lunes, 14 de enero de 2002

EGIPTO - CAP 1/13: Un viaje a lo profundo


Ámsterdam, Holanda – lunes 14 de enero de 2002
Holanda
Llegué al Viejo Mundo!!!  Estoy en Holanda, es maravilloso.  El viaje fue perfecto aunque tuvimos 3 hs de espera en el aeropuerto de San Pablo (Brasil) donde hicimos una ronda de mateada sentados en el piso.  Al llegar a Holanda, desde el aire, podían divisarse sus famosos molinos de viento.  El avión era enorme y muy estable, de todas formas las turbulencias son un lenguaje internacional.  Por el océano corriendo debajo de mis pies ni me preocupé.  La noche fue totalmente calma, con el avión a oscuras podían verse por la ventanilla miles de estrellas.  Con ese paisaje, descalza, tapada con una manta y escuchando a Sinatra (lo pasaban en el canal interno del avión), el viaje se me hizo relajante y placentero.  Acá hace mucho frío y está nublado así que hicimos rancho en un rincón de relax donde hay unos sillones inflados como pelotas donde uno queda literalmente hundido en curvaturas.  El aeropuerto es sumamente moderno y tranquilo.  En dos horas emprendemos la tercera y última etapa del viaje: avión destino El Cairo.

El Cairo, Egipto – miércoles 16 de enero de 2002


“El Nilo es el tiempo,

la arena es la materia,

y Egipto es la metáfora”

André Malraux


Ante todo les pido disculpas por las faltas de puntuación pero acá los teclados tienen agregadas las letras del alefato (el alfabeto árabe) en cursiva y en imprenta, además de tener varios símbolos mezclados, con lo que se me hace difícil escribir correctamente.
Quería contarles un par de cositas más sobre el aeropuerto de Holanda que me parecen interesantes: es tan grande que te dan un mapa para no perderte, es un shopping inmenso donde hasta hay un casino y las distancias son tan grandes que hay “pasillos mecánicos” (como nuestras escaleras mecánicas pero planas) para que uno pueda trasladarse más rápido.  Les cuento que también tuvimos demoras en la salida desde Holanda ya que el vuelo estaba sobrevendido así que nos ofrecieron pasar la noche en un buen hotel, con cena y desayuno, más 150 euros (unos 150 dólares) pero al ser 14 tardamos en decidirnos y nos ganaron de mano…  ¡Qué oferta!, ¿no?  Lo que pudimos ver desde el aeropuerto era una condensada masa de neblina sobre la ciudad, a tal punto que cuando íbamos llegando notamos que el avión descendía pero nos dimos cuenta que aterrizaba sólo unos milisegundos antes de que lo hiciera, cuando vimos el pavimento… nadie se había dado cuenta porque estábamos dentro de la niebla.
A pesar de todas las demoras, el último tramo fue el más emotivo e inquietante.  Fue impresionante cuando después de 28 horas de vuelo, llegando a El Cairo, el avión giró y pudimos ver la ciudad desde el aire… El Nilo se dibuja con luces, tomé fuertemente la mano de una compañera y tengo que confesar que se me llenaron los ojos de lágrimas.  La mitad de la gente que viajaba en ese avión eran chinos, según dicen, admiran mucho a los egipcios, y lo cierto es que se los ve por todo El Cairo.
Hoteles lujosos sobre el Nilo
Llegamos a las 5am, el aeropuerto parece un inmenso hospital porque tiene las paredes revestidas en azulejos blancos y verde agua.  El tramo desde el aeropuerto hasta el centro de la ciudad es impresionante, es una especie de “Las Vegas”, kilómetros y kilómetros de hoteles imponentes, altos, llenos de luces, bordeados de medianeras artísticamente iluminadas, lujosos, mezclados con palacetes árabes y enormes casonas inglesas, desembocando en el centro. 
El centro es una ciudad que amanece con neblina, de construcciones viejas y descuidadas, iluminadas con luz de tubo blanco frío y decorado con mezquitas.  La arquitectura mezcla columnas romanas, ojivas, estilos árabe e ingleses y religiones.  La primera impresión fue como sentirme en Retiro en invierno a las 3am.  
Entrada a nuestro hotel
Esa noche cuando llegamos, hacía (y hace) mucho frío, la neblina dispersaba la iluminación de mercurio de las calles desoladas, sólo se veían los militares montando guardia… un paisaje de terror, sólo nosotros circulábamos por las calles, eso fue shockeante y ni les cuento el shock del hotel porque jamás podrían imaginarse cómo es el lugar donde estamos parando, pero sólo fue cuestión de olvidar nuestras costumbres y readaptarnos.  Una sucursal del desierto yace acumulada en el suelo de la abandonada recepción del hotel donde unas viejas casetas postales de madera empotradas en la pared son el último vestigio de su época de esplendor.



