Choquequirao, Perú — jueves, 14 de abril de 2011
Me desperté a las 5am. Todavía estaba oscuro como para partir. Pensé que mi anfitrión iba a ofrecerme una taza con té de coca caliente pero en vez de eso tomó una taza, salió a orinar y desayunó su orín. Tenía que irme cuanto antes de ahí.
Así, sin desayunar, alisté mis cosas, ajusté mis bastones y salí decidida a llegar a Chiquiscca sin volver atrás, sin mirar atrás, sin retroceder, sin amilanarme, “vos te metiste sola en esto, ahora tenés que salir de acá” me repetía una y mil veces en mi mente.
Empecé a hacer el recorrido de descenso intentando concentrarme sólo en escuchar el sonido del río que todavía se oía distante. En el camino habían aparecido pequeños derrumbes de tierra y piedras que el día anterior no estaban pero no era nada grave, así y todo, caminaba prestando atención a la ladera que quedaba por encima mío, a cada piedra colgante y buscaba en cada trecho del camino el mejor punto de refugio en caso de derrumbe, como quien busca la puerta de salida de emergencia.
| Las veinte zetas cortas - Ladera Apurimac |
En el primer tramo recto de la ladera de enfrente había un derrumbe en medio del cual habían abierto el camino, con lo cual quedaba medio derrumbe suspendido por encima del camino y medio derrumbe esparcido por debajo. Era un punto peligroso queme tenía preocupada pero decidí no preocuparme todavía por él, no podía estar en una ladera preocupándome por la otra, necesitaba concentrarme en salir de donde estaba. Sólo me preocuparía de este tema cuando llegara el momento de atravesarlo. Me había propuesto no detenerme hasta salir de esa montaña, hasta cruzar hacia la ribera opuesta del río, hasta llegar al campamento de Playa Rosalina.
| El Puente y Playa Rosalina |
Me adentré en la montaña nuevamente. Caminé unos metros más entre la vegetación y las piedras y encontré un par de gallinas y gansos, me sentí aliviada porque eso significaba también la presencia de humanos: había llegado al campamento de Playa Rosalina. Me senté en el hall de una de las casillas con los plumíferos picoteando a mi alrededor a descansar y rehidratarme sólo unos diez minutos. No parecía haber nadie ahí, sin embargo en un momento como de la nada apareció una chica que absolutamente cargada con el total de su mochila enfiló directo por el camino de ascenso hacia Chiquiscca, sin mirarme siquiera, como si no me hubiese visto ¿o sí?. Ni siquiera se sorprendió de mi presencia. Tomé mis cosas y me apresuré para ir unos metros detrás de ella. En el camino descubrí que tenía un par de compañeros más que todavía estaban alistando sus cosas para partir. Si lograba mantener el mismo ritmo que ella, sus compañeros quedarían detrás mío y así iría acompañada en medio de una caravana mochilera. Ella iba muchísimo más cargada que yo, llevaba una mochila grande y el aislante enrollado en lo alto de la misma. Por la forma en que se apareció delante mío, así, de la nada y tomó el camino de ascenso, sin mirarme, sin sorprenderse, me pareció que no era real, era como una imagen mochilera que me guiaba en el camino… ella iba no sólo delante mío sino adelantada con respecto a sus propios compañeros, marcándome el camino, segura de sí misma y segura frente a la montaña.
Ella llevaba el total de su equipaje sobre su espalda. Yo llevaba solo una mochila liviana, mi mochila grande había quedado en el campamento de Santa Rosa dentro de la carpa, cuando los arrieros pasaran por ahí durante su descenso, iban a retirarla, sin embargo, no sólo luego de unos metros la perdí de vista sino que comenzaron a pasarme también uno a uno sus propios compañeros. Estaba nuevamente caminando en solitario.
Tenía que pasar por el derrumbe y a partir de ahí comenzaba el camino en forma de “Z” con un total de 20 rectas. Decidí contar las rectas para saber cuánto faltaba para terminar de transitarlas. El sol comenzaba a asomar entre las montañas, así que decidí enumerarlas según fueran pares o impares de la siguiente manera: “uno, a favor del sol”, “dos, en contra del sol”, “tres, a favor del sol” y lo iba repitiendo en voz baja para no perder la cuenta y para alentarme. El sonido del río me acompañó hasta la última de mis rectas que no resultaron ser 20 sino “diecisiete, a favor del sol”… vaya uno a saber en qué momento perdí las tres rectas faltantes, pero eso ya no importaba, las había atravesado en menos de lo que pensaba. A partir de ahí el camino ingresaba en la ceja de selva nuevamente, tan espesa que de pronto dejó de oírse el río y dejó de verse la ladera opuesta, el camino se internaba de golpe en la vegetación espesa. Pero inmediatamente a dejar de oír el río, como si fuera un cambio en el sonido, comencé a escuchar un sonido nuevo: el ruido de pequeños hilos de agua escurriendo al costado del camino. Miré hacia la cima de esa montaña y efectivamente venían cayendo pequeñas cascadas de agua desde lo más alto, eso significaba que debía haber llovido en la cima y ahora el agua de lluvia estaba escurriéndose por la ladera. Tenía que encontrar el campamento lo más rápido posible.
Tomé mi cámara y miré la foto que había tomado horas antes desde la ladera de enfrente. El campamento no podía estar muy lejos pero entre tanta vegetación tenía miedo de no verlo. De pronto un cerco de maderas, un caballo y unas casas de madera. Me acerqué, se parecía al campamento pero como si lo hubiesen abandonado de golpe. No había nadie. Evidentemente se parecía al que tenía en mi memoria pero no era. ¿Estaba más adelante o ya lo había pasado?
Busqué huellas de pisadas frescas en el camino para saber si estaba en el camino correcto y efectivamente había huellas de zapatos de trekking. Caminé unos metros más y divisé unas gallinas. Jamás me sentí tan feliz en mi vida de ver gallinas porque significaba la presencia humana. Unos pasos más y divisé unos caballos… unos árboles frutales… las casillas de cañas… HABIA LLEGADO AL CAMPAMENTO DE CHIQUISCCA!!!
| Guanabana |
De pronto descubrí un grupo de argentinos gritones en la zona de carpas que estaban discutiendo entre hacer mate o fideos. Otros tantos se estaban bañando en unas duchas de agua fría al aire libre y se pedían a los gritos las toallas y el jabón. Y no podía faltar la desubicada que se paseaba en ropas livianas delante de la familia local. Hablé con uno de ellos mientras la familia local se fue a hacer tareas de molienda y eso me ayudó a pasar el tiempo y a sentirme mejor.
Una hora más tarde comenzaron a llegar uno a uno los integrantes de mi grupo. Ese día almorzamos ahí todos juntos y luego continuamos el camino de ascenso hacia el Mirador de Capulloc a metros del cual hay una casa vacía, ahí íbamos a acampar.
