a Cachora, almorzamos y luego del almuerzo iniciamos el trekk.
A diferencia del Camino del Inca que tiene infinidad de escalones y piedras y que además es angosto, este camino es más ancho y se compone en gran parte de tierra con pedregullo.  Durante el camino fue un segundo Nastisol.
Ese primer día pude sentir sólo los sonidos del río caudaloso y omnipresente escondido entre la vegetación, pero extrañamente no se oía trinar a los pájaros.  El camino que teóricamente es “de bajada” se inicia con un ascenso leve pero continuado hasta un punto panorámico llamado Mirador de Capulloc.  Ahí empecé a notar que mi condición física no me iba a acompañar.


Había entrenado más duro que lo común durante los 4 meses previos al viaje aumentado el kilaje de las máquinas de fuerza, había hecho bicicleta e incluso cinta con una inclinación de 35 a 40 grados, había trabajado las piernas en el escalador como lo hago desde que tengo 16 años.  Desde esa edad que hago entrenamiento continuado, incluso las largas caminatas de 50 o 60 cuadras son comunes en mi día a día.  Tenía también todo el equipo: el repelente para los mosquitos, un licor y un chocolate para combatir el frío, bombones de fruta para recuperar azúcar, papas fritas para combatir la presión baja, bebidas energizantes para rehidratarme rápidamente, linternas, palos de trekk, rodillera, muñequera, una super campera de invierno y una bolsa de dormir para 10 grados bajo cero.
Pero no me falló el equipo.  No me falló la musculatura.  No me fallaron las articulaciones.  No sentí molestia alguna en la rodilla operada, lo cual me puso contenta por el buen trabajo previo que había hecho para compensar la lesión articular con un aumento de musculatura.  Me falló que entrené a nivel del mar e intenté replicar a 3000 metros sobre el nivel del mar, que entrené a temperatura controlada por un aire acondicionado e intenté replicar en un clima húmedo y a pleno rayo del sol.



Primeras diez zetas largas
Luego de atravesar el Mirador de Capulloc comienza recién el camino de descenso propiamente dicho por la ladera de la montaña en una seguidilla de caminos largos en forma de “Z” que se componen de un total de 10 rectas.  Esa noche acampamos en Chiquiscca, un campamento que queda un poco más allá de la última de esas rectas.


Como siempre, tanto en el Camino del Inca como acá, la labor del cocinero y del arriero es impecable.  Uno llega al campamento y tiene todo absolutamente listo: las carpas armadas y la comida caliente.  Las cuatro comidas del día son siempre suculentas, picantonas, recargadas y fritas.  Es increíble lo complejo que son los platos que cocinan siendo que lo hacen en cualquier rincón de la montaña y lo que más me maravilla es ver que transportan los maples de 30 huevos en las mulas y que llegan enteros!!!!!!!  Comimos huevos fritos, papas fritas, arroz, choclo, omeletes, pochoclos calientes, lentejas con carne, ensalada, sopa, pan, mantequilla, avena… una maravilla!!!

  En el campamento de Chiquiscca vive una familia con caballos, conejos, unas gallinas, una habitación llena de cuyes que por más que tienen la puerta abierta ellos no se escapan y una oveja a la que bauticé Dolly, ya que estando atada a un árbol frutal justo en la puerta de nuestra carpa, ella venía en busca de nuestras galletitas peruanas de soda (como las galletitas de agua argentinas pero más esponjosas).  También había muchos árboles frutales, con tanta abundancia de frutos que caían maduros y quedaban sobre la tierra entre las ramas y las hojas secas, así que uno podía caminar y servirse frutos directamente de los árboles si quería pero llegamos a ese campamento terminando la tarde y no hubo ocasión de relacionarnos con las frutas… no sería por lo menos ese el momento todavía en que yo me relacionara con ellas.-