Una sensación extraña me invadió en ese momento: sentí que me habían cortado el cordón umbilical con todo el mundo conocido, estaba en otra tierra totalmente ajena y extraña a la mía, estaba en otro mundo, como si me hubiesen succionado y me hubiesen depositado en otras coordenadas de tiempo y espacio, sentí que me habían cortado toda conexión con el mundo occidental y temí por ello. 

La habitación del hotel era fría y húmeda, con el techo tan alto que era imposible concentrar calor.  El frío me penetraba hasta los huesos pero igualmente logré dormirme.  Sabía que durante la noche las mezquitas llamaban a sus fieles a la oración sin embargo, su sonido expansivo y repentino en medio de la noche, en medio de la oscuridad, haciendo eco en toda la ciudad, me paralizó: estaba literalmente momificada en la cama, con los ojos abiertos de par en par en una oscuridad profundamente oscura, con el corazón a punto de escaparse de mi cuerpo.  Era una voz de ultratumba, un lamento, que sonaba al unísono desde todos los minaretes de la ciudad, emitido desde viejos megáfonos de sonido corroído, se acoplaba y se filtraban hasta las sábanas, la ciudad retumbaba su lamento, se hacía eco y rebotaba en todos los rincones de El Cairo.  

Mi primera vista del Nilo desde el balcón del hotel
Pero la mañana tuvo sus frutos, y en un amanecer suave y nublado, al abrir las puertas del balcón, pude observar por primera vez la quietud embriagante del Nilo, el bullicio de su ciudad y el tiempo depositado en su arquitectura.  Estaba viviendo una reliquia.
  
Ayer estuvimos en dos íconos obligados de esta ciudad: el Museo Egipcio de El Cairo ubicado sobre la Plaza El Tharir y el Khan el Jalili, un mercado de artesanias, perfumes y especias en medio de una multitud de gente, ubicado en pleno corazón de la ciudad vieja.









Nuestro primer encuentro impactante con la arqueología fue precisamente la visita a este museo.  Todos en el grupo tenemos favoritos, o mejor dicho, cada Faraón tiene un “Club de Fans”, todos nos especializábamos en algo o en alguien pero sólo a través de los libros, y de pronto, eso tomaba forma y estaba ahí, ante nuestras manos y ante nuestros ojos.  Entonces veías llorar a uno frente a tal estatua, a otro frente a tal relieve… Afloraban libremente los sentimientos más profundos de cada uno y esto nos permitió conocernos y unirnos más.  Aunque les parezca tonto llorábamos también al ver todo eso y recordar el esfuerzo que nos costó alcanzarlo.  Yo particularmente tuve ese día un encuentro silencioso con el cuerpo momificado de Ramsés II y también lloré.  A diferencia de las costumbres mortuorias occidentales actuales, donde el cuerpo del difunto se desintegra tanto física como visualmente (ya que uno no vuelve a ver a la persona nunca más), la momificación permite esa extraña sensación del encuentro a destiempo… “te soñé… soñaba conocerte… pero llegué 3000 de años más tarde… y sin embargo estás”.  Fue un día de muchas emociones, sin embargo el deslumbramiento no disminuye, todo te llena y te satura, es como un amor platónico, alguien a quien amás pero a quien en realidad nunca viste, es un continuo romance entre la historia y su lector.


 



Se me hace la hora de partir hacia las pirámides, cuando vuelva, les sigo contando.-


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miércoles, 1 de noviembre de 2000

URUGUAY - Cruzando el charco


Colonia del Sacramento, Uruguay - noviembre de 2000


Entre las cosas que podés hacer estando en Buenos Aires, es hacerte una escapada ida y vuelta en el día hasta la ciudad de Colonia del Sacramento en Uruguay.  El recorrido es muy especial porque requiere cruzar el Río de la Plata en embarcaciones que transitan este trayecto con una gran frecuencia diaria, con la misma “naturalidad” de quien toma un tren o un colectivo.
 

La oferta es muy variada tanto en los precios como en los servicios ofrecidos.  Estas embarcaciones parten de Puerto Madero y cuentan además con una amplia disponibilidad horaria.  Las hay desde las más básicas hasta las más sofisticadas, desde las de avance lento hasta las ultra rápidas, desde las naves herméticamente cerradas hasta las abiertas al aire y al sol.



La navegación sobre el Río de la Plata es por lo general muy placentera y si uno elige las embarcaciones que tienen la cubierta disponible para pasajeros, uno puede disfrutar de un espectáculo único que se inicia con la posibilidad de contemplar el Puerto y la Ciudad de Buenos Aires, desde el mismísimo Río de la Plata.  Mates calientes, el sol del amanecer y el aroma a las aguas frescas del río, son una conjunción única y digna de disfrutar durante la travesía.  A este pequeño salto entre las costas de estos dos países limítrofes, tanto los uruguayos como los argentinos, lo denominamos “cruzar el charco”.


 


Esta pintoresca ciudadela colonial fortificada se extiende desde la Punta San Pedro, al sur, donde se encuentra el antiguo faro junto a las ruinas del Convento San Francisco, hasta la Punta Santa Rita, al norte, donde se encuentra el moderno puerto de yates.




 
 




En el Casco Histórico, declarado Patrimonio de la Humanidad, sus calles angostas y empedradas están atiborradas de pequeñas casitas multicolores desde las que desborda una exuberante vegetación producto de las tierras fértiles de la ribera platense.



   





Entre los puntos típicos a visitar figura la "Calle de los Suspiros", que según me contaron, es famosa por ser el lugar donde las mujeres ofrecían sus servicios amorosos a los soldados.









No se puede dejar de visitar también la rambla y disfrutar de una costa agreste donde el río, marrón y sumamente calmo, se ofrece de marco natural para retener la memoria de este paisaje histórico colonial.-



Satelital donde se observa la distancia entre Colonia y Buenos Aires



sábado, 9 de septiembre de 2000

ARGENTINA: La Gran Nevada

San Carlos de Bariloche, Argentina - sábado 9 de septiembre de 2000


Tenía que preparar un examen de alemán, así que decidí irme a pasar unos días al hostel de Bariloche que había conocido en mi viaje anterior: una cabaña en medio de un pinar frente a Playa Bonita, a medio camino entre el centro y Llao Llao.
 

El paisaje desde la ventanilla
Tenía planeado un ingreso a Bariloche en micro desde el norte de la ciudad, arribando desde la provincia de Neuquén por la ruta Nº 237.  Todo iba tranquilo en el viaje salvo por el clima, que en el último tramo del camino, venía desmejorando.  El camino sobre la cordillera era cada vez más alto y el paisaje se volvía cada vez más inhóspito, hasta que el frío se convirtió directamente en nieve.  El paisaje por la ventana del micro era una enorme planicie blanca donde no se distinguían las formas.  El micro continuó igualmente su camino con mucha cautela hasta que finalmente no se pudo avanzar más.  Estábamos varados en medio de la montaña, a unos pocos kilómetros de Piedra del Águila, nosotros y una caravana enorme de vehículos, camiones, ómnibus y autos, que serpenteaban coloridos sobre el camino cubierto por la nieve blanca.


Si bien en el micro estábamos protegidos de lo que ocurría en el exterior y calentitos gracias a la potente calefacción, mi mayor preocupación era la falta de señal de celular para poder avisar a mi familia que estaba bien.  Así pasé el resto de la tarde, en un micro que se había convertido en mi carpa virtual.  Cuando finalmente cayó la noche decidí bajar del micro a observar la ruta.  En medio de un frío profundo, el paisaje totalmente oscuro la montaña, cual arbolito de navidad, estaba iluminada por una guirnalda de decenas de luces blancas, amarillas y rojas pertenecientes a los vehículos varados uno detrás del otro en la ruta.  Como en un escenario de teatro, el cono de luz blanca del micro hacía visibles las pequeñas partículas de nieve que garabatean piruetas entregadas al viento.



Más tarde me enteraría que estaba en medio de una nevada sin precedentes y que por ese mismo motivo se encontraba inoperable el aeropuerto de San Carlos de Bariloche así como también estaban cortadas en forma preventiva siete de las rutas de la zona debido a las temperaturas bajo cero, al viento blanco de 160km/hora y a la cubierta de hielo que cubría los caminos.  Cientos de turistas habíamos quedado varados en los caminos y en los aeropuertos.  No era época de nieve y sin embargo se habían acumulado más de dos metros de estos simpáticos copitos en el Cerro Catedral.  Gendarmería y Vialidad Nacional trabajaban incesantemente para poder ayudar a controlar la situación.


Al amanecer, el paisaje gélido se había vuelto más dinámico, cadenas en las ruedas, topadoras y máquinas viales trabajaban para despejar la ruta de su manto blanco permitiendo reactivar el tránsito en horarios restringidos a plena luz del día.


 
Llegamos finalmente a la ciudad de San Carlos de Bariloche después de dos días de viaje y de haber pasado dos noches durmiendo en el micro, una transitando el primer trayecto y otra varada por la tormenta de nieve.  Con una sensación térmica de -10º C (diez grados bajo cero), cuando descendí del micro, toda su luneta frontal estaba cubierta por una guirnalda de estalactitas: el agua chorreada había quedado completamente congelada, inmóvil y paralizada a medio camino en su huida, como evidencia palpable de nuestra permanencia en las alturas blancas.   (Estuve a punto de tomarle una foto pero me sentí “cholula” y me fui sin ella... hoy estoy totalmente arrepentida porque son recuerdos únicos e irrepetibles).


 
La nieve había invadido incluso el centro de la ciudad donde calles y veredas eran una mezcla de nieve, agua y barro indistinguible y donde los techos eran el trampolín perfecto para aquellas gotas de agua que lentamente se desprendían de las estalactitas de hielo.  Era imposible caminar con un calzado normal sin resbalarse.  Yo llevaba puestas zapatillas así que lo primero que hice fue acercarme a una zapatería a buscar un calzado más acorde con la situación: así fue como compré mi primer par de botas de trekking.  Obviamente que la elección era netamente utilitaria, no había mucha disponibilidad de modelos, incluso todos ellos eran masculinos y no había tampoco disponibilidad de números así que terminé comprando el calzado masculino de apariencia más linda y talle más pequeño… así y todo, era dos números más grandes que mi horma habitual.
 
No estoy saliendo a esquiar, estoy saliendo a comprar pan y leche.


Si bien la nieve, para quien sólo la visita una vez cada tanto, es una llamativa y singular atracción que se disfruta con suma alegría, tener que lidiar diariamente con ella le hace perder todo su encanto.  Vivir en una zona con nieve constante implica que uno deba ponerse el “traje de nieve” incluso cuando quiere salir a comprar el pan: pantalón impermeable, botas, gorro, campera…  Vivir en zona con nieve constante implica mojarse hasta las rodillas al caminar sobre la nieve, resbalar al caminar sobre el hielo o empantanarse en el barro producto de su deshielo.  Sobre cualquiera de las tres superficies sobre la que uno elija caminar, termina inevitablemente sucio y mojado. 








Villa Catedral
La contracara del temporal fue la gran acumulación de nieve en los principales centros de sky que permitió la extensión de la temporada invernal, así que era obligada una visita a Villa Catedral, en la base del Cerro homónimo.


 
Los días en el hostel transcurrían con mucha calma puesto que con tanta nieve cayendo constantemente era imposible salir a hacer nada, así que primaban las actividades hogareñas y las charlas.  Recuerdo una tarde que queríamos cocinar algo rico y calentito para acompañar el mate y yo les propuse hacerles unas galletitas cuya receta muy simple lleva entre sus ingredientes agua helada y en vez de eso, les dije que llevaba “nieve”.  Al principio pensaban que era una broma pero después me creyeron y salieron todos a buscar nieve blanca, limpia y fresca como ingrediente para cocinar.  Obviamente que cuando la mezclé la nieve con el resto de los ingredientes pasó rápidamente a estado líquido y se integró al resto de la masa como “agua helada” tal como decía la receta, sin embargo, en la imaginación de todos, eran galletitas de nieve las que salían del horno para acompañar el mate.

En el hostel conocí a un francés sumamente meticuloso con los horarios y con los idiomas, a quién seguiría viendo en viajes posteriores.  Fuimos amigos durante mucho tiempo.  Él era de Lyon, una ciudad en las afueras de París, sin embargo, odiaba París y amaba Buenos Aires.  Decía que lo que más le gustaba de esta ciudad era asomarse en pleno centro por la ventana y ver un sinfín de edificios de concreto rectangulares… gustos son gustos!!!  Pero terrible era cuando quería practicar castellano y entonces preguntaba si para decir tal o cual cosa necesitaba usar el pluscuamperfecto… todavía lo recuerdo caminando conmigo por Recoleta mientras él iba conjugando verbos para que yo lo corrigiera!!!


Como cierre de este viaje quería tomarme una revancha y volver a Esquel para intentar hacer nuevamente el trayecto turístico de La Trochita que no había podido fotografiar en mi viaje anterior.  Así fue que me fui un par de días hacia esa ciudad pero cuando llegué a la boletería me encontré con la noticia de que en esa época el trayecto turístico se hacía sólo en determinados días y no me fue posible abordarlo.  Sin mucho más para hacer, ya que no era temporada alta turística, me sumé en una camioneta a un recorrido fugaz que armó la dueña del hostel por algunos de los paisajes principales de la zona pero que estaban completamente desiertos de toda visita humana.  Queda todavía entre mis planes pendientes el poder hacer el recorrido completo en ese legendario tren.-


Satelital Cerro Catedral


sábado, 10 de octubre de 1998

ARGENTINA - Patagonia Romántica

Puerto Madryn, Argentina – sábado 10 de octubre de 1998

Puerto Madryn
Llegué a Puerto Madryn en avión a las 9 am, en un viaje de fin de semana largo de cuatro días, en medio de una crisis hotelera infernal.  Sin saberlo me había lanzado a viajar justo cuando había en la ciudad un evento que tenía la capacidad hotelera colmada.  Cansada de escuchar “no hay lugar”, me acerqué como último recurso a la Oficina de Turismo, desalentada, pero con la esperanza y el deseo de pasar la noche en un sitio más cómodo que la plaza.  Era tanta la desilusión que llegué a pensar en volver a Buenos Aires, pero por suerte no fue así.

En la Oficina de Turismo se había congregado un montón de gente en mi misma situación, pero en una respuesta inmediata, habían puesto en marcha un plan de contingencia: utilizando la radio de la ciudad, el locutor Juan Alberto Badía convocaba a la población a ofrecer alojamiento para los turistas varados.  Era una muy buena iniciativa, por lo menos para poder pasar esa primera noche, siendo que la única alternativa que me quedaba era trasladarme hacia otra ciudad, pero otros también lo habían pensado y los alrededores también desbordaban.

En la Oficina, la gente se acercaba a los escritorios donde las chicas distribuían a los turistas hacia distintos puntos de la ciudad.  En mi caso, me consiguieron una habitación en una casa de familia para compartir con una italiana.  A mi lado, un muchacho había conseguido compartir una habitación de hotel con otro muchacho a quien no conocía.  Nos miramos y comprendimos que la mejor opción era mixta.  Él no lo dudó y en un gesto entre irónico y cómico, le agradeció a la chica que a mi me ubicara a mi con una mujer y a él con un hombre, con lo cual, la chica comprendió el doble mensaje y nos sugirió que nos fuéramos juntos.


En ese momento, de la tensión pasamos a la relajación de las bromas, a decir que íbamos a terminar durmiendo en “la cucha del Boby” e incluso le insinuamos que si no nos conseguía alojamiento, nos íbamos directo a la casa de ella.  Pero la chica, en una muy efectiva gestión, nos consiguió una casa de dos pisos en las afueras de la ciudad, casa que pertenecía a los hijos de una familia que en ese momento, estaban estudiando en Buenos Aires.

La chica que nos atendía, super compinche con ambos, cuando él no la vió, se puso en complicidad conmigo y me dijo que le parecía que incluso el flaco tenía camioneta… y sí, efectivamente, cuando salimos de la oficina, me encontré viajando en una hermosa camioneta color bordó. 

Él era un hombre de andar solitario, un alma al viento de Comodoro Rivadavia que tenía la bravura salvaje de las aguas del Sur.  Viajaba a menudo por la Patagonia por cuestiones de trabajo.  Su mirada verde esmeralda era tan transparente que sentí que podía confiar plenamente en él ante esta situación.  Una vez en la casa, yo me quedé con la planta baja, donde estaba la cocina y una cama, y él se quedó con la planta alta, donde había una habitación con televisión.  Por la noche yo escuchaba la tele desde planta baja pero me perdía las imágenes así que esa fue una buena excusa de ambas partes para terminar compartiendo también las frazadas en una noche fría aún con calefacción.

Puerto Madryn, Argentina – domingo 11 de octubre de 1998

Salimos a la ruta con rumbo norte escuchando una música muy especial que iba a quedar para siempre en mi memoria asociada al recuerdo de ese momento: “I´ve been loving you too long” y “A change is gonna come” por Otis Redding… la camioneta, la ruta, la Patagonia, un hombre y un cantante de blues.          

Por la ruta provincial Nº1, en uno de los primeros desvíos sobre la mano derecha, por camino de tierra, se llega al Doradillo.  El lugar es un paraíso secreto porque es un acantilado lo suficientemente internado en el océano como para que las ballenas naden en aguas profundas aún en la orilla.  Lo más conmovedor de mi vida lo viví esa tarde, en una playa solitaria en la Patagonia, escuchando el canto de las ballenas.  Sólo eso.  La inmensidad de la Patagonia.  El viento.  La arena.  El agua.  Y las ballenas en su habitad natural, ajenas a nuestra presencia, cantando en libertad.

El Doradillo
Para cuando nos dimos cuenta, una de las ruedas de la camioneta estaba enterrada en la arena, pero en cuanto intentamos sacarla, se enterró aún más.  En ese momento, ya nada importaba… 
 





Puerto Pirámides


Puerto Madryn, Argentina – lunes 12 de octubre de 1998

No puedo irme sin antes realizar una breve visita a Puerto Pirámides como quién se acerca a contemplar el origen de mismo del Universo: millones de años de evolución, millones de años de vida fosilizada se compactan en extraordinarias y caprichosas formas geométricas.


















Puerto Madryn, Argentina – martes 13 de octubre de 1998

Fui a caminar por la playa.  Había sol y el mar estaba retirado.  Vi aves marinas revoloteando los bancos de algas, vi cangrejos, almejas, mejillones, barcos y cuatro lobos marinos en pleno puerto.  El agua estaba cálida y transparente.  En el muelle los pescadores limpiaban sus redes.  El frío, sin darme cuenta, me congeló las orejas y las manos, sin embargo, sólo se hace sentir como una leve brisa.  El sol apenas asoma y calienta vagamente.  Hay un hermoso olor a mar, sal y algas.  La arena se arremolina perezosamente.-

Satelital de El Doradillo

lunes, 20 de octubre de 1997

ARGENTINA - ENTRE LA MONTAÑA Y EL MAR - CAP 5/5: lagos y bosques


San Carlos de Bariloche, Argentina – lunes 20 de octubre de 1997


Había estado en Bariloche hacía varios años atrás con motivo del tradicional viaje de egresados al culminar los estudios secundarios.  Sin embargo, en aquella oportunidad, uno vive en una fiesta diaria y poco le importa conocer los recorridos que la agencia de viaje le propone.  Uno va la mayor parte del tiempo durmiendo, cantando o charlando y parece que todo paisaje es igual e insignificante.  Sin embargo, volver a pisar Bariloche era para mí una oportunidad de volver a redescubrirlo, entonces uno se pregunta “¿estuve acá?  ¿y cómo es que esto no lo ví?”.  Incluso ahora los paisajes empiezan a recuperar sus nombres.

Lago Perito Moreno
Nuestro hostel está ubicado en las afueras de la ciudad, a medio camino entre el centro y el Llao Llao.  Cae una llovizna gélida pero no copiosa, sin embargo decidimos tomar un colectivo de línea y acercarnos a la zona de este famoso hotel que se alza a dos aguas sobre las costas de los lagos Nahuel Huapi y Perito Moreno.  Es la primera vez que ingreso a un hotel de esta categoría.  Nos permitieron ingresar para recorrer y conocer la planta baja.  Una vez pasado el hall de entrada, un enorme salón como de dos pisos de alto, emerge desde el nivel inferior con alfombras, sillones y lámparas, donde algunas personas leen y descansan pero sin embargo, no se las escucha.  El salón está flanqueado por dos enormes hogares con chimeneas revestidas en piedra, que van del piso inferior al techo del piso superior.  Todo es piedra, luz tenue y madera.  El aire es cálido y acogedor.  La arquitectura es gigantesca y dá una impresión de solidez y magnificencia.  Recuerdo haber caminado por el pasillo lateral izquierdo, donde tenían lugar una serie lujos negocios.

Capilla San Eduardo
Por la noche hace mucho pero mucho frío.  La estufa está encendida pero la pequeña llamita está a punto de extinguirse y tirita de frío.  Tengo varias frazadas pero no logro entrar en calor.  El techo de la habitación tiene una claraboya cuadrada de vidrio y uno puede dormirse observando la Vía Láctea.  Al amanecer, con -7ºC (siete grados bajo cero) descubrimos que durante la noche había nevado en las montañas que se encuentran justo detrás del Llao Llao.  Nos acercamos a ver la zona y el paisaje es completamente diferente al del día anterior.

Hotel Llao Llao

San Carlos de Bariloche, Argentina – miércoles 22 de octubre de 1997

Por segunda vez en este viaje me dejo llevar hacia lo desconocido, pero esta vez, de la mano de dos suecos que me inician en la práctica del trekking.  No tenía realmente la menor idea ni de lo que era hacer trekking ni de dónde estaba, sólo sé que me dejé llevar por la experiencia del momento.  


Puerto Pañuelo
El destino es nuevamente Llao Llao, frente a Puerto Pañuelo.  Desde ahí se inicia un circuito cerrado de trekking básico entre bosques y lagos, llamado Circuito Chico.  Entre los puntos más destacados se encuentran el Lago Escondido y Bahía López. 





Lago Escondido
  


















Bahía López
Uno de mis compañeros de travesía tiene la extraña costumbre de agacharse a recoger cuanto papel y botella encuentra por el camino y colocarlos en una bolsa.  En ese momento me resultó altamente sorprendente su insistencia en limpiar el circuito y fue tanto lo que se plasmó en mi memoria, que en mis viajes posteriores, esa costumbre también la adopté yo.

Circuito Chico


San Carlos de Bariloche, Argentina – viernes 24 de octubre de 1997

En el hostel la vida transcurre como en la propia casa.  Algunos leen, otros escriben, escuchan música, miran películas, duermen, salen a caminar, cocinan, tocan guitarra, practican idiomas.  Todos hablamos con todos en todos los idiomas y nos ayudamos entre todos para entendernos.

Y he aquí la tercera costumbre que he observado (y luego adoptado) en los mochileros extranjeros muy atentamente: todos los días, cuando cae la tarde, en esos minutos antes de cenar, toman un cuaderno en el que escriben profusa y celosamente.  Me intriga la regularidad y la disciplina con que lo hacen.  En un principio trataría de obligarme a mi misma a imitarlos pero con los años le tomaría el gusto a esta maravillosa tarea de redactar un Diario de Viajes.

Con Francesco, el suizo-italiano, nos hicimos amigos.  Una noche me preparó un flan.  Por la mañana, el desayuno, luego la cena, vemos películas juntos, es un dulce total.  Posteriormente a este viaje, en el mes de diciembre, he recibido en Buenos Aires una postal suya desde Zürich con unas líneas muy tiernas.  Le respondí pero después de ese intercambio de cartas, nunca más volví a saber de él.-

domingo, 19 de octubre de 1997

ARGENTINA - ENTRE LA MONTAÑA Y EL MAR - CAP 4/5: Bariló

Esquel, Argentina – domingo 19 de octubre de 1997

En la estación de micros decido entrar en una “confitería” (parecía un pool) a desayunar.  Avanzo sigilosamente pues sólo hay hombres, para pasar desapercibida. 

Pido un desayuno y me siento a la mesa sobre un costado.  En frente hay dos jóvenes a los que observo de reojo.  Parecen españoles.  Uno de ellos se retira.  Termino mi café con leche y abono.  Me veo en el problema de no poder colocarme la mochila.  Me acerco al que queda: un rubio con rastas.  En seguida se levanta y sube mi mochila hasta mis hombros.  Iniciamos una conversación que decidimos continuar en el micro ya que llevamos el mismo rumbo.  Me acerco al bus y entablo conversación con el morocho.  Viajamos juntos.  Me aconsejan albergarme con ellos en un albergue para la juventud.  Viajo realmente nerviosa, tengo miedo de enfrentarme a algo que realmente deseo.  Lo pienso una y mil veces durante todo el camino: voy una noche, si no me gusta, me voy a un hotel.

Así fue como por primera vez conocí el espacio social de los hostels: la ventaja del espacio compartido aún cuando uno viaje en solitario, la posibilidad de interactuar constantemente con personas de lugares distantes del planeta, la posibilidad de poder conocer otros idiomas, otras costumbres y poder compartir los propios, la opción de vivir en una casa ajena como si fuera tu propia casa pero rodeado de personas nuevas, los focos de reunión en la cocina durante las horas pico donde todos cocinan cosas distintas a la vez y donde humos, aromas y sabores de distintas partes del mundo se unifican formando una atmósfera especial, la mesada llena de verduras picadas, las ollas y sartenes esperando su turno para sumarse al fuego, la posibilidad de compartir experiencias y armar caminos juntos.

 
San Carlos de Bariloche, Argentina

El ingreso a la ciudad de San Carlos de Bariloche se realiza desde el sur y el paisaje es bellísimo e imperdible.  La ruta se interna entre montañas cubiertas de coníferas y bordea un continuum de lagos de aguas calmas, un espacio completamente virgen donde lo único artificial es la serpenteante ruta que lo atraviesa.


Con mi amigo el español
Por la tarde, los españoles me invitaron a ver el atardecer sobre Playa Bonita, en la orilla del Lago Nahuel Huapi, ladera abajo sobre la misma pendiente en donde se encuentra nuestro hostel.  Estando ya ubicados sobre uno de los laterales del lago, frente al sol, sentados sobre unas rocas, en un estado de completo relax, los españoles comenzaron a fumar un porro.  Recuerdo que me asusté y regresé corriendo al hostel, subiendo la empinada ladera entre coníferas como si fuera una película de terror nocturna.  Recuerdo esto con mucho cariño porque en mi inocencia corrí entre los árboles barranca arriba desesperada… era de día y el sol todavía resplandecía sobre el horizonte iluminando todo el paisaje, una tarde preciosa, cálida y tranquila, pero yo me sentía correr en la oscuridad de un bosque tenebroso.

Con mi amigo el suizo-italiano
El hostel es una cabaña de madera en un pinar frente al lago Nahuel Huapi.  Cerca de las 21hs estamos todos reunidos en el living charlando.  Suena el timbre.  Tengo un deseo interno y una ilusión de que pudieran ser los suizos e imagino esa situación en mi mente, pero no me fijo.  De pronto escucho su voz en la cocina.  Me levanto corriendo.  Me mira contento y me da dos besos.  “¡Tú!  ¡Oh!”

¡Bariloche está de Puta Madre, coño!




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viernes, 17 de octubre de 1997

ARGENTINA - ENTRE LA MONTAÑA Y EL MAR - CAP 3/5: Sobre antiguos rieles

La descripción de Esquel fue escrita en la parte posterior de la propaganda de un hostel de El Chaltén.  La imagen de la cabaña nevada me cautivaría de tal manera que siete años más tarde iría a conocerla en persona. 

Esquel, Argentina – viernes 17 de octubre de 1997

Salgo en micro hacia Esquel.  El camino es ahora hacia el oeste, desde el mar, tierra adentro, hacia la montaña.  Paramos para almorzar en un pueblo totalmente aislado del mundo, en medio de las montañas: Paso de Indios.  El camino es bonito.  Llegamos a Esquel cerca de las 16hs.  La ciudad consiste en casitas de techo acanalado plateado, pinos y árboles de florcitas blancas que simulan copitos de nieve.  Mi mochila me pesa.  Busco un hotel y recorro la ciudad más fácilmente.

Esquel, Argentina – sábado 18 de octubre de 1997

Hay tramos en los viajes en los que los datos inevitablemente se pierden y este es uno de esos momentos.  Según mi diario, este sábado visité el famoso tren de trocha angosta llamado La Trochita, sin embargo no hay más datos al respecto.  ¿La razón?  Antes de salir de Madryn hacia Esquel, había cambiado el rollo de mi cámara.  Las fotos de ese rollo incluían la visita a Gaiman, Trelew, Esquel y La Trochita, sin embargo, cuando estabamos ya en camino de regreso, la cámara extrañamente sobrepasó la toma número 36 y la 37 y la 38… así fue que descubrí sobre la misma Trochita, que el rollo nunca había girado y que había estado tomando fotos en falso.  Mi enojo esa tarde fue suficiente como para no querer escribir una sola palabra más.  

Tengo muy pocos recuerdos al respecto pero creo que el principal tiene que ver con la particularidad de que el tren tiene, por calefacción en cada vagón, una caldera alimentada a leña por los mismos pasajeros.  Recuerdo haber alimentado esa salamandra con leñas que estaban guardadas en un viejo baúl de madera ubicado en el piso junto a ella.  Es lo que más me quedó grabado porque recuerdo haber disfrutado muchísimo de ese rasgo tan particular, sin embargo la única anotación extra en mi diario dice “me congelé”.  También recuerdo el interior de esos vagones, pelados de toda posible decoración, con pisos, paredes y asientos completamente confeccionados en madera pintada de color verde agua.  Y no le hace falta nada más, la expresión máxima de su sencillez lo transforma sin embargo en un tren legendario.  También recuerdo haber hecho gran parte del viaje en el último vagón, donde en su parte posterior, había una especie de balcón panorámico al aire libre desde donde uno podía contemplar la inmensidad del paisaje.

El servicio turístico llega sólo hasta la primera estación en lo alto de la montaña: Nahuel Pan, un pequeño pueblo ferroviario abandonado, de casitas dispersas en la inmensidad de una planicie fría y abierta, libre de vegetación.  El sol pega fuerte, su resplandor enceguece pero apenas calienta.  Las casitas rectangulares, no son muchas, tal vez no superen la docena y están construidas con un mismo estilo homogéneo: paredes hechas de gruesos durmientes y techos rojos acanalados.  Recuerdo haber ingresado a una de ellas y haberme acercado a tomar una foto del paisaje exterior que se veía por la ventana desde el interior de una habitación en penumbras.

Esto es todo lo que puedo recordar de ese día, todo lo que quedó grabando en mi memoria sensitiva y en mi alma, pero además de eso tengo un recuerdo material que vale oro: el ticket de viaje.-


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